
SOLEDAD DE VERLO
La casa había quedado demasiado vacía desde que se fue.
No era un silencio normal. Era otro tipo de ausencia. Un hueco que se metía en la cama y permanecía intacto noche tras noche. A veces encendía la televisión solo para escuchar voces ajenas, pero terminaba apagándola porque ninguna lograba distraerlo de esa misma ausencia.
Seguía esperando.
Aunque ya no supiera exactamente qué.
Quizá una llamada. Un mensaje breve. El sonido de unos pasos conocidos subiendo la escalera. Cualquier cosa que rompiera la idea insoportable de que todo había terminado de verdad.
Había dejado algunas cosas exactamente donde estaban. La chaqueta sobre la silla. El libro abierto boca abajo en la mesa del salón. Una taza en la cocina que nadie volvió a tocar. Como si moverlas significara aceptar que no iba a regresar.
Y no podía aceptar eso.
Las madrugadas eran lo peor. El sueño llegaba tarde y mal. Se quedaba mirando el techo, repasando conversaciones, recordando la forma en que el otro se reía cuando estaba cansado o cómo guardaba silencio cuando algo le dolía y no sabía expresarlo.
Hablaba poco de su pasado. A veces daba la impresión de que llevaba demasiado tiempo acostumbrado a irse antes de quedarse en algún sitio.
Tal vez por eso la ausencia se parecía tanto a él.
A veces incluso creía escuchar la madera crujir en el pasillo, igual que cuando volvía tarde y caminaba despacio para no despertarlo.
Lo extrañaba en cosas absurdas.
En el espacio vacío junto a la ventana.
En el segundo café de la mañana.
En las canciones que ya no podía escuchar sin sentir otra vez el peso de su ausencia.
Había días en los que creía estar mejor, pero bastaba con escuchar una voz parecida en la calle para sentir otra vez aquel golpe seco en el pecho.
La soledad de verlo era eso:
Verlo en todas partes menos donde realmente necesitaba que estuviera.
El recuerdo lo perseguía. Aparecía en los reflejos de los escaparates, en las estaciones de metro, en cada rincón donde alguna vez habían compartido algo pequeño y aparentemente insignificante.
En una panadería donde aún evitaba entrar porque seguían vendiendo los dulces que siempre pedía los domingos.
Y aun así, seguía esperando.
No con esperanza, sino con esa terquedad triste que tienen algunas personas cuando aman demasiado.
Como si en el fondo creyera que cualquier noche la llave volvería a girar en la puerta y todo ese tiempo de ausencia se derrumbaría de golpe.
Como si todavía quedara algo por lo que volver.
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