Quien Fue a Sevilla, perdió su Silla

Quien Fue a Sevilla, perdió su Silla

Ernest Tellols

09/06/2026

Supongo que todos conoceréis un juego donde, por ejemplo, cinco jugadores dan vueltas alrededor de cuatro sillas. Claro, uno piensa: todos no se pueden sentar, pero precisamente en eso consiste el juego.

Suena una música que va subiendo de tono y de ritmo y, cuando ya están en el «clímax»… ¡PATAPAF! Para de golpe y tienes que ser rápido y hábil al mismo tiempo para pillar tu silla o te quedas fuera.

No valen titubeos ni andarse con rodeos. Tampoco valen explicaciones de decir «yo no soy un ladrón» o «no pienses de mí lo peor». El caso es que al final te quedas de pie mientras otro, más directo y sin querer dejar claro lo que es o lo que no es, te deja sin silla y te quedas fuera, pensando qué hubiera pasado si te hubieras sentado tú en ella.

Pues posiblemente sea de esas cosas de difícil explicación y daría para filosofar sobre el porqué.

Al final no son los cuatro participantes los que pierden o ganan. Son simplemente dos: el que cogió la silla y el que quedó fuera. ¿Por qué quedó fuera? Podríamos decir que el que la cogió fue más rápido, pero si pudiéramos poner un vídeo a cámara lenta veríamos que, en el momento del clímax, los dos bailaban y corrían alrededor con el mismo énfasis y las mismas ganas.

Fue en el momento en que paró la música. Esas décimas de segundo fueron suficientes para pensar lo honrado que eres, que no le quitas nada a nadie, y obrar en consecuencia. Unas décimas de segundo que bastaron para dejarte fuera y sin saber si volverás a entrar en más partidas, por más que bailes, corras y te prepares.

Tal vez porque tus contrincantes se hayan tomado en serio eso de que no eres un ladrón y ni siquiera se preocupan de correr contigo. Tal vez busquen nuevos contrincantes más directos, que no se rajen a la hora de coger el asiento.

Se puede ser honrado igual, sin necesidad de renunciar a ciertas cosas. Más cuando se trata de un juego donde todos saben que se puede ganar o perder, pero en el que, sobre todo, los participantes conocen las reglas y las aceptan, ya que cuando empiezas a dar vueltas eres consciente de que todos tenéis las mismas posibilidades, que tenéis cuatro sillas y que solo uno se quedará fuera.

Sería fácil adivinar que, si te quedas parado, con toda seguridad perderás. Pero si todos corren por igual, un frenazo en el último momento de cualquiera de los participantes puede causar un daño irreparable. Te quedas fuera y no sabes si en la otra partida entrarás. O tal vez ya no haya más partidas y la última la perdiste.

Esto mismo pasa en muchos ámbitos de la vida, donde la educación recibida y el no querer parecer que… bueno, ya me entendéis, nos privan a veces de oportunidades de todo tipo: desde casi sin ninguna importancia hasta cruciales e incluso placenteras.

Es por eso que, cuando se juega, hay que poner empeño, correr como los demás y tirarse a por la silla de cabeza. Al menos, si te quedas fuera, que no sea por tu culpa, por no haberlo intentado. Y es que a veces no hace falta ir a Sevilla para perder la silla; la puedes perder en tu casa, en la calle o en la terraza de un bar.

Etiquetas: ensayo breve

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