
Hay una antigua soberbia del hombre: creer que el mundo necesita escuchar todo lo que piensa. Tal vez por eso las ciudades están llenas de voces y tan escasas de conversaciones. Se habla para convencer, para llenar vacíos, para ocultar miedos. Se habla, muchas veces, para no escuchar.
Aquel sabio de Salmos dejó una sentencia que parece atravesar los siglos sin perder actualidad: «No digas poco con muchas palabras, sino mucho con pocas; calla o di algo más valioso que el silencio». No es un elogio del mutismo, sino una defensa de la palabra justa.
El silencio tiene una extraña dignidad. Los antiguos lo consideraban una forma de disciplina; los monjes, una vía hacia el conocimiento; los enamorados, un idioma secreto; los viejos, una cortesía hacia la experiencia. Solo el hombre apresurado le teme, porque en el silencio aparecen las preguntas que el ruido consigue aplazar.
Quizá por eso las palabras verdaderamente memorables son pocas. Una despedida, un perdón, un «te quiero», un «quédate». El resto suele ser un andamiaje construido alrededor de esas cuatro o cinco expresiones que sostienen una vida.
Con los años uno descubre que la inteligencia no consiste en tener siempre una respuesta, sino en reconocer cuándo una palabra ilumina y cuándo apenas añade confusión. Hay conversaciones que terminan y dejan un vacío; hay silencios que terminan y dejan una certeza.
Acaso la sabiduría sea eso: aprender que el silencio no es la ausencia de palabras, sino el lugar donde ellas esperan hasta merecer ser pronunciadas.
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