Los jóvenes son confiados. Y la Tierra fue joven e inmadura. No percibía los peligros del espacio donde algunos mundos vagaban sin destino. Sin embargo, tenía un sueño: Quería ser madre.

Imaginaba a un pequeño astro girando a su alrededor y bañándose con la luz del Sol. Y cada vez que lo visualizaba, algo parecido a la felicidad recorría sus montañas ardientes. Así lo cuentan los poetas.

Desde lejos observaba a los demás planetas recorrer sus caminos acompañando al Sol. Todo parecía ordenado. Como eterno. La Tierra llegó a creer que el universo era un lugar tranquilo de órbitas eternas.

Pero estaba equivocada.

Más allá de las rutas conocidas viajaban cuerpos errantes, mundos sin destino fijo que cruzaban el sistema solar como viajeros perdidos.

Uno de ellos era Theia.

No era un monstruo ni un enemigo. Simplemente seguía su camino. Pero a veces el destino escribe sus historias con acontecimientos inesperados. Y un día, Theia chocó contra la Tierra. La embistió de súbito.

El impacto fue tan violento que los cielos se volvieron fuego. Ríos de roca fundida salieron despedidos hacia el espacio. Pedazos de ambos mundos quedaron flotando alrededor de la Tierra como brasas arrancadas de una hoguera gigantesca. Theia desapareció, pagó con su vida. Su núcleo, pesado como un secreto antiguo, descendió hasta fundirse con el de la Tierra, que lo recibió como quien recibe un legado involuntario.

Aquellos fragmentos comenzaron a encontrarse. Se atrajeron unos a otros como abrazos siderales. Poco a poco fueron formando una esfera plateada que crecía en silencio sobre la inmensidad aplastante.

Cuando estuvo completa, la Tierra la vio girar a su alrededor.

Era la luna. Hija de la Tierra y de Theia.

Había nacido de una herida, sí, pero también de un encuentro del azar y del dolor.

Desde entonces nunca se han separado.

La Tierra la acompaña en cada vuelta. La Luna juega en sus mares, ilumina sus noches y escucha los versos que los poetas le dedican desde hace miles de años.

Y la Tierra, que aprendió demasiado pronto que toda maternidad implica desgarramiento, guarda en su memoria geológica la verdad primera:

Que fue la primera madre que parió con dolor en los dominios del cosmos.

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