Pensé que lo había visto todo hasta que contemplé aquel trazo trémulo. La composición era simple: una indecisa línea negra que reptaba de esquina a esquina sobre un lienzo blanco.

La galería Nexo estaba en boca de todos. Uno de sus artistas había pintado aquella pieza, la obra más cara de la historia. Recuerdo que levanté la mirada hacia los lienzos de mi propia galería y sentí el peso de un presente sin futuro. Aquel día, Nexo lo había sepultado.

Más que la necesidad, la desesperación sabe doblar los principios.

Yo sabía dónde tenía su taller el prodigio de Nexo. También sabía que, después de trabajar con solventes, abría la ventana trasera. Antes de firmar con aquellos, había estado sujeto a un contrato de exclusividad conmigo. En ese entonces no había en sus lienzos un solo centímetro que no estuviera premeditado.

Una noche esperé a que saliera del taller y entré por la ventana. Caí pesadamente sobre el suelo. Una sombra se estremeció al fondo y corrió a ocultarse en el laberinto de bastidores.

En el centro se alzaba un único caballete. Tenía algo de altar, pues la única luz de la habitación descendía sobre él como un dosel. Avancé con cuidado por el laberinto hasta acercarme. En el lienzo había un pequeño polígono que buscaba ser un círculo. A carboncillo. En la pared contigua a la ventana brillaba una instrucción proyectada en grandes caracteres:

«Un punto no circular».

Permanecí tan quieto y silencioso como pude. La sombra emergió del laberinto y entró en la isla de luz. Era un ser humano. Supuse que limpiaría las brochas o el piso, pero miró hacia todos lados, suspiró, tomó el pincel y comenzó a pintar.

Cuando denuncié al prodigio de Nexo, esperaba que el escándalo acabara con ellos. En cambio, el dueño de la galería defendió públicamente los métodos de su artista. Afirmó que el arte residía en el concepto y que la técnica no era más que un obstáculo en nuestra carrera hacia la perfección estética; un obstáculo que podíamos superar si reconocíamos la inteligencia orgánica como una herramienta legítima del artista.

—La mano ejecuta; la mente concibe —concluyó la epístola.

En pocos años se abrieron centros de adiestramiento artístico para organismos celulares. Dejamos de pintar, de esculpir, de componer. Las galerías se llenaron de obras producidas por hombres, y así los artistas se emanciparon de la materia. Ya no necesitaban dominar la técnica. Bastaba con concebir una forma y enseñar a una inteligencia orgánica a interpretarla. La crítica condenó primero el procedimiento; después aprendió a reconocer en el pulso de la sangre una forma legítima de expresión. Yo tardé un poco más.

Adquirí un ser humano.

Tienen razón. El hombre es un pincel. Incluso morfológicamente se le parece: un cuerpo alargado, rematado por una mata de filamentos.

Ahora mi obra se vende.

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