Hay un momento en la vida en que uno comprende que no todos los rescates buscan salvar. Algunos, sin quererlo, terminan apropiándose del náufrago. Lo sostienen, lo conducen, le dicen por dónde caminar, hasta que un día el rescatado descubre que ha dejado de ser dueño de su propia historia.

Yo ya había perdido una. Me la arrebataron las circunstancias, el dolor y las decisiones ajenas. Con mucho esfuerzo empecé a escribir otra, más humilde quizás, pero enteramente mía. Lo único que pedí fue el derecho a recorrerla a mi manera.

La respuesta fue un portazo.

Entonces entendí que algunas personas confunden el afecto con el control y la ayuda con la posesión. Cuando uno intenta recuperar su libertad, sienten que les están quitando algo que nunca les perteneció.

Pero los portazos tienen una virtud secreta: obligan a seguir caminando. Detrás de esa puerta cerrada quedó una historia que ya no es la mía. Delante, en cambio, está el único territorio que verdaderamente me pertenece: el de mis propios pasos, distintos a los de ayer, libres por fin de toda tutela.

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