Es muy probable que te hicieron creer que debías ser fuerte todo el tiempo y avergonzarte de tus sentimientos, porque llorar o mostrar debilidad no estaba bien visto. Quizás, cuando eras niño o joven, escuchaste frases como:
“¿Para qué lloras?”
“No fue para tanto.”
“¿Cómo eres tan sensible?”
“¿Ahora vas a llorar otra vez?”
“¡Ándate a tu cuarto! Si quieres llorar, hazlo allá.”
O tal vez, en la escuela, te apartaron simplemente por ser diferente.
Puede que te haya faltado apoyo, contención, cariño, ternura, palabras de afirmación o reconocimiento en momentos difíciles, obligándote a crecer demasiado rápido, como me ocurrió a mí.
Aceptar que muchas necesidades afectivas no fueron satisfechas en el momento correcto puede ser doloroso. Entonces aprendiste a ser fuerte con las pocas herramientas que tenías: ocultaste tus sentimientos, levantaste barreras para protegerte, resolviste problemas solo y preferiste pasar desapercibido o mantener pocas personas cerca.
Con el tiempo, quizá permitiste que los demás conocieran solamente tu parte fuerte: tus logros, talentos y éxitos, mientras guardabas silenciosamente tus heridas, miedos o dificultades.
Sin embargo, ese corazón que tienes merecía ser escuchado, amado y reconocido. Merecía sentir que sus emociones eran importantes y valiosas.
Por eso, muchas veces, al llegar a la adultez, una parte de nosotros continúa sintiéndose incompleta. Buscamos aprobación, reconocimiento o aceptación, y aunque podamos formar una familia o construir relaciones, ciertas heridas siguen presentes.
Entonces aparecen pensamientos como:
“No importa cuánto haga.”
“No importa cuánto me esfuerce.”
“Nunca seré suficiente.”
Asimismo, podemos acostumbrarnos a priorizar a otros mientras dejamos nuestras propias necesidades emocionales de lado, porque así aprendimos a sobrevivir.
¿Sabes a quién sí le importan tus sentimientos?
A Jesús.
Él vio cada vez que lloraste en silencio por los problemas que enfrentabas. Vio aquellas ocasiones en que necesitaste un abrazo, una palabra de cariño, reconocimiento o simplemente sentirte importante para alguien.
También vio todas las veces que endureciste tu corazón para evitar ser lastimado.
Aunque muchas veces te hayas sentido solo, Dios permaneció contigo: consolándote, dándote fuerzas, rodeándote de personas, entregándote paz, resiliencia, propósito, talentos y amor para ayudarte a seguir adelante.
Ahora es tiempo de sanar esas carencias, esos sentimientos de fracaso, incertidumbre, insuficiencia, vacío o soledad.
Ya te has esforzado demasiado.
Ahora puedes descansar en los brazos de Dios Padre.
Permite que Él sane lo que duele, escuche lo que nunca pudiste expresar y llene aquellas necesidades emocionales que quedaron pendientes.
Porque solo Dios puede llenar completamente el alma y enseñarnos a comenzar nuevamente.
Además, es tiempo de aprender a recibir amor, aceptación, valoración y cuidado del Dios que hizo todo por nosotros.
En este mundo aprendemos que debemos esforzarnos mucho para ser amados, escogidos o valorados; sin embargo, con Dios ocurre algo distinto.
Tenemos un Dios dueño del cielo y la tierra que nos recibe tal como somos.
Él conoce nuestras debilidades, errores, miedos, fracasos y pecados; aun así, continúa escogiéndonos.
Y eso habla de cuánto valemos a Sus ojos.
DÉJATE AMAR POR DIOS.
Déjate guiar por Él.
Pon tu corazón lastimado en Sus manos y permite que Su amor te enseñe a encontrar refugio, protección y descanso.
TE INVITO A ESTAR CON DIOS Y HACER ESTA ORACIÓN DE FE.
Poco a poco sentirás la mano de Dios guiando tu vida y llenando aquellas carencias que muchas veces te hicieron sentir débil, inferior o poco valioso.
Para Dios somos Sus hijos, y es tiempo de comenzar a mirarnos como tales: herederos de Sus promesas y amados profundamente por Él.
Bendiciones.

OPINIONES Y COMENTARIOS