Noche de frio y Blues

Noche de frio y Blues

Ernest Tellols

08/06/2026

Posiblemente fuera por Navidades o fechas muy cercanas a ellas. Recuerdo que hacía un frío penetrante que calaba hasta los huesos, mientras una fina lluvia no dejaba de caer y le daba un brillo especial a las calles, que reflejaban cualquier punto de luz como si de un espejo se tratara. Era un día laborable y las calles, a esas horas, estaban vacías.

Salía de trabajar tarde, como de costumbre. Aunque realmente tendría que decir temprano, porque era ya de madrugada. Las calles vacías y el frío hacían visible el vaho de mi respiración, al tiempo que se podían escuchar perfectamente mis pisadas en el suelo mojado.

Levanté la vista y vi mi coche, que estaba aparcado junto a muchos otros, chorreando agua debido a una lluvia poco apreciable, pero muy insistente.

No me di cuenta, hasta casi abrir la puerta del vehículo, de una sombra que había cobijada en un portal. Llevaba un abrigo oscuro, un gorro y una bufanda que apenas dejaban ver sus ojos. Me sobresalté un poco, pero al oír mi nombre me paré en seco. Aquella sombra caminó hacia mí al tiempo que las farolas la iban haciendo visible. Fue entonces cuando vi que se trataba de Ana, una vieja amiga.

Ana fue durante unos años compañera de trabajo y, durante ese tiempo, entablamos una buena amistad. Es de esas compañeras que tu pareja mira siempre de reojo por su proximidad. Eso sí, sin motivos y, aunque todo hubiera sido posible, yo casi le doblaba la edad.

Pienso que Ana me tomó un poco como a un padre; era una persona que parecía tener un imán para los problemas. Era increíble la facilidad con la que se adherían a ella. Digo bien: se le adherían, porque, a pesar de no buscarlos, era como si los problemas fueran a llamar a su puerta. Claro que todo esto lo sabía porque no había problema que Ana no me hubiera contado.

Me resultó extraño verla, sobre todo a esas horas y con ese tiempo; pensé que muy grave tenía que ser la cosa, porque el encuentro era demasiado extraño para ser fortuito. Además, durante un tiempo dejé de saber de ella. Estuvo desaparecida, circunstancia esta que aún me hacía pensar más que no era casualidad. Me preguntó si tenía un momento y, aunque estaba cansado y era muy tarde, le dije que sí, al tiempo que la invitaba a subir al coche. Una vez en el interior, le dije que fuera soltando «lastre». Me contestó que mejor en algún lugar tomando algo porque estaba «súper helada» y que ella me invitaba. Vivo en una ciudad no demasiado grande, donde no abundan los sitios donde ir; a esas horas estaban todos cerrados. Claro que hubiera podido pillar la autovía y parar en el primer bar de servicio abierto las 24 horas, pero no sé si era lo adecuado y, además, no me apetecía.

Después de dudar un poco, arranqué el coche y puse rumbo a la ciudad más grande y próxima que tenía, con la esperanza de encontrar algún bar de copas o pub abierto. No está lejos, pero hicimos todo el trayecto bajo la insistente lluvia, a la que además ahora acompañaba un viento frío. Tan frío que resultaba cortante como cuchillas de afeitar.

Por proximidad y por tamaño, solemos ir mucho a esta ciudad; hay cosas que en la que vivo no encuentras y se hace preciso el desplazamiento, como en este caso.

Nos dirigimos a la zona de «marcha». Más por ella que por mí; ella me guió. Yo hace tanto que no voy de marcha que, para mí, aquellas calles vacías que ahora transitaba me daban la sensación de que jamás las había pisado antes. Parecía que Ana había entrado en calor; la calefacción del coche estaba cumpliendo con su cometido y su cara, ya descubierta, presentaba un color sonrosado que, con el brillo de sus ojos, le daba un aspecto angelical que combinaba a la perfección con su melena levemente rizada. Al final, y después de muchas vueltas, vimos un lugar en el cual no habíamos reparado antes por su discreción. Era una puerta de madera en medio de una pared marrón y un rótulo con el nombre del local, al que iluminaba una luz muy tenue, apenas perceptible. Nos tuvimos que desplazar unas decenas de metros desde donde conseguí aparcar el coche, por lo que fue preciso envolvernos casi con todas las prendas de abrigo que teníamos a nuestro alcance, ya que el viento había acentuado la sensación térmica aún más, si cabe. Ana se aferró a mí buscando calor contra mi cuerpo, tanto que hasta me impedía caminar con normalidad. Entramos en el local, que por fuera prometía y por dentro no engañaba. La decoración era tan singular que hasta resultaba extraña, tanto que me es imposible explicarlo en pocas palabras. Rara, rara, rara.

No puso muy buena cara el chico de la barra al vernos entrar; solo había otra pareja en el local que, además, se disponía a marcharse. Pronto nos quedamos solos; pedimos nuestra consumición al tiempo que el chico de la barra bajaba un poco el volumen de la música. Una música que, si el local era peculiar, esta no se quedaba atrás, ya que no dejaban de sonar temas de blues de los años 50 y 60. No me molestaba porque, a decir verdad, es un tipo de música que me agrada, pero tan difícil de escuchar en estos tiempos como extraño era el local.

Nos relajamos y me contó que se había ido a vivir con un chico, bastante lejos de aquí. Pero al final parece que la cosa fue flor de un día: no duró y, con más pena que gloria, regresó de nuevo a casa, casi sin recursos y haciendo una auténtica odisea de su viaje de regreso.

La llegada a casa no fue muy satisfactoria y, ante los reproches de sus padres, decidió salir a buscarme, ya que conocía a la perfección lo extraño de mi horario. Su familia, muy cordial y con la que entablé una gran amistad, llevaba unos años viviendo de nuevo en esta ciudad. Digo de nuevo porque, aunque son originarios de aquí, les gusta vivir de una manera nómada y, cuando Ana acabó el periodo escolar, cargaron trastos y se marcharon por la parte del Pirineo. Pero hubo más: Guadalajara y el Bajo Aragón fueron otros destinos, hasta que recalaron de nuevo aquí, donde viven de alquiler, en una casita en el campo. El que vivieran de alquiler, junto a los dos vehículos familiares, que eran furgonetas, daba una clara muestra de su vida nómada, siempre dispuestos a cargar trastos y salir en busca de nuevos horizontes.

Apuramos la consumición y, aunque todavía teníamos mucho que hablar, nos apiadamos del camarero y decidimos marcharnos, dándole las buenas noches, frase esta que iluminó su cara; detrás de nosotros, pero con disimulo, se apresuró a cerrar el local.

La vuelta al coche fue similar a la anterior: frío, lluvia, viento y Ana aferrada a mi brazo sin apenas dejarme mover. Solo una cosa cambiaba: sus ganas de reír después de haber soltado un «lastre» que en casa no tuvo ocasión de soltar.

De vuelta a casa, la conversación era mucho más amena, más alegre; incluso me contó planes de futuro. Unos planes de futuro difíciles de cumplir si nos atenemos a la vida de su familia. Una familia a la que no acuso de los problemas de Ana, o tal vez sí…
Pero eso, en cualquier caso, no me corresponde a mí juzgarlo.

Una vez en la puerta de su casa, aún permanecimos un rato conversando, hasta que la calefacción del coche, al estar parado, dejó de hacer su efecto. Fue en ese momento cuando decidió despedirse; yo estaba rendido. Antes de abandonar el coche, me dio un beso y pude sentir sus labios calientes en mi mejilla, que ya empezaba a enfriarse.

Este fue el recuerdo que me dejó, y que me dio a entender que hay amistades que son para siempre, a pesar de la diferencia de edad.

Tengo aún su teléfono, como ella debería tener el mío, o no; su juventud la hacía ser un poco descuidada en estas cosas. Yo no la he vuelto a llamar, ella tampoco a mí. Mi vida siguió normal, sin alteraciones, a diferencia de la de Ana, ya que, un buen día, cargaron las furgonetas y volvieron a marcharse lejos de aquí. De esto hace ya unos años, demasiados para lo que era su costumbre. Sé que regentan un negocio familiar y que les da para vivir. Ana se casó y tiene ya dos hijos. Su marido se dedica a la ganadería, uno de los pocos negocios que te permiten vivir por aquellas lejanas tierras y, aunque no sé nada de ella, sé que en algún momento se acordará de mí, ya que con aquel beso en mi mejilla, aquella fría y lluviosa noche, sellamos nuestra amistad para siempre.

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