Estaba a punto de caer el día cuando un lobo atrapó a un cacomixtle. Mientras sujetaba al animal por la cola, el lobo contempló la silueta transparente de una luna que poco a poco se intensificaba sobre el horizonte. Las luces del campamento de los hombres comenzaban a iluminar el valle. Su mirada se posó en el pueblo.
—A esta hora yo solía rondar el campamento y jugar con una niña. —Comenzó a decir, más para si mismo que para el cacomixtle. — Unas veces me daba de comer y otras me ahuyentaba a pedradas. ¿Sabías que los humanos también pueden tener crías múltiples? Yo no lo sabía. Aquella niña tenía una melliza, así que me era difícil distinguir quién de ellas me alimentaba y quién me maltrataba. Quizás por eso volvía cada tarde. Mi manada me advirtió que mis acciones ponían en riesgo mi seguridad y la del mi clan. Me amenazaron con el destierro, pero no me importó, me seguí escabullendo en el pueblo. La pequeña me agradaba.
Un día los corrales amanecieron ensangrentados. La chiquilla me señaló y su gente salió tras de mí. Me persiguieron hasta estos cerros. Desde entonces vivo alejado del hombre y de los míos.
Quizás conmovido por el relato, o por el deseo de salvar el pellejo, el cacomixtle se aventuró a hablar:
-Si tú quisieras podríamos ser amigos.
-No pequeño. Yo soy medio raro. Solamente a alguien que valga mucho le doy mi amistad y como ese alguien no existe, mejor me la guardo. Respondió el lobo retirando la pata para dejar libre a su presa.
El cacomixtle escapó velozmente. El lobo aulló a la luna. Los desgarradores chillidos hicieron eco en el cacomixtle, humedeciendo sus ojos, mientras corría.
Cada vez que el lobo aúlla, el cacomixtle llora, como si fueran almas gemelas.
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