La llamaban la Califa. En la Emilia de mi memoria —o acaso de la memoria de otros— ese nombre era menos un apodo que un destino: una mujer de voluntad inflexible, ajena al miedo y a los prejuicios.

Su marido murió durante una huelga, abatido por la policía. Los años, que suelen ser indulgentes con los verdugos, fueron borrando las razones del conflicto y hasta los nombres de los muertos. Sólo quedó ella, caminando las mismas calles, como si custodiara un secreto.

Nunca pidió justicia. Sabía, quizá sin haber leído a los antiguos, que la justicia de los hombres es una forma imperfecta del azar. Tampoco habló de venganza, porque comprendía que la venganza no devuelve nada: apenas multiplica el laberinto.

Los vecinos creían ver en su silencio una derrota. Ignoraban que el silencio puede ser una de las formas más altas de la dignidad. Ella cargaba con la memoria de un hombre y de una tarde, y esa memoria era más poderosa que cualquier sentencia.

Pienso ahora que la Califa no fue una mujer, sino una metáfora del coraje. Y sospecho que, en algún rincón del tiempo donde todas las historias se confunden, sigue caminando junto al esposo que le arrebataron, porque el olvido es humano, pero la memoria, a veces, tiene la obstinación de la eternidad.

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