Hay una superstición, acaso necesaria, que sostiene que los lugares permanecen idénticos mientras los hombres cambian. Sospecho que es falsa. Las calles no son de piedra ni de asfalto; están hechas de las miradas que las recorrieron. Cuando una de esas miradas desaparece, el universo entero modifica, aunque sea imperceptiblemente, su arquitectura.

La misma calle nos reúne todavía. El mismo cielo, con una fidelidad casi ofensiva, continúa vistiéndola de azul. El mismo tiempo que alguna vez tocó tu risa pasa junto a mí y yo, por una mezcla de orgullo y de cansancio, lo dejo seguir. Sé que es el mismo, pero ya no soy aquel que lo esperaba.

Pienso en los árboles del otoño. Son mendigos antiguos, acostumbrados a perderlo todo. Cada año entregan sus hojas al viento con una resignación que los hombres nunca aprendimos. En sus ramas desnudas creo ver los fantasmas de algunos pájaros y el eco de canciones olvidadas, como si el aire conservara, en una región secreta, aquello que la memoria ya no alcanza.

Quizás el mundo sea apenas una vasta biblioteca de ausencias. Cada libro, cada esquina, cada banco de una plaza guarda una versión distinta de quienes fuimos. Hay una calle donde todavía caminamos juntos; hay una tarde en la que tu voz no ha terminado de decir mi nombre; hay una ventana donde el sol se demora sobre dos sombras que ignoran el porvenir. Esos lugares existen, pero ya no en la geografía. Existen en el tiempo, que acaso sea la forma más perfecta del laberinto.

He pensado, a veces, que el olvido es una cortesía de algún Dios para con los hombres. Sin embargo, algunos recuerdos desobedecen esa ley y persisten con la obstinación de los espejos. Basta volver a una vereda conocida para advertir que no hemos regresado solos: nos acompañan quienes alguna vez estuvieron allí, aunque el mundo los haya borrado.

Todo parece igual. Las casas conservan sus fachadas, el viento repite sus antiguas ceremonias y las tardes caen con la misma lentitud de siempre. Pero sé que todo es distinto. Hace una larga angustia que no estamos juntos, como antes. Y esa distancia no se mide en días ni en kilómetros, sino en la secreta certeza de que el universo continúa representando la misma obra con idéntico escenario, aunque uno de sus personajes haya abandonado el escenario para siempre.

Tal vez ése sea el verdadero trabajo de la memoria: sostener, contra toda evidencia, que hubo un instante en que el mundo estuvo completo. Y que desde entonces caminamos por la misma calle, bajo el mismo cielo, buscando en cada esquina la imposible repetición de aquel milagro.

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