Hay personas —si es que todavía merecen ese nombre— que necesitan vivir en un mundo perfectamente ordenado. Doblan la ropa, las palabras y hasta los sentimientos. Todo debe estar prolijamente planchado, sin una arruga que recuerde que la vida es, en esencia, un accidente.

A mí esa clase de orden me produce una tristeza difícil de explicar. Desconfío de las almas demasiado correctas, de las sonrisas que jamás se quiebran y de quienes atraviesan los días sin ensuciarse las manos. La existencia no es un escaparate; es un cuarto revuelto donde uno busca a tientas algo de sentido entre los restos de sí mismo.

Yo soy como soy. Nunca aprendí el arte del disfraz. El carnaval social exige máscaras, frases oportunas y una felicidad de utilería. Yo apenas puedo ofrecer mis contradicciones, mis miedos y algunas cicatrices que el tiempo no consiguió borrar.

Quizás por eso incomodo. Porque hay quienes creen que la verdad debe vestirse de etiqueta y yo sigo pensando que la verdad siempre llega despeinada, con la ropa arrugada y el corazón todavía sangrando. Y, aunque el mundo prefiera la pulcritud de las apariencias, no cambiaría mi desorden por la falsa perfección de quienes hace mucho dejaron de ser ellos mismos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS