La incoherencia de la linealidad del Capítulo I al V

La incoherencia de la linealidad

Notas clínicas sobre el pensamiento y sus síntomas

Capítulo I: Catar la conciencia, un síndrome de ambigüedad

Todos queremos tener razón en algo. Sin embargo, la razón carece de contundencia ante la emoción, y la emoción carece de una razón abrumadora. Como hombre, creo y considero —mas no ratifico ni manifiesto— que la razón es la calma disfrazada, que versátilmente se escapa para nunca ser encontrada. Tal vez la razón no sea más que un eco que se disfraza de certeza antes de desvanecerse en el silencio.

Como se cata un café o un vino, catar filosofía en Latinoamérica es un proceso que se enriquece en la prueba de las grandes marcas y en el hallazgo, casi íntimo, de una complejidad inesperada en las más discretas. No nombraré personajes, tampoco corrientes, mucho menos pensamientos ya paridos. Supongamos algo: hace doscientos años, o quizás muchos más, algunos materializaron sus pensamientos en escritos que hoy representan el profundo “ser” de la filosofía. Yo, formado en la medicina, diré que esos pensamientos fueron el producto de múltiples interacciones bioquímicas y físicas corporales que engendraron un resultado —que para el catador puede ser exquisito… o tal vez decepcionante. Cada interacción, minúscula o mayúscula, es un orden o un desorden que aún no entendemos. Pero de ese caos nace, a veces, algo digno de ser catado.

El haber crecido en Guatemala, donde las bases literarias y filosóficas se respiran en cada esquina, propició un escenario de aprendizaje constante, donde me decanté —en un momento de imprecisión y juventud— por estudiar medicina. Las ciencias médicas aplicadas me acercaron, como a muchos, a concebir ideas de choque científico-filosófico. En cada diagnóstico, en cada cuerpo ofrecido al estudio o expuesto al dolor, también aparecía la pregunta ineludible: ¿qué somos más allá de lo que se puede medir? Desde allí, desde ese umbral entre lo tangible y lo invisible, comenzó mi camino, uno que no lleva nombre ni destino, pero se despliega con cada acto consciente.

No anhelo descubrir el incierto, porque el incierto es para otras mentes, para otras realidades. Busco la simpleza y la admiración del ahora y su utilidad manifiesta, porque creo que uno es la suma de experiencias entrelazadas a los constantes choques moleculares corporales.

Hasta donde vamos, probablemente más de algún lector haya identificado corrientes o aspectos de lo trascendental, o incluso de la existencia, y su refinado raciocinio dirigirá la lectura hacia premisas concebidas a partir de sus propias experiencias, matices y singularidades existenciales. Sin embargo, yo propongo —o más bien sugiero— cautela. Porque, aunque nada es nuevo y lo nuevo no nos acerca a nada, prioricemos la singularidad de las corrientes eléctricas, neuronales y hormonales que su servidor genera con cada trazo escrito.

No sé si lo que pienso es filosofía o apenas una forma de estar vivo. Pero si mi razón nace del cuerpo, y el cuerpo es caos organizado, entonces cada pensamiento es un accidente bello que el lenguaje apenas logra sostener.

Así como el cáncer se oculta en una tabla vieja de la montaña rusa, esperando el momento exacto en que el vagón pase para entorpecer su trayecto, las preconcepciones anidan en los rincones menos vigilados de la mente. Parecen inofensivas, parte estructural del pensamiento, pero basta una sacudida, un giro brusco, para que evidencien su desgaste.

Las ideas heredadas, las verdades repetidas, las certezas nunca cuestionadas: todas ellas operan como cánceres filosóficos, erosionando la posibilidad de expansión. No nos derriban de inmediato, pero nos limitan en cada curva.

Por tanto, la cura no subyace en conocer la enfermedad. Porque así trabajamos los médicos: detectamos la enfermedad para curarla, y si no curarla, procurarla para permanecer en existencia. Pero en este plano más profundo, la cura parece estar arraigada a lo que no se puede nombrar. Porque de algo me he percatado en mi camino: en medicina no se cura aquel que ya no tiene la enfermedad, se cura aquel que, aun con la enfermedad, ha aprendido a vivir curado.

Vaya, y qué grandes ejemplos me ha ofrecido el oficio. Ha sido la enfermedad —esa vieja maestra severa— la que más lecciones ha susurrado, no en mi carne, sino en los cuerpos de otros: pacientes que he visto resistir, quebrarse, sanar o simplemente continuar. Cada uno de ellos ha sido una página viviente que la salud, esquiva y difusa, nunca logró escribir con la misma intensidad. Pero no nos detengamos a pensar en la salud, porque es un concepto poco claro; ni siquiera quienes amamos la medicina sabemos realmente qué es.

Llegados a este punto, no dudo que alguna mente médica haya captado el susurro oculto en la metáfora: ese mensaje canceroso incrustado en la vieja tabla de la montaña rusa, esperando el paso del vagón para torcer el destino. Así como un gen alterado o una molécula errante puede precipitar un cuerpo hacia el abismo, también una idea mal digerida, una lectura sin alma, puede empujar la mente al polvo callado de las estanterías donde yacen los pensamientos olvidados.

Capitulo II: La semiología de la incoherencia

Si en el capítulo anterior se planteó que el pensamiento nace del cuerpo y de un orden que apenas se sostiene, entonces la incoherencia no debe entenderse como una idea lejana, sino como algo que aparece todos los días, aunque no siempre sepamos nombrarlo. No tiene forma, no tiene recorrido, no empieza ni termina en un punto claro. Intentar ubicarla como si fuera una lesión es asumir que todo sigue un orden, y no todo lo sigue.

La incoherencia no se presenta como algo evidente. No es un error claro ni una falla que salta a la vista. Es más bien esa sensación de que algo no encaja del todo. Como cuando una situación parece estable, los elementos están en su lugar, pero la evolución no cuadra. No hay un hallazgo concreto, pero tampoco hay tranquilidad. Algo no cierra.

No es ausencia de lógica. Es una lógica que no alcanza.

En la experiencia cotidiana esto es más común de lo que se admite. Dos ideas que parten del mismo punto no necesariamente llegan al mismo lugar; dos formas de entender una misma cosa pueden desviarse sin que ninguna sea completamente errónea. El intento de ordenar esa diferencia suele apoyarse en reglas, en secuencias, en estructuras que prometen coherencia, pero no siempre lo logran. Y es ahí donde aparece la incoherencia: en ese espacio donde lo esperado no coincide con lo que ocurre.

No es un error del pensamiento.

No es un error del fenómeno.

Es un límite del modelo.

La incoherencia no rompe el sistema. Lo deja corto.

No se puede palpar como una masa ni señalar como una estructura, pero se percibe cuando el razonamiento pierde fuerza, cuando una explicación funciona a medias, cuando uno sigue pensando, pero ya no está convencido. Es una fricción leve, pero constante, que no detiene el pensamiento, pero lo incomoda.

Y aquí es donde suele aparecer el error. La tendencia es corregir rápido, ajustar, forzar una explicación que devuelva la sensación de orden. Pero no siempre hay que corregir. A veces hay que aceptar que el problema no está en lo que ocurre, sino en la forma en que intentamos ordenarlo.

La coherencia sirve para actuar.

Pero no siempre sirve para entender.

Por eso la incoherencia no es un defecto. Es una señal. Marca el punto donde la linealidad deja de alcanzar, donde el “si X, entonces Y” ya no funciona con la seguridad que creíamos.

Capitulo III Auscultar la esencia, para diagnosticar la conciencia

No hay una perspectiva suficiente, tampoco una verdadera suficiencia en la manera de proceder.

Si al final lo que uno hace no posee un sentido trascendental, entonces también habría que preguntarse por qué trascender.

Aun así, quien se dedica a la clínica y lucha por evitar la muerte prematura debe mantenerse atento.

Pero la cautela muchas veces termina pareciendo una tranquilidad ineficiente, casi cómoda.

Tratar de evitar lo inevitable no debería hacerse desde la tibieza; tendría que ser algo audaz, directo e inmersivo.

Creo que en ese momento se divide la incoherencia: si realmente es la incoherencia de la linealidad o la simple insistencia de buscarla.

Como un camino arruinado por la tormenta en algún rincón olvidado de la sierra, o como el vagón destruido de una montaña rusa oxidada que sigue detenido bajo la lluvia, no hay nada que pueda sobrarle a aquello que ya dejó de ser.

Intentar rescatar lo que ya es nada no solo rompe la línea; termina rompiendo el propio camino.

Y aun así, el camino pareciera ya estar marcado desde antes, como si incluso la ruina hubiese estado esperando pacientemente su momento.

Capitulo IV: La pronta estabilización o el eterno monitoreo

Entre los minutos, o quizá entre las horas —lo que mejor convenga para dimensionar el tiempo—, se advierte la necesidad de estabilizar todo aquello que se mueve, como ese trazo caótico del electrocardiograma que delata una arritmia mortal. Total necesidad de controlar, total necesidad de pausar, total necesidad de revertir; esa parece ser la impresión que deja la vida de aquel que sirve a la tan anhelada, pero lejana, “salud”.

El tiempo solo me ha enseñado que sirve para justificar las pausas. La dinámica en medicina es compleja; muchos buscan la pronta estabilización, y a veces todo termina quedando únicamente en eso: “estabilización”. Porque cura no existe para aquel que no logra comprender la salud y mucho menos la enfermedad.

Pero al final todo se convierte en un eterno monitoreo, y vaya que no me apetece cuantificar ni lo temporal ni lo infinito.

El monitoreo enseña más que el tiempo en este oficio. Aporta una especie de sentido predictivo, aunque cargado de matices erróneos y otros tan certeros que terminan sepultándose bajo tierra.

El monitor de la vida de otros, o aquel que da vida al monitor. La condicionada forma de experimentar la cultura galénica considero puede ser perjudicial más allá del cansancio, porque probablemente un jornalero o un chófer carguen consigo mucho más trajín y agotamiento que aquel que prioriza observar la vida de otro. Porque ciertamente es eso: observar. Ya que, a pesar de las intervenciones, existirán demasiadas dimensiones para terminar en ocaso.

Y así como el ocaso pertenece al nuevo día, el monitor terminará perteneciendo a quien le corresponda.

Por tanto, todo aquel que busque el sentido arraigado de la curación debería sostener, y jamás soltar, los finos lazos de la duda y de la incertidumbre. También ahí habita alguna incoherencia digna de ser entendida.

Capitulo V: La justificación del paralelo inquieto – La anamnesis incompleta

Especular sobre el actuar y el comportamiento no me apetece del todo dilucidarlo. Sin embargo, no parece existir forma alguna de desligarse de aquello paralelo al estado, digamos natural o incluso “puro”, de la condición humana.

Resulta simbólico formular una interrogante para determinar, con cierta probabilidad, un diagnóstico; aunque quizá sea aún más determinante hacerla sabiendo que permanece inconclusa o, muchas veces, sin respuesta.

Los paralelos en medicina humana los asocio a estructuras rígidas que determinan la razón o, al menos, sostienen parte de sus bases. Por tanto, terminan materializándose en directrices que, si bien resultan sensatas y derivadas de la experimentación, generan inquietud para muchos.

Considero que dicha inquietud parece vana cuando se compara con la justificación de intentar entenderlas para practicarlas.

Propongo tamizar las ideas para otorgarle una visión, aunque mínima o incluso ínfima, de lo que “es” a aquel que mantenga curiosidad por el entendimiento.

No parece pertinente desligarse de la sensatez; más bien, resulta necesario intentar entender al inquieto: aquel que se mueve paralelo a todo, pero termina centrifugándose hacia lo irreconocible.

La anamnesis parece nacer de la comodidad, donde por lo menos existe tiempo suficiente para realizar dos o tres preguntas. Dichas preguntas poseen respuestas que aproximan al entendedor a justificar un padecimiento y, consigo, un tratamiento.

Pero aun cuando se realizaran infinitas preguntas, infinitas serían también las respuestas, y dentro de ese rango permanece oculta la enfermedad. La incoherente salud que hoy se goza se destruye dentro del mismo rango temporal que se posee; por tanto, no parece suficiente y, si no es suficiente, inevitablemente es incompleto.

El inquieto síntoma que se asoma durante la evaluación, y que parece distanciarse del paralelo, podría ser el causante de una aberración destructiva del organismo. El cuerpo está ahí para ser observado; sea donde sea, permanece dispuesto a la observación, y no parece existir transformación alguna sin sospecha previa.

Se tiene el diagnóstico en frente y, aun así, no se sabe. Viejo aforismo de la medicina: “los ojos no ven lo que el cerebro no sabe”. Sin embargo, parece existir algo más allá de ello, porque no resulta del todo sensato preparar al cerebro únicamente para saber y posteriormente caducar con ello.

Parece incluso “lógico” prepararlo para diligenciar y construir escenarios de infinitas repercusiones.

Los matices de la repercusión pueden justificar el alejarse del paralelo; esa distancia que, a pesar de parecer diminuta, irrumpe la linealidad. Esa linealidad que cada vez suena más incoherente y que, aun así, parece propagarse hacia conciencias neutrales o incluso “puras”.

No basta con salirse del trayecto si no existen catadores conscientes de aquello que se avecina. Parece entonces que dicho trayecto fuese único e inamovible; sin embargo, existen quienes logran desplazarse sin ser atraídos por el peso de la lógica, ese peso que se percibe como gravedad, pero que quizá no sea más que razón.

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