El fantasma supersticioso

«¿Fue en el mes de abril?» «No no, fue, si mal no recuerdo, a principios de mayo, cuando me encontré con aquel fantasma de cráneo angosto y cuencas pronunciadas al estilo de Hombre de Neanderthal, te lo prometo». Sobresalían por el borde de lo que sería su antigua frente, sus arcos superciliares. Por dos agujeros recortados en la tela, donde irían los ojos, se abrían sendas grutas oscuras que se perdían en la bastedad de su cabeza. Contrastaba esa negrura, con el blancor de la sábana que lo cubría, impoluta, hecha con el más auténtico algodón. Giró su cabeza hacia donde yo estaba. Un tenue clamor de huesecillos siguió al movimiento, que él trató de disimular, tintineaban como un empecinado sonajero.

Me observó de una manera intensa y descarada antes de hablar. Ya empezábamos mal.

Tarareaba una canción que no supe identificar, aunque la melodía me era familiar. ¡Que insolencia! Ni me conocía.

Me saludó con una inclinación de su pastoso ectoplasma y me dijo, con un marcado acento francés: «a ti te estaba espegaando». Al principio, me solivianté, el tuteo por desconocidos me ponía de mal humor, pero traté de ser lo más cordial posible, era la mejor decisión que solía tomar para las situaciones que me superan.

«Y qué se le ofrece», dije, lo más distante y altanero posible.

Yo estaba algo inquieto, teniendo en cuenta que no es muy común que después de una noche de Ópera te esperase un fantasma mal educado e insolente en la entrada de tu casa, y lo que era peor aún, un fantasma francés.

«Eres el único que puede hablar con un fantasma muerto». Contestó con un cierto retintineo y una risa burlona que trató de disimular, y que yo no pasé por alto.

Esa era una redundancia con la que los fantasmas coherentes jamás bromeaban. Fue la primera señal que me mostraba que tenía ante mí, uno de esos fantasmas ordinarios que pululan en cementerios o lugares de dudosa reputación fantasmal. Apto seguido le pregunté por su edad a lo que me contestó, «nací hace mucho tiempo y tengo todas las edades entrrre 0 y 86 años.»

La respuesta no me convenció del todo, no era original. Continuó con el tono burlón del principio, arrastrando las erres, que tanto me molestaban.

Lo que esperaba ahora, era que le preguntase por su sexo, pero ya intuía la respuesta, en cualquier caso no me interesaba si era hombre fantasma o mujer fantasma, pero él contestó a la pregunta no hecha, como si se la hubiera realizado: «Soy como los ángeles, salvando las distancias, no tengo sexo», agregó con una risa sarcástica con la que pretendía desdramatizar sus respuestas.Yo analizaba más que al fantasma en sí, la desfachatez con que me respondía. Estoy sesgado por mi intolerancia a la bulgaridad, lo sé y lo siento.

Otra contradicción, los fantasmas solo se reían en las películas de Oliver Hardy y Stan Laurel, y alguna que otra obra tonta. Ya no se ríen ante testigos, para no contribuir al clichet y ni a los tópicos gastados. Así fue mermando, con los años, la conducta de los fantasmas risueños y deshinibidos del tipo:¡JAJAJAJAJÁ!, o los menos atrevidos:¡JEJEJEJEJÉ! A tal punto han desaparecido, que han sido declarados entidades en extinción o como especies sobre naturales protegidas. Ha sido pura selección sobrenatural. Como las sábanas que usan para cubrirse, no dejan agujero para la boca, la risa del fantasma fue atrofiándose con el tiempo, no tenía sentido una risa sin labios que delimitaran una boca, reservándose las carcajadas tenebrosas para el cine, como ya dije.

¿»Y cuál fue el motivo de su fallecimiento»?, pregunté. Esperó unos segundos para contestarme y al fin dijo, «Una almohada verde incrustada sobre mi cara». ¿»Una almohada verde incrustada sobre su cara?» le dije, y continué, «eso que se lo crea el que quiera creerlo, yo no». Otra inexactitud que no pase por alto. Me di la vuelta y dije sin mirarlo, «¡Prueba no superada». Finalmente abrí la puerta y entré en mi casa, salieron a recibirme los Matías, dos gatos negros que me esperaban siempre al llegar a casa.

Sigamos: entonces el fantasma con un último clamor desesperado chilló, «esos le traerán mala suerte!, cruzando las falanjes de la mano derecha y apuntando hacia el suelo. Otra vez sonó como un sonajero. Sin dejarlo terminar cerré la puerta, y me fui al salón de mi vieja casa, con mis gatos, uno delante y otro detrás, como si me custodiaran . Me acomodé en mi arcaico sofá, y continué viendo mi película, en mi viejo televisor y mi vídeo VHS, por donde había dejado: «El fantasma de la Opereta».¡ JAJAJAJÁ! ¡JUAJAJAJAJÁ! Tuve deseos de reír así, a ver cómo sonaba, pero no me atreví. Ya saben cómo son los vecinos. No soportan las excentricidades.

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