El CAMBIO
Hace diez años, más del setenta por ciento de la humanidad creía, con una fe ciega y temblorosa, que Dios descendería un día para llevarnos al cielo en sus brazos luminosos.
Qué equivocados estábamos… Aún lo recuerdo como si fuera ayer. Esa esperanza tan pura, tan inocente, que nos llenaba el pecho. La imaginábamos llegando con luz y salvación… y en cambio solo nos trajo silencio y tumbas vacías. Cómo duele recordarlo ahora. La primera caricia divina sobre la Tierra no fue de misericordia, sino de algo infinitamente peor.
Ocurrió en Hiroshima y Nagasaki. Los registros oficiales hablan de bombas atómicas, pero eso es mentira. Nunca hubo explosión alguna. Lo que cayó del cielo fue una prisión. Una jaula sellada para contener algo que jamás debió ser liberado.
Nadie vio fuego ni hongo nuclear. Simplemente… desaparecieron.
Miles de almas se esfumaron en un parpadeo, como si una mano invisible los hubiera arrancado del mundo. Desde entonces, Nagasaki lleva el nombre que nadie se atreve a pronunciar en voz alta: La Zona F.
Yo tenía siete años cuando llegó el cambio… aunque todavía hoy me pregunto si realmente “llegó”, o si simplemente dejó de ocultarse y empezó a mirarnos directamente. A mirarnos a todos. Caminaba solo por las calles de mi barrio, llevando a mis dos perros de la correa. El atardecer se teñía de un rojo enfermo, como sangre diluida en agua.
De pronto escuché pasos rápidos detrás de mí.
—¡Hermanito, espérame! —gritó Lucía, riendo mientras corría hacia mí con sus piernitas cortas. Me giré sonriendo.
—Ven, Lucía, no te quedes atrás—. Ella aceleró, pero tropezó con una piedra suelta en la acera. Cayó de rodillas con un pequeño quejido.
En ese instante exacto, el mundo se detuvo. En el horizonte apareció una esfera blanca perfecta, suspendida contra el cielo como un ojo que acababa de abrirse. De su superficie brotaron alas emplumadas, blancas y enormes, que se desplegaban con un susurro húmedo y nauseabundo. Y luego… ojos. Cientos de ojos que parpadeaban al unísono y que me miraban directamente a mí.
Solo a mí.
Parpadeé.
Solo dos segundos.
Cuando abrí los ojos de nuevo, el mundo había envejecido mil años en un instante. Las calles estaban agrietadas y cubiertas de un musgo negro que parecía respirar. Las casas se hundían sobre sí mismas, con las ventanas rotas como cuencas vacías que te observaban. Los autos yacían oxidados, devorados por el tiempo.
El silencio era tan absoluto que podía oír el latido frenético de mi propia sangre golpeando contra mis oídos… y algo más. Algo que respiraba al mismo ritmo. Lucía ya no estaba. Y entonces lo vi. Una figura alargada, de un blanco cadavérico, flotando a lo lejos. Tenía un solo ojo enorme, negro y reluciente, que me observaba sin parpadear. Cada vez que yo daba un paso hacia adelante, la figura parecía retroceder, haciéndose más pequeña, como si el propio espacio se doblara para alejarla de mí. Pero no se alejaba realmente.
Se estaba adaptando. Su piel blanca y lisa empezó a agrietarse y a moverse como si algo debajo intentara salir. Los huesos se estiraron con chasquidos húmedos, la carne se retorció y se reformó, intentando imitar una forma humana, pero fallando de forma grotesca.
Los dedos se alargaron demasiado, la columna se curvó en ángulos imposibles, y la cara… esa cara se derretía y reconstruía, como si estuviera probando diferentes máscaras de piel humana sin encontrar la correcta. Era como si la criatura estuviera usando un cuerpo prestado que no le pertenecía, y el disfraz se le estuviera cayendo a pedazos.
El terror me paralizó.
Esa cosa no era de este mundo. Estaba aprendiendo a ser como nosotros… y lo hacía con dolor.
—¿Quién eres? —grité, y mi voz sonó ridícula y frágil en aquel cementerio de mundo. La figura desapareció.
Pero antes, un zumbido agudo y metálico perforó mis oídos, como si miles de insectos invisibles se hubieran metido dentro de mi cráneo y comenzaran a devorarme desde adentro. Me quedé paralizado varios segundos, intentando entender qué había pasado. Cuando logré mover las piernas, empecé a caminar por las calles de mi barrio. Lo que vi me heló la sangre.
Todas las casas estaban derrumbadas o medio hundidas en la tierra, como si una fuerza lenta y paciente las hubiera aplastado durante décadas. Las puertas colgaban de sus bisagras oxidadas, balanceándose con el viento que no existía. Los jardines que antes estaban llenos de vida ahora eran solo tierra muerta y maleza negra que se enredaba en los huesos de lo que alguna vez fueron bicicletas y juguetes infantiles. No había cuerpos. No había sangre. Solo ausencia.
Una ausencia tan completa que dolía en el pecho. Era como si el barrio entero hubiera sido olvidado por el tiempo… o como si algo lo hubiera devorado con calma, sin prisa, sabiendo que nadie vendría a detenerlo. Pasé frente a la casa de los Ramírez. La puerta principal estaba entreabierta. Dentro, sobre la mesa del comedor aún intacta, vi un plato con comida petrificada y un vaso de leche convertido en polvo seco.
Al lado había un dibujo infantil hecho con crayones: una familia sonriente de cuatro personas. Recordé cómo la señora Ramírez siempre nos regalaba galletas cuando pasaba por allí con mis perros. Ahora solo quedaba ese dibujo descolorido y el silencio.
Más adelante encontré el triciclo rojo de Lucía, tirado de lado en medio de la acera. Estaba oxidado, pero aún reconocible. El manubrio tenía una cinta rosa descolorida que ella misma había atado con sus manitas torpes. Me agaché, ignorando el fuego en mis costillas, y lo levanté con cuidado.
El peso era casi nada.
Y entonces vino el recuerdo como una bofetada: mi hermana corriendo detrás de mí, gritando “¡Espérame, hermanito!” con esa voz aguda y llena de risa. Seguí caminando.
Cada esquina traía un nuevo golpe. La cancha donde jugaba fútbol con mi padre ahora era un cráter lleno de musgo negro. El poste donde mi madre colgaba las luces de Navidad estaba torcido y oxidado. El árbol donde Lucía escondía sus “tesoros” (piedras brillantes y tapas de refresco) había sido partido por la mitad.
Cuando logré recomponerme, corrí hacia lo que alguna vez había sido mi casa. Ahora solo quedaba una ruina: paredes derrumbadas, techos hundidos… y en el centro del salón, un árbol retorcido y negro había crecido atravesando el piso, como si la tierra misma hubiera vomitado sus entrañas podridas.
Entré, y sentí que algo me seguía con la mirada. Una voz grave, antigua, que parecía salir de las paredes, del suelo y de mi propia cabeza al mismo tiempo, retumbó a mi espalda.
—Sal de ahí… o te mataré.
Me giré y ahí estaba de nuevo, más cerca. Tan cerca que podía oler su aliento: frío, húmedo, con olor a tierra removida y carne antigua. Su piel blanca comenzaba a pudrirse y volverse negra desde arriba hacia abajo, como tinta derramándose sobre nieve. Extendió un brazo largo y delgado, y me señaló. Mi cuerpo se congeló.
No podía mover ni un músculo. Solo mis ojos seguían vivos, girando desesperados en sus órbitas. La criatura se acercó lentamente, inclinándose hacia mí. Sentí que no solo me miraba a mí… sino que también te miraba a ti, a través de estas palabras.
Me tocó el brazo. Un dolor indescriptible estalló bajo mi piel. La marca que dejó era una cruz negra, idéntica a aquella en la que crucificaron a Dios. Ardía desde dentro, como si mi sangre se estuviera convirtiendo en ácido y me derritiera las venas lentamente, centímetro a centímetro.
La misma marca que ahora parece latir mientras escribo esto. La primera lágrima rodó por mi mejilla.
Entonces me golpeó; el golpe fue brutal, como si un martillo de hierro me hubiera impactado directamente en el costado izquierdo. Escuché el chasquido seco y repugnante de dos costillas rompiéndose al mismo tiempo. El dolor explotó como fuego líquido que se extendía por todo mi pecho. Cada respiración se convirtió en una cuchillada ardiente; el aire entraba como vidrio roto y salía como lava. Sentí cómo los fragmentos de hueso se movían bajo la piel con cada latido desesperado de mi corazón.
El mundo se volvió blanco por un segundo, luego negro, y un vómito de náusea me subió por la garganta. Aun así, me levanté tambaleante, con las piernas temblando y el sudor frío empapándome la espalda. El dolor era tan intenso que pensé que me desmayaría, pero algo más fuerte que el miedo me mantuvo de pie. Lo miré directamente al ojo. En ese instante supe que iba a morir… y que tal vez tú también lo sepas ahora.
Pero la criatura se detuvo. Su forma se retorció, se contrajo… y se transformó en un perro grande y negro, salido directamente del inframundo. Sus ojos brillaban rojos como brasas, y cada paso que daba dejaba un rastro de cenizas calientes que se disolvían en el aire. Sentí un alivio frágil, enfermizo. La marca seguía ardiendo, cada vez con más furia. Pensé en cortarme el brazo con cualquier cosa afilada, pero no había nada. Solo ruinas y silencio.
Caminé hasta encontrar una cama sorprendentemente intacta en lo que quedaba de una habitación. No había comida. El hambre era un animal que gruñía en mi estómago, pero el cansancio era peor. Me acosté, con la esperanza de que el sueño me tragara y me alejara de todo aquello. Sin embargo, una pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza, como un insecto atrapado
<< ¿Por qué no había encontrado a nadie más? >>
El mundo entero parecía vacío. Como si todos hubieran sido borrados… excepto yo. Y tal vez…
Entonces lo escuché, el sonido de pezuñas o garras arañando el pavimento agrietado afuera. Lentas.
Deliberadas.
Acercándose.
Un escalofrío me recorrió la espalda entera. Mi brazo marcado empezó a arder de nuevo, con una intensidad que me hizo jadear de dolor. Pero esta vez el dolor se sentía… distinto. Como si la marca no me estuviera destruyendo, sino advirtiéndome. Advirtiéndonos. Una voz aguda y temblorosa de niño, rota por el terror puro, susurró desde la oscuridad de la calle como si estuviera frente a frente con un oso a punto de devorarlo.
—N-no… otra vez no… esas cosas con ojos… están aquí… ¡están mirándonos justo ahora! — Otra voz aguda, más temblorosa y cercana, respondió de inmediato.
—Mierda, es una punta negra; de seguro es por ella. Hay que largarnos rápido—.
Las pezuñas se alejaron a toda prisa, perdiéndose en la noche. Me quedé inmóvil en la cama, conteniendo la respiración. Escuché cómo las pisadas se perdían en la distancia, cada vez más débiles, hasta que el silencio volvió a tragárselo todo.
Pero no fue un silencio vacío. Era pesado y vigilante.
Durante varios minutos no me atreví a moverme. El corazón me latía tan fuerte que temía que el ruido me delatara. Entonces, desde algún lugar más profundo de la casa en ruinas, creí oír un leve roce, como uñas arrastrándose suavemente contra la madera. No venía de la calle. Venía de adentro.
Me incorporé lentamente, ignorando el dolor de las costillas rotas. La marca en mi brazo ardía con más fuerza. Afuera, la noche se había vuelto completamente negra.
No había estrellas. No había luna.
Solo oscuridad. Y en esa oscuridad, supe que algo me había estado escuchando todo el tiempo. Si estás leyendo esto ahora… quizá también te esté escuchando a ti.
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