Cronos escribe. No escribe con tinta, pero su escritura queda flotando en un siglo que se desmorona.
Zeus estaba inquieto. Había recibido la noticia más humillante para un dios: debía abandonar el Olimpo con todo su séquito. No por derrota militar, sino por algo más humano: el olvido de los hombres.
Se cuenta que, en un primer arrebato, Zeus maldijo al emperador Constantino por favorecer al cristianismo. —Tronó—. Y se preguntó si podría enfrentarse a ese Dios nuevo, invisible, traído de otras tierras. Luego intentó lo imposible: lanzó rayos a que ya no encontraban dónde caer porque los hombres habían dejado de creer en ellos. Teodosio murió de viejo, en su cama, sin haber sentido jamás el zarpazo del Olimpo.
No le quedó más alternativa que mudarse al olvido aparente. Los templos fueron convertidos en iglesias; las columnas dóricas aprendieron a sostener techos cristianos. Los hombres, cansados de tantas divinidades, dejaron de invocarlos. Solo los poetas y los estudiosos siguieron pronunciando sus nombres, pero eran glorias pasadas, ecos de un trueno que ya no asusta.
Y así, Zeus pasó de gobernar los cielos a gobernar la imaginación mitológica. Gobernó durante más tiempo del que los imperios recuerdan, lo cual no es poca cosa para un dios que nació de la violencia.
Pero incluso él —y ello lo piensa Cronos mientras escribe— está sujeto a la ley que nadie puede eludir: la ley del tiempo.
Quizás, mientras los hombres discuten teologías, el viejo Cronos esté escribiendo otra alegoría, una que aún no conocemos, una que incluso lo acune a él mismo cuando llegue su hora. Porque hasta el tiempo necesita un mito que lo sostenga”.
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