La lluvia no caía en línea recta. Venía en ráfagas oblicuas que golpeaban el flanco izquierdo de la montaña con una constancia casi metódica, doblando los helechos contra el barro, arrancando hojas que viajaban pegadas a la ladera antes de perderse en la niebla. El camino —si podía llamarse camino a esa huella irregular que los años y las pisadas habían esculpido entre la vegetación— era un chorrero de agua marrón que bajaba en sentido contrario al hombre, como si la montaña misma intentara rechazarlo, empujarlo hacia abajo con ese flujo constante que se metía entre las suelas y la tierra, haciendo de cada paso un ejercicio de voluntad.

El hombre llevaba algo a sus espaldas. Una carga envuelta en lona marrón atada con cuerdas de cáñamo que le cruzaban el pecho en aspa, apretándole contra las costillas cada vez que respiraba hondo. La carga era larga. Más larga que ancha. Y pesaba como pesan las cosas que no tienen prisa.

—No debo mirar arriba.

La voz salió entre dientes, apenas audible sobre el ruido de la lluvia contra las hojas. Siguió avanzando. Un pie, luego el otro. La bota izquierda se hundió hasta el tobillo en un bolsillo de barro que no había visto y tuvo que detenerse, afianzar el pie derecho contra una raíz que sobresalía, tirar hacia arriba con todo el cuerpo para liberar la pierna. La carga se movió con él, desplazándose unos centímetros hacia la derecha, cambiando el centro de gravedad de manera traidera. Se tambaleó. Abrió los brazos. Se quedó quieto hasta que el equilibrio volvió.

—Despacio. Despacio.

Respiró. El aire entraba frío y húmedo, con olor a tierra removida y a pino mojado. Los pulmones protestaban con un silbido leve, casi imperceptible, que llevaba ya varios cientos de metros acompañándole. Siguió.

El camino giraba hacia la derecha en una curva ciega que se asomaba sobre una hondonada. Desde allí, si hubiera habido visibilidad, se podría haber visto el pueblo abajo, el techo de la iglesia, el rectángulo del parque central. Pero la niebla lo había tragado todo desde la mañana temprana y solo quedaba el blanco denso, la lluvia dentro de la niebla, y más arriba, insinuada, la oscuridad de la roca.

Las botas eran de cuero. Habían sido buenas botas en otro tiempo, pero, el cuero llevaba horas empapado y cada paso producía un sonido sordo, como si caminara sobre esponjas. Los calcetines se habían rendido antes de llegar a la primera bifurcación. Ahora eran solo tela mojada adherida a la piel, inútil contra el frío que subía desde la suela.

—El pie derecho está dormido. No importa. No importa mientras se mueva.

Se movía. Eso bastaba.

Llegó a un tramo donde la pendiente se empinaba de forma abrupta y el camino desaparecía bajo una capa de hojas caídas que la lluvia había convertido en una alfombra viscosa. Las raíces aquí eran más gruesas, más expuestas, cruzando el terreno en ángulos imposibles como dedos de algo enterrado que hubiera intentado, en algún momento, salir. Se agarró a una con la mano libre —la derecha, la que no sujetaba el arnés de cuerdas— y empujó con las piernas. La carga se deslizó hacia atrás. La cuerda del hombro izquierdo se tensó hasta quemar.

—Aguanta. Aguanta.

No estaba claro a quién iba dirigida la palabra.

Semanas atrás, cuando el médico del pueblo —un hombre joven, recién llegado del departamento— había firmado el papel y se lo había dado sin levantar la vista del escritorio, el hombre había pensado que lo más difícil sería convencer a sus hermanos. Luego pensó que lo más difícil sería el ataúd. Luego pensó que lo más difícil sería encontrar quién ayudara. Ahora sabía, con la certeza que solo da el cuerpo, que lo más difícil era esto: cada uno de estos pasos, repetidos sin fin, con la lluvia empujando de lado y el barro succionando de abajo y el peso apretando de arriba.

Los hermanos no vinieron. Ninguno. Evaristo, que estudiaba medicina en la capital desde hacía quince años y que llamaba cada dos o tres meses con promesas vagas de visita, mandó un telegrama. Palabras breves, justificaciones más largas, una suma de dinero que llegó transferida y que el hombre no había tocado. Los otros cinco enviaron mensajes similares por vías similares, con variaciones mínimas en los pretextos. Compromisos. Distancias. Una boda. Un examen. Una operación programada que no podía cancelarse. El hombre había leído cada mensaje una vez y los había guardado en el cajón de abajo, debajo de las facturas.

Evaristo era el favorito. Siempre lo había sido, con esa evidencia tranquila que nadie nombraba, pero, todos sabían. Cuando Evaristo llamaba, la voz de ella cambiaba. Se afinaba. Se volvía más suave, más llena. Cuando colgaba se quedaba unos minutos mirando el teléfono en silencio, como si guardara algo dentro antes de que se enfriara.

El hombre llegó al saliente de roca que conocía desde niño, una lengua gris que interrumpía el camino y obligaba a trepar usando las manos. La roca estaba resbaladiza. Se quitó el guante de la mano derecha con los dientes, lo mordió entre los molares, palpó la superficie buscando donde agarrarse. Encontró una grieta angosta. Metió los dedos. Empujó.

—Aquí. Aquí está el agarre. No sueltes.

Trepó centímetro a centímetro. La carga pendía de sus espaldas como un contrapeso vivo, aunque no lo era. El filo de la roca le cortó la palma a través del guante que seguía mordiendo. Sintió el dolor limpio y agradecido, porque el dolor era un punto fijo en el que concentrarse mientras el resto del cuerpo pedía pausa.

Arriba del saliente, el camino se aplanaba durante un trecho breve antes de volver a subir. El hombre se detuvo allí. Apoyó las manos en las rodillas. Respiró cuatro veces, lentas, hasta que el silbido en el pecho disminuyó. La lluvia seguía. El viento giró y le pegó de frente durante un momento, empapándole la cara, metiéndose por el cuello de la chaqueta. Entrecerró los ojos.

Desde ese punto podía ver, mirando hacia abajo a través de la niebla, la primera bifurcación donde don Aurelio había depositado su extremo del ataúd con cuidado casi ceremonial y le había dicho, con la cara colorada y los ojos húmedos, que las rodillas no le daban para más. Era un hombre viejo. El hombre no le guardaba rencor. Más abajo, más difícil de precisar en la memoria porque el cansancio borraba los detalles, habían abandonado también Fermín y su hijo, y luego los dos sobrinos de don Aurelio que vinieron por compromiso familiar más que por afecto genuino. El ataúd había durado hasta el segundo recodo, donde una raíz oculta hizo que todos tropezaran casi al mismo tiempo y la caja golpeó contra la roca con un crujido que no era bueno. Siguieron. Pero en el tercer trecho empinado, con el barro ya por encima de los tobillos, la madera cedió por la esquina inferior izquierda y luego por la derecha y no hubo manera de seguir cargándola sin que se abriera del todo.

—No pienso en eso ahora.

Pero ya lo había pensado. El momento en que la lona quedó como única envoltura, cuando tuvo que ajustar las cuerdas él solo, con los dedos torpes y fríos, mientras los otros miraban sin saber si ayudar o volverse. Fermín dijo algo en voz baja. El hijo de Fermín no dijo nada. El hombre terminó de anudar las cuerdas, se puso de pie, levantó la carga y siguió. Los demás se quedaron parados un momento, luego empezaron a bajar.

La carga ahora era solo lona y cuerda y el peso de adentro. El peso de adentro era su madre.

Continuó por el trecho plano hasta donde volvía a inclinarse. La vegetación aquí era más densa, los helechos le llegaban a la cadera, el agua que caía de las hojas superiores se concentraba y caía en chorros más gruesos sobre sus hombros. El suelo era menos barro y más piedra suelta, lo que en otro contexto hubiera sido mejor, pero, con las botas como estaban significaba resbalar en seco, sin la succión del barro que al menos frenaba la caída.

—Aquí hay que pisar en el centro de cada piedra. No en el borde. En el centro.

Se concentró en eso. Piedra a piedra. Centro. Centro. La carga oscilaba con cada paso desigual, pero, no de manera peligrosa. Las cuerdas resistían. Su madre no era una mujer grande. Nunca lo fue. Pequeña y dura como las cosas que han pasado mucho frío.

Cuando murió su esposa —y no pensó en esto como recuerdo sino como un peso adicional que de pronto estaba allí, superpuesto al físico— él llevaba tres meses trabajando en la finca de los Montoya para ahorrar lo suficiente para un cuarto adicional. El parto duró dos días. Él estuvo los dos días en el corredor del hospital, bebiendo café de la greca, sin comer nada sólido porque cada vez que intentaba masticar algo la garganta se le cerraba. El niño nació antes que amaneciera el segundo día y murió cuatro horas después. La esposa murió al mediodía. La misma enfermera salió dos veces a darle noticias. La primera vez el hombre no entendió lo que le decían. La segunda vez tampoco, pero, supo.

Resbaló. El pie derecho salió hacia adelante sobre una piedra cubierta de musgo y el cuerpo entero fue detrás. Cayó de rodilla. La carga se desplazó hacia la derecha con violencia y tuvo que extender el brazo izquierdo contra el suelo para no volcar del todo. Se quedó un momento en esa posición extraña, una rodilla en tierra, el brazo extendido, la cara a centímetros del barro.

—Bien. Bien. Levanta.

La rodilla derecha ardía. Se puso de pie despacio, verificando que las cuerdas siguieran en su lugar. La lona no se había abierto. Siguió.

Había vuelto a la casa de su madre tres semanas después del entierro de su esposa. No porque ella lo invitara de manera explícita, sino porque la casa vacía olía a algo que no podía nombrar y no podía aguantar. Su madre abrió la puerta, lo miró de arriba abajo, se hizo a un lado para dejarlo pasar. No hubo abrazo. No era una familia de abrazos. Le preparó un caldo y se sentaron los dos en silencio a la mesa de siempre, con los mismos manteles de hule verde que él recordaba de niño, y el hombre comió sin hambre hasta que el plato quedó limpio porque su madre siempre había creído que dejar comida en el plato era una forma de queja.

Eso fue hace catorce años. Catorce años en esa casa, primero durmiendo en el cuarto de los hermanos —ahora vacío, con cuatro camas que nadie usaba— y luego, cuando quedó claro que ninguno de los hermanos volvería, en el cuarto de matrimonio que su madre usó hasta que las piernas ya no le permitieron subir escaleras y hubo que bajarle una cama a la sala.

—No pienses en cuánto falta. Piensa en el siguiente árbol.

El árbol era un roble viejo, torcido, que marcaba el límite del terreno comunal. Lo conocía desde siempre. Faltaban, calculaba, unos cuatrocientos metros desde allí hasta la entrada del cementerio. Cuatrocientos metros en línea recta serían nada. Cuatrocientos metros de esto eran otra cosa.

El viento arreció. Vino desde el norte, desde donde la montaña no tenía protección, y barrió el camino con una racha que dobló los helechos casi hasta el suelo y le arrancó el sombrero de la cabeza. El sombrero voló hacia la pendiente de abajo y desapareció en la vegetación. El hombre lo vio irse sin intentar recuperarlo. El frío entró inmediatamente por el cuero cabelludo, bajó por la nuca, se instaló entre los hombros.

—El sombrero no importa.

Llegó al roble. Apoyó la espalda contra el tronco durante un minuto, dejando que la corteza rugosa sostuviera parte del peso. Cerró los ojos. Detrás de los párpados no había oscuridad sino una mancha roja que palpitaba con cada latido. El corazón iba deprisa. Más deprisa de lo que debería.

Cuando abrió los ojos la niebla había bajado otro poco y el camino delante era apenas visible, un surco entre masas grises. Los últimos cien metros antes del cementerio eran los peores porque la pendiente se verticalizaba y el suelo era todo roca viva sin agarres naturales. Lo sabía. Lo había sabido desde el principio. Había pensado en ello anoche, tumbado en la cama que fue de sus padres, mirando el techo, calculando si sería posible, diciéndose que sería posible, convenciéndose con la repetición porque otra cosa no había.

Empujó la espalda contra el árbol para separarse de él y reemprendió la marcha.

—Un paso. Otro paso. No te pares.

La cuerda del hombro izquierdo llevaba horas cortándole la circulación. Ya no sentía los dedos de esa mano. Los movía y sabía que se movían porque los veía, pero, la sensación había desaparecido hace tiempo. Cambió de agarre todo lo que pudo, redistribuyó el peso hacia el otro lado, siguió.

En los últimos años, su madre había desarrollado la costumbre de hablar en voz alta mientras él trabajaba. No le hablaba a él directamente, o no siempre, sino más bien hablaba al aire, a la cocina, a las paredes, y sus palabras eran un inventario permanente de las maneras en que las cosas no eran como deberían ser. La ropa tendida torcida. El piso barrido sin suficiente fuerza. La leña apilada sin orden. Y debajo de todas esas quejas específicas, repitiendo como el bajo de una melodía, la comparación implícita: Evaristo estudiaba medicina. Evaristo tenía título. Evaristo enviaría dinero cuando pudiera. El hombre no respondía. Aprendió pronto que responder era peor.

Hubo una tarde, ya cerca del final, cuando ella todavía podía sentarse en la silla junto a la ventana, pero, ya no podía levantarse sola, en que le dijo, mirando la calle, sin volverse: que eres el que se quedó no quiere decir que seas el que sirve. El hombre estaba pelando papas. Siguió pelando papas. Las cáscaras caían en el fregadero con un sonido suave y constante.

La roca viva empezó antes de lo que recordaba. De repente el suelo de tierra y piedra suelta terminó y comenzó la superficie gris y lisa, inclinada a unos cuarenta grados, mojada y sin nada donde agarrarse salvo las grietas que cruzaban la roca en diagonales irregulares. El hombre se paró al borde de la roca y miró hacia arriba. La entrada del cementerio estaba allí, detrás de la niebla, no visible aún, pero, sabida. La pared de piedra que rodeaba el recinto, vieja y descascarada, con la herrumbre de la reja dibujando manchas naranjas que el agua de lluvia arrastraba hacia abajo.

—Voy a necesitar las dos manos.

Pero no tenía las dos manos. Tenía una mano libre y un brazo izquierdo que sostenía parte del peso de las cuerdas. Pensó durante un momento. Evaluó la roca. Buscó la línea de subida menos expuesta, donde las grietas eran más continuas. La encontró hacia el lado izquierdo, donde un afloramiento creaba algo parecido a un escalón a media altura.

Empezó a subir de lado, como un cangrejo, usando la mano derecha para agarrarse y los pies para empujar. La carga se balanceó. Se balanceó de nuevo. El hombre apretó los dientes y siguió, sin mirar abajo, sin mirar arriba, mirando solo la grieta inmediata, los centímetros siguientes de roca.

A mitad de la pared resbaló. El pie izquierdo salió y durante un segundo fue solo la mano derecha metida en una grieta demasiado angosta lo que lo sostenía, con todo el peso de él y de su madre pendiendo de los cuatro dedos. La carga tiró hacia atrás. El hombro crujió.

—No sueltes. No sueltes. No.

No soltó. Encontró el pie. Lo plantó. Esperó tres segundos hasta que el cuerpo dejó de temblar. Siguió subiendo.

Cuando llegó arriba y pasó por la reja abierta del cementerio se arrodilló sin querer, no como gesto deliberado sino porque las piernas simplemente cedieron. Permaneció de rodillas en el barro del camino interior, con la carga todavía en la espalda, respirando con la boca abierta, mirando el barro entre sus manos. La lluvia seguía. El viento dentro del recinto era más débil, amortiguado por los muros, pero, seguía. Las lápidas a ambos lados del camino emergían de la niebla, algunas torcidas, algunas con flores de plástico que el agua había deshecho y dispersado.

Se puso de pie. Buscó con los ojos. Sabía dónde estaba la tumba porque la había visto muchas veces, pero, con la niebla todo el cementerio parecía igual, los mismos rectángulos grises repetidos en todas direcciones. Caminó despacio por el sendero central hasta reconocer el árbol de ciprés que estaba tres tumbas a la derecha del lugar. Giró. Contó. Una. Dos. Tres.

Las dos lápidas eran sencillas. Nombres, fechas, nada más. Su padre, muerto cuando el hombre tenía dieciséis años, de algo en el pecho que el médico de entonces llamó con palabras largas que nadie entendió. Su tío materno, muerto cuatro años después en un accidente de carretera que el hombre no había presenciado, pero, que había imaginado muchas veces, detalladamente, sin querer. Entre las dos lápidas había un espacio que había sido preparado hacía días, antes de la lluvia, cuando todavía parecía que la subida podría hacerse de otra manera.

El espacio estaba lleno de agua.

—Bien. Está lleno de agua. Se vacía.

Depositó la carga en el suelo con un cuidado lento y calculado, arrodillándose primero, usando las dos manos para controlar el descenso hasta que la lona tocó tierra. Se quedó quieto un momento, sin la carga, sintiendo el cuerpo extrañamente ligero y desorientado, como si hubiera perdido algo necesario. Las cuerdas le habían marcado el pecho con líneas rojas que ardían al soltar la presión.

De la mochila pequeña que llevaba cruzada al pecho sacó la pala corta, plegable, que había comprado en la ferretería del centro. La abrió, aseguró la bisagra. Se arrodilló junto al espacio excavado y empezó a sacar el agua con la hoja de la pala a modo de cucharón, vaciando cada paletada hacia el lado, entre las raíces del ciprés. Era un trabajo lento. El agua volvía a acumularse desde el fondo fangoso, pero, lo hacía más despacio de lo que él la sacaba. Siguió.

—Vacía. Vacía. Un poco más.

Nadie del cementerio había venido. Él no esperaba que vinieran. Les había avisado, y el encargado había dicho que haría lo que pudiera, y no había venido. No le guardaba rencor tampoco a él. El encargado era un hombre con familia y la lluvia llevaba dos días sin parar y el camino era el camino.

Cuando el fondo quedó lo suficientemente seco comenzó a ampliar los bordes con la pala, dando a la fosa las dimensiones correctas. Era un trabajo que requería fuerza y él no tenía fuerza, pero, lo hizo de todas maneras, centímetro a centímetro, sin prisa porque la prisa ya no servía de nada.

Tardó mucho tiempo. No miraba el reloj. La luz no cambiaba porque ya era baja y gris desde el principio. La lluvia fue aflojando durante ese tiempo y luego paró del todo, lo que fue una forma de alivio que no esperaba. Con la lluvia parada el barro dejó de moverse y la fosa mantuvo su forma.

Cuando estuvo lista se acercó a la carga, desató las cuerdas con dedos torpes, dobló la lona hacia atrás con cuidado. No miró la cara. Había decidido eso ya la noche anterior. Puso las manos debajo y levantó.

La depositó en la fosa con el mismo cuidado lento con que había depositado la carga en el suelo. La acomodó lo mejor que pudo. Acomodó la lona alrededor. Luego tomó la pala y empezó a devolver la tierra.

Cada palada de tierra era un sonido. Sordo al principio, luego más apagado, luego mudo. El hombre trabajó en silencio. El ciprés goteaba sobre él desde arriba, aunque ya no lloviera. Cuando terminó aplastó la tierra con el reverso de la pala varias veces, parejo, y luego se quedó parado junto a la tumba con la pala en la mano.

Los nombres en las lápidas de al lado eran legibles ahora que había parado la lluvia. Su padre. Su tío, y aquí, sin lápida todavía, su madre. En algún momento habría que volver con la piedra. Eso sería otro día.

—Ya está.

Las dos palabras salieron en un volumen casi normal y sonaron demasiado grandes para el espacio silencioso entre las lápidas. El hombre no dijo nada más.

Recogió la lona doblada, las cuerdas, la pala plegada, los metió en la mochila. Miró las tres tumbas una última vez. No dijo nada. Giró y empezó a caminar hacia la salida.

El descenso empezó en la roca, que ahora sin lluvia era algo menos traicionera, aunque el musgo seguía resbaloso y las botas seguían empapadas. Bajó de espaldas en el trecho más difícil, usando las manos, controlando cada movimiento. Sin la carga el cuerpo respondía mejor, pero, los músculos habían gastado todo lo que tenían y cada movimiento era un esfuerzo desnudo, sin reservas.

Cuando llegó al suelo de tierra y piedra suelta se detuvo. La niebla había subido un poco y podía ver el camino bajando entre la vegetación, perdiéndose en las curvas, y más abajo, ya visible, el borde del pueblo con los techos oscurecidos por la humedad.

—Ahora bajar.

Pero no bajó de inmediato. Se quedó parado un momento con la mochila en la espalda y las manos colgando y los ojos en el camino. El silencio en la montaña después de horas de lluvia era compacto y extraño. Los pájaros no cantaban todavía. El agua seguía corriendo por los surcos laterales con un sonido suave y constante, hacia abajo, siempre hacia abajo.

El pensamiento llegó despacio, sin dramatismo, como llegan los pensamientos cuando el cuerpo ya no tiene energía para resistirlos. Llegó como una pregunta práctica más que como un deseo: qué había abajo. La casa vacía. La silla junto a la ventana. La cama de la sala todavía allí, con las sábanas que había cambiado la semana pasada porque ella ya no podía cambiarlas sola, y que ahora no había nadie para volver a cambiar. El cajón con los telegramas. El teléfono que no iba a sonar excepto si llamaba Evaristo, y Evaristo llamaría dentro de unos días, cuando el tiempo prudente hubiera pasado, con la voz afinada y llena que usaba para las cosas importantes, para decir que lo sentía mucho y que hubiera querido estar allí.

El hombre pensó en la pala plegada dentro de la mochila. Pensó en el peso de su propio cuerpo, que no era mucho. Pensó que la tierra allá arriba todavía estaba blanda.

Luego pensó en las botas empapadas y en el camino de piedra suelta y en que si no empezaba a bajar ahora la oscuridad lo alcanzaría en la roca y eso sería otro problema de otro tipo.

Empezó a bajar.

El camino de vuelta tenía la misma longitud que el de ida, pero, el cuerpo lo medía diferente, con una fatiga que ya no era urgente sino acumulada, sedimentada en cada músculo. Las rodillas protestaban en los tramos inclinados. La rodilla derecha, donde había caído antes, protestaba más. El hombre caminaba despacio, con cuidado, sin la concentración tensa del ascenso, pero, con atención, porque caerse ahora, solo, sin carga, pero, también sin nadie, sería un final de otra especie.

El pensamiento de la pala volvió varias veces durante el descenso. Volvió con calma, sin urgencia, como vuelven las cosas que no tienen prisa. Cada vez el hombre lo notaba, lo dejaba estar un momento, seguía caminando. En el segundo recodo, donde habían abandonado el ataúd, vio los restos de la madera contra la roca. Astillas húmedas, algunos clavos oxidados, un trozo de madera más grande que se había quedado encajado entre dos piedras. Los miró al pasar sin detenerse.

Más abajo, donde don Aurelio había dejado su extremo con los ojos húmedos, el camino era más ancho y menos pendiente y el barro comenzaba a tener la textura más firme de las zonas bajas, menos saturado. El hombre pisó con más seguridad. El pensamiento de la pala estaba allí, pero, menos inmediato, más lejano, como algo que se dice en voz alta solo para escucharse y comprobar que suena diferente de lo que se esperaba.

Llegó al final del camino donde el sendero de montaña conectaba con el primer callejón del pueblo. Las piedras del callejón estaban mojadas y brillantes, pero, eran piedras planas, seguras. El hombre se detuvo en ese límite. Miró hacia atrás, hacia arriba, hacia donde la montaña se perdía en la niebla que seguía sin moverse. Luego miró hacia delante, hacia las casas, hacia la luz amarilla que comenzaba a encenderse en algunas ventanas.

La casa de su madre estaba al final de la segunda calle. Tenía las llaves en el bolsillo de la chaqueta. Las había puesto allí esta mañana, antes de salir, con ese gesto automático de quien lleva llaves a donde sabe que va a volver. El hombre metió la mano en el bolsillo y las encontró, frías, mojadas como todo lo demás.

Siguió caminando hacia el pueblo. Las botas sonaban distinto sobre las piedras planas, más secas, más firmes. El primer farol de la calle ya estaba encendido, aunque faltaba tiempo para la noche completa. Pasó debajo sin levantar la vista.

La segunda calle era cuesta abajo y las rodillas agradecieron el ángulo más suave. Llegó a la puerta de la casa. La llave entró en la cerradura como siempre, con ese giro y medio que había que hacer para que la lengüeta cediera del todo. La puerta se abrió.

Dentro olía a encierro y a algo que ya empezaba a no estar. El hombre entró, cerró la puerta detrás de sí, y se quedó parado en el pasillo oscuro, todavía con la mochila en la espalda y las botas embarradas, sin encender la luz, esperando algo que no llegó.

Luego se sentó en el primer escalón de la escalera, apoyó los codos en las rodillas, y se quedó quieto, muy quieto, mientras afuera la oscuridad seguía bajando sobre el pueblo y la montaña volvía a ser solo una masa negra sin forma al fondo del cielo.

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