Eran las 9 de la noche. Lo sabía porque a esa hora, en la desvencijada radio, ahogado por el monótono sonido de las máquinas, sonaba una canción que seguramente sería la cabecera de algún programa que hacían a esa hora. Era costumbre en aquel tiempo tener una radio en el trabajo y, a pesar de estar conectada a un viejo amplificador de válvulas, era difícil de escuchar, a no ser que tuvieras un altavoz cerca. Sabíamos que estábamos a punto de terminar la jornada laboral, aunque, como en todos los almacenes de manipulación de naranjas era costumbre por aquel entonces, no acabar antes de 15 minutos pasados de la hora. Quince minutos, evidentemente, que no cobrabas; era lo que la empresa suponía que habías perdido a lo largo del día entre visitas al servicio y algún escaqueo. Un escaqueo a veces necesario, ya que la jornada llegaba a ser de hasta 14 horas en plena campaña naranjera y algún respiro se hacía absolutamente necesario.
Tardé más de 40 años en saber qué canción era la que sonaba aquellos años y a aquella hora. Es un tema de jazz que por aquel entonces no me interesaba lo más mínimo. Corría el año 1978 o 1979 y, aunque el tema era del 77, a mí me sonaba a viejo.
Contaba con 18 años y tenía aspiraciones de casi todo. Como se dice vulgarmente, te comías el mundo, aunque casi siempre es el mundo el que acaba por devorarte a ti.
Cuántas cosas han pasado desde entonces. Estrenábamos democracia y ya podíamos votar, elegir a nuestros gobernantes. Algunos se quejaban del régimen anterior, aunque, si soy sincero, con 18 años es algo que te preocupa poco.
No sabíamos, ni siquiera imaginábamos, por todo lo que teníamos que pasar hasta llegar a la jubilación; una jubilación que ya por aquel entonces nos decían los que se jubilaban que nosotros no podríamos cobrar, pero hasta la fecha hemos tenido suerte.
Vino el tiempo de la mili. Una mili que la gente de entonces sabíamos que no podíamos eludir. Era normal, pues, y en cuanto tenías uso de razón sabías que tenías que cumplir y aceptar.
¿Quién no vio alguna vez a un soldado? En cualquier capital de provincia los veías, sobre todo por las tardes de paseo; eso sí, con su traje impoluto. Ahora no sé si es que no hay soldados, pero no se ven. Es una de las muchas cosas que han cambiado.
Nos casábamos muy jóvenes. Una vez terminado el servicio militar obligatorio, a lo sumo esperábamos dos o tres años, lo que hacía que la mayoría de nosotros, con 23 o 24 años, estuviéramos casados.
Este era el primer gran cambio de tu vida, ya que presentaba una serie de obligaciones que antes no tenías. La responsabilidad de una familia, trabajar, trabajar y trabajar para poder pagar el pisito y olvidarte un poco de todo lo demás. La verdad es que lo demás tampoco era mucho, exceptuando salir a cenar o a merendar en algún bar. No teníamos la facilidad de viajar como hoy y solo se lo podían permitir aquellos que tuvieran mucho dinero.
Los coches tampoco eran los de hoy y tampoco todos nos los podíamos permitir. Por no poder, no teníamos ni teléfono, cosa que hacía normal y precisa, en cualquier paisaje urbano, la presencia de cabinas telefónicas. Hoy tenemos internet y hasta los niños de colegio llevan un smartphone que supera con creces los 200 euros.
Íbamos al cine, veíamos series en la tele que nos encandilaban, tanto que algunas de ellas, como Misión Imposible o Star Trek, aún se siguen produciendo para el cine. Conocíamos cantantes y sus canciones, y entendíamos más el modo de vida.
Ahora las cosas han cambiado. No digo que estén peor, pero lo que pasa es que dejamos de entenderlas. Y es que, en el fondo, como dijo Rubén Darío, el verdadero tesoro es la juventud. Algunos presumen de ser “viejóvenes”, una frase que dicen mucho los que no quieren envejecer, pero, al igual que todos los de nuestra edad, no basta con vestirse de una u otra manera. La juventud se lleva, no se “imposta”, y la juventud, con el tiempo, pasa. Es lo que dicen los que están de vuelta.
La vida te da más de una hostia, y algunas fuertes que te dejan profundas cicatrices. Así es que no vale la pena intentar comprender algo porque no lo conseguiremos: viene de fábrica. Cada tiempo aporta sus cosas y las nuestras ahora son las que son. Solo hay que saber aceptarlas con orgullo y ser conscientes de que somos como somos porque fuimos como fuimos, y eso nadie, ni joven ni viejo, nos lo podrá quitar.
Al final, como dijo Machado, todo pasa y todo llega.
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