¡He venido a entrenar!

¡He venido a entrenar!

Magaly Valdez

05/06/2026

El «Iron Gym» olía a lavanda barata mezclada con el agrio de cincuenta hombres sudando a la vez. Me detuve en la entrada. Mis dedos índice y corazón empezaron a tamborilear contra el muslo. Padecía de un temblor que el neurólogo me había ordenado anotar en una libreta todos los días. 

En la recepción, el monitor apilaba los botes de proteína, carnitina y creatina, junto con las etiquetas fluorescentes de cara al público. Tenía el cuello tan ancho que su cabeza parecía una pieza de otro rompecabezas.

—¿Entras o te vas a quedar ahí a ver si las pesas crecen?

Sonaba como una caja de metal arrastrada por el cemento.

—Entro, entro, le respondí entre la prisa y el sueño.

Mis dedos golpearon la fórmica astillada del mostrador antes de que pudiera hundirlos en los bolsillos.

Caminé hacia las máquinas del fondo. El área de musculación estaba abarrotada de monstruos viriles con caras de espanto. El hierro fundido estaba desconchado. Un gris mate asomaba bajo la pintura negra. Me senté en un banco de cuero sintético que se me pegó al legging de leopardo con un chasquido húmedo. 

A mi lado, una chica de mallas eléctricas y camiseta corta ajustaba un trípode frente al espejo. No me miraba a mí. Veía su reflejo en la pantalla del iPhone 17 que tenía sobre la mancuerna de cinco kilos. Se recolocó el auricular dorado, arqueó la espalda y empezó a respirar fuerte sobre la lente sin que le brotara ni una sola gota de sudor.

—Perdona, me dijo, sin apartar el ojo del encuadre.

—Necesito el ángulo de ese banco para mi live. Mis seguidores son muy estrictos con la luz a esta hora.

Me quedé quieta. Sentí el pulso desde la base del cuello hasta la aorta. Un pálpito cada tres segundos. Miré su cámara, un ojo de cristal que parecía juzgar mi camiseta vieja, la botella de agua vacía, mis brazos y piernas escuálidas.

—Yo también soy estricta, contesté. 

Agarré la barra de la prensa. Estaba fría y olía a calderilla de brujas.

—¿Cómo?, me miró de reojo y bajó el móvil. 

Por primera vez vi sus ojos inyectados en sangre, irritados por las pestañas postizas y las horas de pantalla.

—He venido a no morirme y eso lleva su tiempo, recalqué con esfuerzo. 

La chica resopló con obstinación, recogió el trípode con un golpe seco y se alejó hacia la zona de pilates. 

Me quedé sola frente al espejo manchado de huellas.

Al salir, el monitor me detuvo con el ceño hundido sobre su ordenador.

—Oye, chica. He mirado el registro, he preguntado al staff si te conocen y no estás en el sistema. No tienes ficha de inscripción.

—Ya, musité empujando la puerta.

—Es que no he venido a inscribirme.

¡He venido a entrenar!

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