Antes de dejar de ser, quisiera saber cómo es habitar una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que esta que me acompaña y, a veces, me desborda. Conocer por un instante el sosiego de una mente que no se pierde en los laberintos de la memoria ni se hiere con las pequeñas crueldades del mundo.
Pienso que los hombres fuimos condenados a explicar demasiado. Nombramos el dolor, la ausencia, el miedo, y al hacerlo los multiplicamos. Tal vez por eso envidio a los gatos. Ellos parecen ignorar el peso de las preguntas que nos desvelan. No necesitan justificar su silencio ni entender el porqué de las despedidas. Habitan el tiempo con una dignidad antigua, como si cada rayo de sol fuera suficiente respuesta.
Quizá, antes de dejar de ser, me bastaría con eso: no la gloria ni la certeza, sino la calma. Ser, aunque fuera por un día —o acaso por el resto del tiempo que me quede—, un gato. Mirar el mundo desde el borde de una ventana, aceptar el afecto sin mendigarlo y alejarme de aquello que lastima sin sentir culpa.
Porque sospecho que la verdadera sabiduría no consiste en comprenderlo todo, sino en saber cuándo cerrar los ojos y descansar.
OPINIONES Y COMENTARIOS