El Dios que se niega a sí mismo.

El Dios que se niega a sí mismo.

Nos reuníamos en la sala de mi casa sistemáticamente. Daniel, Roberto y yo. Disfrutábamos de la comida de mi esposa, de algún buen vino y del café. Pero lo esencial era conversar. Tres informáticos reunidos para componer el mundo. Daniel era un señor culto. Matemáticas, literatura, filosofía y hasta los intríngulis de lo esotérico los exponía con lograda certeza. Tras años de lectura, se fue nutriendo de los grandes pensadores y concretando sus ideas propias.

Roberto, tecnólogo por antonomasia, y yo, el aprendiz de todo, nos encantaba discutir temas ajenos al mundo digital.

Ese sábado dialogamos con la seriedad de quienes les encanta ser escuchados en un grupito pequeño.

Daniel, de voz serena y lleno del aroma de los manuscritos esotéricos que devoraba, pronunció con naturalidad una frase que no era blasfemia, sino convencimiento:

—Dios somos todos nosotros.

Lo dijo como quien ha llegado al borde de un pensamiento propio, aunque presentí que era prestado. —Roberto sonrió incrédulo—; y yo, que ante la espiritualidad de Daniel y sus ideas de Dios —diferentes de las religiones existentes—, pero siempre con un creador … Se me ocurrió pasar al ateísmo como contrapartida.

—Si soy Dios, dije: puedo incluso negarme. ¿Quién me lo prohíbe?

Fue una respuesta inesperada, como un reflejo mental.

Daniel, con la resignación de quien ha visto demasiadas máscaras divinas, se quedó pensativo. Roberto me miraba como diciendo: “Pasaste la raya de lo permisible”.

Daniel arguyó: Quizá esa sea la forma más perfecta de la prohibición.

Esa noche de tertulias pasó sin más ideas contrapuestas. Se fueron a sus casas. Un tiempo después, quizás meses, cuando nos reunimos de nuevo, Daniel me confesó un sueño estrambótico que tuvo aquella madrugada. Roberto, que no había soñado nada especial, confesó que la frase que yo había proyectado, lo dejó pensativo.

Daniel contó:

—Había una biblioteca pero sin libros: era un lugar de decisiones. Cada estante contenía un “sí” y su correspondiente “no”, como los polos de un imán.

En el sueño, el hombre que había proclamado la divinidad universal se vio negando todas las cosas: el mar, su nombre, el rostro de su madre. Pero cada negación engendraba un doble, un eco filosófico que multiplicaba las posibilidades.

Yo, que también había tenido un sueño parecido esa noche, había visto la extraña biblioteca. Pero en el sueño alguien me explicaba que no era uno el que negaba, sino muchos. Y que cada “yo” que negaba era negado por otro “yo” al instante. Mi sueño era como una advertencia. Dios no era una identidad, sino una multiplicidad de caminos, donde cada decisión engendraba un dios distinto y cada negación lo destruía.

Ninguno de los dos pudimos recordar el sueño completo, pero ambos conservamos la misma frase clavada en la memoria:

“Si soy Dios, puedo incluso negarme. ¿Quién me lo prohíbe?”

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS