Hace mucho calor. Las noches son tropicales y te cuesta conciliar el sueño. Apenas duermes y tu cabeza se dedica a pensar, sacando a veces cosas de hace mucho, mucho tiempo; tanto tiempo que casi las habías olvidado. Pero con la oscuridad y el silencio de la noche, siempre cómplice, tu mente busca en los rincones aquellos recuerdos que habías casi olvidado ya y que, de momento y una vez más, te hacen viajar en el tiempo.
Claro que viajar en el tiempo es fácil si es hacia atrás. Pero es lo que tiene el cerebro: cuando pone a trabajar ese 10% que dicen que utilizamos, no me imagino siquiera cómo sería trabajando a un 50%—, con lo que tenemos no solo nos permite viajar en el tiempo hacia atrás, sino que también nos permite viajar hacia el futuro, imaginando cómo serán ahora aquellas personas o lugares que un día conocimos.
Conocí a Cristina en mi preadolescencia. Tendría 13 años, quizás 14; esa edad donde uno se cree que sabe todo de la vida, cuando apenas si has empezado a vivirla. Cristina no era de mi ciudad; vino aquí con su familia porque su padre era funcionario y lo destinaron a esta zona. Familia de buena posición, no tardaron en buscarle plaza a Cristina en el colegio de la Consolación; «las Monjas», como se las conoce de manera coloquial, por si alguno no lo sabe. Este centro solo acoge, o acogía en aquel tiempo, a señoritas, estando totalmente vetado a los varones. Ya era poco el tiempo que le quedaba de colegio a Cristina; sin embargo, se inclinaron por este, dejando bien claras unas creencias o costumbres que parecían estar bien arraigadas en la familia.
No tardó Cristina en hacer amigas en el colegio; todos sabemos que a esa edad no cuesta ningún esfuerzo, y más si vienes de fuera y hablas un castellano refinadísimo, cosa que resultaba hasta rara en una ciudad relativamente pequeña donde todos nos conocíamos. Posiblemente era el castellano más perfecto que había escuchado en mi vida y, aún hoy, no he cambiado de parecer. Con las amigas, Cris se integró como una joven más de la ciudad: salía a pasear y frecuentaba los lugares donde se reunían, más o menos, los jóvenes de nuestra edad. Claro que, al tratarse de una ciudad pequeña, posiblemente se encontraría con una mezcla rara de tendencias que quizás no existían en el lugar de donde procedía; aquí se mezclaban tantas clases sociales en un mismo espacio que, tal vez, la haría sentirse un poco extraña. Igual de donde venía había lugares que diferenciaban las clases sociales de una manera más marcada…
Yo la conocí por casualidad. Un amigo mío era amigo de una amiga de ella; ya sabes aquello de que «los amigos de tus amigos son mis amigos». O al menos, antes era así. Cris no tenía una belleza exuberante, qué va, ni mucho menos; Cris era una muchacha de 13 años cuya belleza era todo lo que la componía: su manera de actuar, de hablar, de tratar a las personas… siendo lo menos importante la apariencia física. Tú te enamorabas de Cris por lo que era, y no por cómo era.
Empezamos a salir en pandilla y creo que todos estábamos un poquito enamorados de Cristina, aunque también creo que nunca nadie nos atrevimos a decírselo. No sé qué hubiera pasado si le hubiera declarado mi amor. Aunque, a día de hoy, todavía no tengo muy claro si era amor o simplemente «encoñamiento» adolescente.
Un día, Cristina se fue. A su padre lo habían destinado a otro lugar, seguramente más cerca de su lugar de origen, de su casa. El caso es que Cristina no pudo despedirse de todos sus amigos —que eran muchos para el poco tiempo que estuvo, pero ella lo valía—. Cristina no se despidió de mí, que en aquella época ya me pilló trabajando; práctica bastante habitual aquellos años y en una ciudad como esta. Pero claro, a sus padres qué más les daba, qué les iban a importar los amigos de su hija adolescente. Era un tiempo donde el padre mandaba y los demás obedecían, sin tener en cuenta nada más. Me enteré de su marcha por terceras personas y me dolió; me dolió mucho…
Durante largo tiempo, a menudo me parecía verla a lo lejos por la calle, con ese uniforme de la Consolación inconfundible y que tan bien le sentaba. Pero no, no era ella. A veces la veía en sueños; veía su cara, su sonrisa que siempre mostraba dulzura. Hasta que poco a poco, con el paso del tiempo, se fue difuminando su imagen hasta olvidarla.
Esta noche pasada he vuelto a ver su dulce sonrisa, su cara de niña, que de pronto se ha desvanecido, ocupando mi mente otras cuestiones mucho más trascendentes.
¿Qué habrá sido de Cristina? Estará ya en los 60 años. ¿Tendrá hijos? ¿Nietos? ¿En qué ciudad habrá fijado su residencia? Quizá esté muy cerca de aquí. Quizá alguna vez nos hayamos cruzado sin reconocernos. ¿Cómo estará Cris? ¿Será feliz? ¿Todavía conservará su dulce sonrisa y sus ojos chispeantes, o esto desaparece con los años? Todo es una incógnita porque han pasado muchos años desde que ella se fue. Solo quedan los recuerdos de una época maravillosa, donde todo era nuevo ante nuestros jóvenes ojos, que descubrían cosas día a día.
Hoy, la imagen que veo cuando me miro al espejo es de un señor mayor. Nada queda de aquel adolescente que he visto en mi viaje al pasado. De momento, he vuelto a viajar hacia el futuro, parándome en el presente. En la realidad. Aun así, y ya desde la soledad de mi alcoba, me pregunto: ¿qué será de Cristina…?
Quizá sea el calor sofocante de esta noche el que ha activado el resorte de mi memoria semiolvidada, haciéndome recordar todo esto. O quizás ni siquiera lo haya pensado. Quizás todo sea un sueño; que, si así fuera, sin lugar a dudas, sería el sueño de una noche de verano…
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