Despierto desde las 5:30 de la madrugada. No llegaba nunca el día. El calor no había cesado en toda la noche y necesitaba aire. Presa de un arrebato, y viendo que me faltaba ese aire, he decidido salir a buscarlo.

Aún no eran las 9 de la mañana cuando he bajado a por mi vieja moto. Como si de un caballo se tratara, al que hay que ponerle la silla y los atalajes, le he quitado la funda que la cubre, le he sacudido un poco el polvo y le he metido la llave. Al dar media vuelta se han encendido los chivatos. Bien. Buena señal.

He cerrado un poco el aire del carburador y, al pulsar el botón de arranque, su motor, su honrado motor, se ha puesto a rugir. La he dejado un poco en marcha mientras me ponía todo lo necesario para salir en busca de ese aire que me faltaba y que no sabía dónde encontrar, que no sabía siquiera si existía.

Al momento, mi vieja montura también me pedía aire. Con un pequeño movimiento de mi pulgar he accionado de nuevo la palanca del carburador y se lo he dado. Automáticamente, su rugido se ha vuelto dócil, suave, como el tic-tac de un reloj. Allí ha quedado esperando a iniciar la marcha, y no la he hecho esperar más.

Salimos raudos al moderno abrevadero a llenar su metálica panza de líquido y, de ahí, en busca del aire, sin rumbo fijo. Solo una idea: la montaña.

Vivo en una zona privilegiada y muy montañosa. El tránsito del mar a la más abrupta montaña lo haces sin apenas darte cuenta. Muchas veces lo compartes, teniendo la montaña seca, con sus pinos y sus cigarras calurosas a un lado, mientras en el otro disfrutas de un mar de un azul indescriptible.

Pero ese no era el caso. El mar quedaba a mi espalda y el sol daba de lleno en mi cazadora de cuero negro. A pesar de ir en la moto, lo notaba ahí. Fuerte, desafiante.

Pasados unos kilómetros y unos minutos, el paisaje empezaba a cambiar. Ya no se veía rastro de industria y el terreno que me rodeaba empezaba a ser yermo. Cruzo por el primer grupo de masías en busca del aire que empiezo a sentir. Poco a poco ese aire va cogiendo olores. Olores de pinos, de tierra seca, de estiércol. Todo se mezcla, pero lo he encontrado.

Ya me he alejado de los núcleos urbanos. Salvaje. Un pueblo queda a mi izquierda. El aire ahora me regala olor a aceite. Aceite de almazara. De algarrobas.

Sigo mi marcha. Los insectos golpean la protección de mi casco. La velocidad es en todo momento la que marcan las señales de tráfico. A veces circulo a más baja velocidad. Aunque no hay pueblos en la ruta escogida, se suceden los núcleos de masías habitadas y, en cada una de ellas, un bar; y en cada bar, coches y caballos de metal como el mío, cuyos jinetes quizá también busquen aire en este mundo donde nos resulta cada día más difícil respirar.

Voy ganando altura. Me doy cuenta de que una indicación a mi derecha me advierte de un puerto y me dice que está abierto. Casi inmediatamente detrás, una señal de peligro con un gran copo de nieve dibujado. Es cierto. El invierno es crudo en el interior.

El aire, ese aire que he venido a buscar, se deja sentir en mis manos desnudas. Quizá hubiera tenido que ponerme guantes, pienso. El camino empieza a hacerse más difícil. Empiezan a sucederse las curvas, que voy tomando con suavidad, balanceándome de un lado a otro. El rugir de mi máquina es sereno, potente, acoplándose a cada curva, a cada desnivel.

Llego arriba. Y de nuevo el aire me da la bienvenida. Fresco, seco, se deja sentir otra vez. A pesar de que se lo impido, se cuela por las aberturas de mi casco, refrescándome el rostro.

Empiezo la bajada. El paisaje ha sufrido un cambio radical. Ahora gran cantidad de hitos se alinean a ambos lados de la carretera y me dicen que, en invierno, la nieve los convierte en la única referencia para no salirse al circular.

Veo al fondo, encima de una loma y tras una hondonada, un grupo de gigantes. Gigantes que no buscan el aire. Lo esperan allí, día tras día.

Son molinos de energía eólica. Los veo, paro y disfruto del batir de sus brazos al viento. Un aire fresco, puro. Lleno de aromas de trigo recién segado en unos campos que se encuentran apenas a unos metros. Se ha retrasado la siega. El frío quizá haya hecho que no madure tanto el trigo como se esperaba.

Sigo mi marcha y, al final de la larga recta de blanco asfalto, veo un pueblo. Ese será mi destino. Entro, paro y me dirijo al bar como los antiguos caballeros andantes a la fonda. Dejo amarrada mi montura a la sombra y me dispongo a reponer fuerzas.

Me comenta el posadero que hoy hace bueno. El día es espectacular, de un azul de cielo como pocos. Me dice que hasta la semana pasada hacía frío. Comentamos cosas sin importancia. Miro el bar, que se ha quedado anclado en el pasado, y la pátina del tiempo envuelve sus botellas, sus estanterías, su todo…

Encima del mostrador veo ceniceros con colillas. Qué más da. Este bar vive tiempos distintos. El bar y todo el pueblo, donde apenas se ve a nadie, aun a pesar de ser las 11 de la mañana. Tranquilidad absoluta.

Salgo del bar. Acaricio un poco mi montura y, de nuevo, vuelve a rugir con suavidad. Me vuelvo al punto de partida. De nuevo el mismo camino. Los gigantes parecen que, con sus brazos, me dicen adiós.

Al cruzar la hondonada empiezo a notar una fresca brisa. Una brisa que se acentúa cuanto más me acerco al mar. Es un viento fresco, racheado. Una brisa marina de las que suelen soplar hacia el mediodía.

Esta brisa me golpea lateralmente y convierte mi caminar en un baile. En un baile con el viento. En un baile con el aire.

He encontrado el aire.

Y he bailado con él.

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