PRIMERA PARTE
I
Hacía un calor terrible.
Tal vez el más intenso en unos veinte años. El aire parecía inmóvil sobre los jardines, las canchas y los tejados de Las Catleyas. Desde muy temprano, antes incluso de que el sol alcanzara el centro del cielo, las superficies metálicas quemaban al tacto y las sombras se convertían en refugios disputados por visitantes y trabajadores. Parecía una locura organizar un evento de semejante magnitud en medio de semejante clima. Pero, de todas maneras, ocurrió.
Dieciseis clubes de tejo, llegados desde distintos rincones del país, habían confirmado su participación en el Campeonato Nacional de Clubes. Durante meses, la designación de la sede había sido celebrada por autoridades deportivas, comerciantes y aficionados. El tejo era mucho más que un deporte. Era una tradición, un motivo de orgullo regional, una disciplina con reglamentos minuciosos, ligas históricas, rivalidades antiguas y atletas que gozaban de reconocimiento nacional.
Desde la semana anterior, Las Catleyas se había puesto a la tarea de embellecer cada rincón del complejo. Los jardineros podaron setos, reemplazaron plantas marchitas y distribuyeron cientos de flores alrededor de senderos y glorietas. Las piscinas recreativas fueron sometidas a jornadas extraordinarias de mantenimiento. La piscina olímpica cubierta recibió una limpieza profunda. Se revisaron porterías, tableros de baloncesto, redes de voleibol y sistemas de iluminación. Los restaurantes ampliaron inventarios. Los estacionamientos fueron reorganizados para recibir una cantidad de visitantes muy superior a la habitual.
El complejo era ampliamente conocido por quienes habitaban la meseta fría situada más arriba. Mientras la ciudad permanecía buena parte del año envuelta en neblinas, vientos helados y lloviznas persistentes, Las Catleyas disfrutaba de un clima cálido y constante gracias a su ubicación en el pie de monte, cerca del profundo cañón por donde discurría el río que alimentaba la región. Durante las temporadas vacacionales, miles de personas descendían cada semana para pasar el día entre piscinas, canchas, restaurantes y zonas verdes.
El hotel había sido el punto de discordia.
Si bien permanecía funcionalmente operativo, su aspecto era descuidado y desprolijo. Las paredes acumulaban años sin pintura. Algunas barandas mostraban signos evidentes de corrosión superficial. Los jardines interiores se encontraban muy lejos del esplendor que alguna vez habían tenido. Como establecimiento comercial, llevaba años fuera de servicio. Sin embargo, conservaba agua corriente, electricidad, lavandería básica y habitaciones perfectamente habitables.
Habitualmente servía de alojamiento temporal para siete empleados del complejo que compartían habitaciones entre miércoles y domingo. Para recibir a las delegaciones fue necesario habilitar nuevamente varias áreas, contratar personal temporal mediante una pequeña cooperativa local y reabrir una cocina que llevaba mucho tiempo funcionando apenas de manera esporádica.
La discusión comenzó cuando uno de los deportistas más reconocidos del campeonato solicitó autorización para alojarse allí junto a su esposa y sus hijos gemelos.
Su fama trascendía ampliamente los círculos especializados. Los periódicos deportivos seguían sus participaciones y más de una vez había aparecido en programas de televisión dedicados a figuras destacadas del deporte nacional. La petición parecía razonable. Viajar diariamente desde la ciudad implicaba casi una hora de trayecto por carretera en cada sentido. Lo que nadie anticipó fue la reacción de otros competidores igualmente prestigiosos.
En cuestión de días, la dirección del complejo recibió solicitudes similares.
Finalmente, nueve familias fueron autorizadas a ocupar distintas habitaciones del hotel.
Entre todos los huéspedes destacó desde el primer momento un pasajero muy particular.
Era un gato negro de gran tamaño llamado Pato.
Poseía un pelaje brillante y uniforme, una complexión robusta y una serenidad poco común. Caminaba con paso elegante por corredores, jardines y terrazas. Nunca arañaba muebles. Nunca irrumpía en cocinas ajenas. Nunca saltaba sobre mesas ocupadas. Parecía comprender, mejor que muchos visitantes, cuáles eran los espacios permitidos y cuáles no.
Los niños lo admiraban. Los adultos también.
Algunos huéspedes juraban que observaba las conversaciones con atención casi humana.
Otros aseguraban que parecía un viejo caballero vestido con un abrigo negro.
Pato soportaba aquellos comentarios con la misma indiferencia con la que soportaba el calor.
Mientras tanto, las canchas de tejo se convertían en el verdadero centro de atención.
Durante los días previos al inicio del campeonato, entrenadores, árbitros y deportistas inspeccionaban cada detalle técnico de las instalaciones. Se analizaba la compactación de la greda. Se discutía el grado exacto de humedad de las cajas. Se examinaban las pendientes reglamentarias. Se comprobaban distancias, alineaciones y ángulos.
Algunos jugadores defendían la superioridad de la greda clasificación Magna-Roja Federal.
Otros sostenían que ninguna mezcla podía igualar el rendimiento de la célebre Arcilla Selecta Andina, empleada en varios escenarios históricos del circuito nacional.
Las conversaciones alcanzaban niveles de detalle incomprensibles para cualquier visitante ocasional.
Algo similar ocurría con los tejos.
Había quienes competían con modelos de acero templado Serie Cóndor 680.
Otros preferían aleaciones de tungsteno deportivo categoría Titanio Negro 700.
Algunos veteranos defendían piezas tradicionales elaboradas con mezclas artesanales certificadas bajo el estándar Gran Maestro 650.
Cada deportista parecía guardar una relación íntima con el disco metálico que utilizaba.
Los observadores menos familiarizados con el deporte se sorprendían al descubrir la precisión que exigía aquella disciplina. Los lanzamientos debían aproximarse al centro de la caja. El bocín ocupaba una posición cuidadosamente determinada. Las mechas eran distribuidas siguiendo criterios estrictos. La distancia reglamentaria separaba habilidad de fortuna. Cada punto obedecía a normas conocidas y respetadas por todos.
Y, sin embargo, entre la multitud que comenzaba a llegar desde distintos lugares del país, muy pocos hablaban exclusivamente de reglas, distancias o categorías técnicas.
Muchos hablaban de otra cosa.
De una gata. Una gata gris. Una gata enorme y esponjosa. Una gata que vivía allí.
La historia de Mecha era conocida por casi todos los empleados del complejo y por una buena parte de los visitantes habituales. Como ocurre con las historias repetidas muchas veces, algunos detalles cambiaban de una versión a otra. Sin embargo, los hechos fundamentales eran ciertos.
Todo había comenzado unos diez años atrás.
Por aquella época había ingresado a trabajar en Las Catleyas un hombre joven que pronto se ganó la admiración de las directivas. Llegaba antes que todos. Se marchaba después de todos. Jamás parecía reparar en la cantidad de trabajo acumulada durante una jornada particularmente difícil y nunca se le escuchó una queja relacionada con su salario o sus responsabilidades.
Comenzó ocupándose del mantenimiento de las zonas verdes. Bajo el sol de las mañanas y bajo las lluvias de las tardes, podaba jardines, sembraba arbustos, retiraba maleza y cuidaba árboles ornamentales. Con los años fue adquiriendo experiencia y confianza. Cuando finalmente se abrió una vacante en el mantenimiento de las piscinas, la administración decidió capacitarlo y ascenderlo. Su desempeño fue tan satisfactorio como siempre.
Poco tiempo después surgió otra necesidad: la cocina requería personal estable. Entonces el hombre utilizó la excelente reputación que había construido para recomendar a quien entonces era su novia.
La decisión resultó acertada: la joven demostró una capacidad organizativa extraordinaria. Aprendió rápidamente los procedimientos internos, se ganó la confianza de proveedores y empleados, y en muy poco tiempo se convirtió en una pieza indispensable del funcionamiento cotidiano del complejo.
La boda llegó poco después. Fue una celebración modesta, pero alegre. Tuvo lugar en las propias instalaciones de Las Catleyas. Algunos directivos asistieron como invitados. Varios compañeros de trabajo colaboraron con la decoración y la comida. Durante años, las fotografías de aquella tarde permanecieron colgadas en distintas oficinas administrativas.
Para entonces, el hotel ya había iniciado el lento proceso de abandono que acabaría alejándolo de la actividad turística regular.
Como el edificio permanecía vacío la mayor parte del tiempo, la administración tomó una decisión poco habitual: autorizó a la pareja a ocupar una de las habitaciones familiares de la segunda planta.
Era amplia. Mucho más amplia de lo que necesitaban en aquel momento. La habitación había sido diseñada para albergar familias completas durante las temporadas vacacionales. Contaba con baño privado, espacio suficiente para varios muebles y una ventana desde la cual podía verse buena parte de las zonas deportivas y una cocina pequeña.
Los recién casados la transformaron poco a poco en un verdadero hogar: compraron cortinas; pintaron algunos muebles; instalaron estanterías; colocaron fotografías.
Con el paso de los años, aquella habitación terminó pareciéndose más a una vivienda que a una habitación de hotel.
Mientras tanto, las carreras de ambos continuaron prosperando: la mujer acabó administrando la cocina y el depósito de alimentos con plena autoridad. Su esposo fue nombrado jefe del equipo de mantenimiento, responsable de las zonas verdes, las piscinas y las canchas deportivas. Trabajaban mucho. Ahorraban cuanto podían. Hablaban con frecuencia sobre el futuro. Algún día, pensaban, comprarían una casa propia. Algún día abandonarían el hotel. Algún día comenzarían una vida distinta.
Pero la vida decidió adelantar otros planes: llegó el primer hijo. Dos años después llegó el segundo.
La habitación volvió a transformarse: aparecieron juguetes; aparecieron cunas; aparecieron dibujos pegados a las paredes y pequeños zapatos desperdigados por los rincones. Lejos de sentirse incómodos, los padres parecían felices.
Los niños crecían prácticamente dentro de Las Catleyas. Conocían cada sendero, cada árbol, cada piscina, cada cancha.
Y había una conversación que regresaba una y otra vez durante las comidas familiares: la conversación sobre la mascota. Los niños querían un animal. Los padres también.
Tras obtener autorización formal de la administración, comenzaron a imaginar cómo sería.
Siempre aparecía el mismo candidato: un perro. Un perro amistoso. Un perro que despertara a los niños por las mañanas, que corriera por los prados, que acompañara a la familia durante los paseos por el complejo.
Sin embargo, nadie terminaba de dar el paso definitivo. Todos comprendían la responsabilidad que implicaba adoptar un animal. Así que el supuesto perro permaneció durante mucho tiempo convertido en una especie de presencia imaginaria: hablaban de él, lo describían, le atribuían cualidades. Pero no existía. Era apenas una idea. Un ángel peludo e invisible que algún día, tal vez, aparecería.
Y apareció. Solo que no era un perro.
Años antes del campeonato, una familia visitante había llegado al complejo acompañada por una gata preñada. Nadie supo exactamente dónde ocurrió el parto. Algunos afirmaban que había sido en una zona boscosa. Otros aseguraban que ocurrió cerca de los jardines posteriores. Lo único seguro era que la gata tuvo seis crías y que, al marcharse la familia, una de ellas quedó atrás.
La pequeña desapareció durante varios días. Nadie la vio. Nadie supo dónde estaba. Hasta que los hijos de la pareja la encontraron. Se ocultaba bajo una de las canchas de tejo. Era apenas una diminuta bola gris de ojos enormes, asustada y hambrienta. Y extraordinariamente peluda.
Los niños corrieron a buscar a sus padres. Después de eso ocurrieron las discusiones inevitables, las promesas inevitables y las negociaciones inevitables. Pero el resultado era previsible: la gatita se quedó.
Y recibió un nombre, en parte por el lugar donde había sido encontrada. En parte por aquel pelaje exagerado que parecía desbordarse en todas direcciones. La llamaron Mecha.
Durante los primeros meses, Mecha fue poco más que la mascota de una familia: dormía en la habitación del hotel; comía mejor que muchos visitantes; perseguía insectos por los jardines y pasaba buena parte del día acompañando a los niños.
Con el tiempo, sin embargo, comenzó a desarrollar una curiosa preferencia por las canchas de tejo. Nadie supo exactamente cuándo ocurrió. Simplemente empezó a aparecer allí.
Al principio permanecía tumbada bajo los aleros, observando a los jugadores durante los entrenamientos. Después comenzó a caminar entre las mesas, los espectadores y los deportistas. Finalmente, las canchas terminaron convirtiéndose en su territorio predilecto.
Aquello coincidió con una época de crecimiento para el deporte en la región: el equipo local atravesaba uno de los mejores momentos de su historia. Las instalaciones recibían actividad varios días a la semana. Además de los deportistas del complejo, acudían regularmente representantes de otros clubes de la provincia. Se organizaron campeonatos frecuentes. Surgieron rivalidades deportivas. Comenzó a consolidarse una pequeña liga regional que reunía a cinco equipos distintos.
Y todos conocían a Mecha. Todos.
Su fama se extendió primero entre los jugadores, después entre sus familias y finalmente entre buena parte de la ciudad.
Era una gata extraordinariamente hermosa. Su pelaje gris parecía multiplicar su tamaño real. Su cola, enorme incluso para los estándares felinos, se movía con una elegancia casi teatral. Caminaba despacio. Observaba mucho. Y parecía emitir juicios permanentes sobre cada ser humano que cruzaba frente a ella.
Cuando alguien le agradaba, el privilegio resultaba evidente. Se acercaba sin miedo. Permitía las caricias. Se restregaba contra las piernas de aquella persona. Y en ocasiones la acompañaba durante horas enteras, tumbándose cerca de su silla o siguiéndola por distintos rincones del complejo.
Pero cuando alguien no lograba conquistar su simpatía, la situación era completamente distinta: Mecha mostraba los dientes. Esponjaba todavía más aquella cola desproporcionada. Sus ojos adquirían un brillo rojizo bajo ciertas luces. Y emitía un bufido acompañado por aquel olor desagradable que los gatos enojados parecen capaces de producir de la nada. Más de una vez derribó bebidas. Más de una vez eligió como objetivo exacto la camisa, el pantalón o los zapatos de la víctima.
Aquellos episodios dieron origen a una de las supersticiones más persistentes de la liga: Si Mecha te rechazaba, tu equipo perdería. No importaban los entrenamientos. No importaba la experiencia. No importaba la calidad de los lanzadores. La derrota quedaba decretada.
Al menos eso afirmaban los jugadores.
Algunos se reían de la idea.
Otros no.
Hubo quienes terminaron convencidos de que la gata influía realmente en los resultados.
Hubo quienes dejaron de visitar Las Catleyas después de sufrir varios encuentros desafortunados con ella.
Y también hubo quienes solicitaron formalmente que fuera retirada de las canchas durante las competencias.
Las solicitudes nunca prosperaron.
La administración escuchaba los reclamos con paciencia. Después sonreía. Y dejaba que Mecha continuara haciendo exactamente lo que quisiera.
Como consecuencia, numerosos deportistas comenzaron a intentar ganarse sus favores: algunos le hablaban con voz suave. Otros la llamaban por su nombre antes de cada lanzamiento. Los más dedicados llegaban armados con pequeñas latas de atún en agua, su comida predilecta. Aquello sí captaba su atención.
Mecha desarrolló una reputación particular entre quienes conocían sus gustos. Podía ignorar un plato de comida corriente. Podía despreciar sin contemplaciones un bocadillo costoso. Pero rara vez rechazaba una buena porción de atún.
Pronto surgió una superstición todavía más poderosa: si Mecha permitía que alguien la acariciara antes de una competencia, aquel jugador tendría una jornada favorable. Si decidía permanecer cerca de él durante una partida, el pronóstico mejoraba. Y si, por alguna razón extraordinaria, la gata se subía a sus hombros, el campeonato quedaba prácticamente sentenciado.
Nadie sabía quién había inventado aquella creencia. Pero todos la repetían. Incluso quienes afirmaban no creer en ella.
Lo más sorprendente era que jamás parecía correr peligro. Las canchas de tejo eran lugares donde volaban discos metálicos de considerable peso y donde pequeñas cargas de pólvora estallaban a pocos metros de distancia.
Sin embargo, Mecha parecía comprender intuitivamente cada movimiento. Nunca se atravesaba en una trayectoria de lanzamiento. Nunca permanecía donde pudiera ser golpeada. Y jamás mostraba el menor sobresalto ante el estallido de las mechas.
Los visitantes observaban aquello con asombro. Los jugadores apenas se encogían de hombros. Para ellos era simplemente otra de las rarezas de la gata.
Había más. A pesar de los numerosos árboles distribuidos por el complejo, nadie recordaba haberla visto trepada en ninguno de ellos.
Tampoco se alejaba demasiado. Bastaba pronunciar su nombre dos o tres veces para que apareciera desde algún lugar imposible de determinar. Emergía detrás de una cancha, debajo de una mesa, desde una zona ajardinada. O desde el corredor del hotel. Como si hubiera estado observándolo todo desde mucho antes.
Por las noches regresaba invariablemente a la habitación de la familia.
Por las mañanas volvía a iniciar sus rondas.
Algunos empleados la habían visto cazando pequeños roedores entre jardines y depósitos. Aquello demostraba que conservaba intactos sus instintos. Sin embargo, nadie la vio jamás comerse una de sus capturas. Las abandonaba. Las examinaba y después se marchaba.
Los trabajadores atribuían aquel comportamiento a una explicación sencilla: Mecha tenía gustos demasiado refinados.
Después de años alimentándose con el mejor atún disponible en varios kilómetros a la redonda, parecía considerar que los ratones eran una opción gastronómica indigna de su categoría.
II
—Muy buenos días a todos nuestros televidentes en el país entero. Nos encontramos en Las Catleyas, sede del Campeonato Nacional de Clubes de Tejo, y debo decir, María Cristina, que las imágenes hablan por sí solas.
—Así es, José Gabriel. Quienes conocían este complejo hace algunos años seguramente se llevarán una sorpresa. Basta mirar estos jardines. El verdor es impresionante. El mantenimiento ha sido impecable. Y ni hablar de las piscinas.
La cámara mostró durante unos segundos la piscina olímpica cubierta. El agua parecía una lámina de vidrio. Después aparecieron las piscinas recreativas, ocupadas por visitantes que aprovechaban las altas temperaturas.
—Las Catleyas siempre ha sido uno de los principales centros recreativos de esta región —continuó María Cristina—, pero para este campeonato realmente se han esmerado. Todas las instalaciones deportivas lucen extraordinarias.
—Y, por supuesto, el corazón del evento está aquí.
La cámara giró hacia las canchas de tejo. Varias delegaciones realizaban entrenamientos ligeros mientras árbitros y organizadores ultimaban detalles.
—Miren nada más el estado de las cajas de greda. Los especialistas llevan semanas hablando de esto. Hay jugadores que aseguran que son las mejores condiciones que han visto en años.
—Y también estamos viendo una novedad interesante, José Gabriel.
—Por supuesto. El tema del calzado.
La cámara enfocó los pies de varios deportistas.
—Por primera vez en un campeonato nacional estamos viendo el uso oficial de calzado desarrollado específicamente para jugadores de tejo. Se trata de una iniciativa patrocinada por una reconocida empresa alemana que decidió vincularse al evento.
—Y según nos han contado los organizadores, varios deportistas participaron activamente en el diseño.
—Exactamente. La empresa buscó asesoría directa de jugadores profesionales para entender las necesidades reales de la disciplina. Estabilidad, comodidad durante largas jornadas de competencia, ventilación y agarre en distintos tipos de superficie.
—Parece que la recepción ha sido bastante positiva.
—Muy positiva. Y hablando de deportistas que participaron en ese proceso… —José Gabriel levantó una mano. —Precisamente por aquí viene uno de ellos.
La cámara giró. Un hombre alto, de hombros anchos y andar tranquilo avanzaba por uno de los senderos cercanos a las canchas. Vestía la característica camisa amarilla y los pantalones rojos del Club Los Gladiadores.
—Hernando González. Uno de los nombres más importantes de este campeonato.
—Vamos a robarle unos minutos.
Un asistente se aproximó rápidamente y le pidió un autógrafo al atleta. Pocos segundos después, Hernando se encontraba frente a la cámara.
—Hernando, muchas gracias por acompañarnos.
—No, gracias a ustedes.
—Primero que todo, ¿cómo se siente al llegar a este campeonato?
—Muy contento. Creo que todos los jugadores estamos viviendo una fiesta deportiva extraordinaria. Quiero agradecer a los aficionados que han venido desde tan lejos, a los patrocinadores, a la Liga Nacional de Turmequé, a la Federación Nacional de Tejo y, por supuesto, a las directivas de Las Catleyas por el enorme esfuerzo que han realizado para organizar este evento.
—Las expectativas son altas, imagino.
—Siempre son altas cuando uno representa a su club. Hemos trabajado muy duro para llegar hasta aquí. Hay equipos muy fuertes. El nivel es excelente. Nosotros esperamos competir bien, disfrutar del campeonato y ojalá pelear por el título.
—Hay otro tema del que todo el mundo está hablando —dijo María Cristina sonriendo—. Usted ha conseguido algo que muchos otros jugadores querían.
Hernando soltó una carcajada.
—Ya sé por dónde viene la pregunta.
—¿Cómo logró convencer a medio mundo para que le permitieran alojarse aquí mismo, en el hotel del complejo?
—Bueno, primero hay que decir que no fui el único. Varias familias recibimos esa oportunidad. La verdad es que era una cuestión logística. Venimos acompañados por nuestros hijos, por nuestras esposas. El viaje diario desde la ciudad podía ser complicado. Hubo conversaciones con la organización, con la Liga Nacional, con la Federación y con la administración de Las Catleyas. Finalmente encontraron una solución que benefició a todos.
—¿Y ya tuvo oportunidad de instalarse?
—Sí. Llegamos ayer. Estamos muy cómodos y muy agradecidos.
José Gabriel intercambió una mirada divertida con su compañera.
—Ahora sí vamos con la pregunta importante.
—La realmente importante —añadió María Cristina.
Hernando volvió a reír.
—Ya me la imaginaba.
—¿Ya conoció a Mecha?
—Todavía no.
Aquella respuesta pareció decepcionar a ambos periodistas.
—¿Todavía no?
—Todavía no. Me han dicho que normalmente es fácil encontrarla, pero también me han advertido que jamás había venido tanta gente al complejo. Así que quién sabe. Tal vez esté escondida en algún lugar tranquilo observándonos a todos desde lejos.
—¿Y no le preocupa competir sin su bendición?
—Bueno… —Hernando se cruzó de brazos.—Digamos que traje mi propio amuleto.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Sacó su teléfono móvil. Con algunos movimientos rápidos abrió la galería de fotografías. —Se llama Pato.
José Gabriel y María Cristina se acercaron inmediatamente a la pantalla.
—¡Pero qué gato!
—Es enorme.
—Lo sé —respondió Hernando con evidente orgullo.
En la fotografía aparecía un gato negro de porte majestuoso sentado sobre el respaldo de un sofá.
En otra imagen observaba algo por una ventana.
En una tercera dormía ocupando prácticamente una cama entera.
—¿También vino al campeonato?
—Claro que sí.
—Entonces tenemos competencia para Mecha.
—Eso parece.
—¿Y qué opina Pato de todo esto?
—Pato opina que debería estar durmiendo en este momento.
Los tres rieron.
—Hernando González, muchísimas gracias por acompañarnos.
—Gracias a ustedes.
—Y mucha suerte en el campeonato.
—Muchas gracias.
La entrevista terminó.
Mientras Hernando continuaba su camino hacia las canchas, José Gabriel miró directamente a la cámara.
—Bueno, ya lo escucharon. Hernando González aún no conoce a Mecha.
—Pero parece que llegó preparado.
—Con un amuleto de refuerzo.
—Veremos cuál de los dos gatos termina teniendo la última palabra durante este campeonato.
La jornada se vio marcada por la multitud de espectadores y las cervezas frías que iban y venían. Hombres y mujeres acalorados, comida, en especial carne y mazorca asada, música de todo tipo en las carpas donde se distribuía todo aquello. La fiesta era todo lo que se esperaba y más. Y por supuesto, el ocasional borracho, tropezando con todos y ocasionando desorden y por supuesto, un par de peleas. Todo controlado.
Luego empezó la contienda y la gente, por fin, guardaba silencio para evitar que los jugadores se desconcentraran, solo para gritar ante cada anotación y animar a los jugadores ya los equipo. A la hora del almuerzo, ya había ganadores y perdedores: no se puede empatar.
—Y continuamos con nuestra cobertura especial desde Las Catleyas, donde ya concluyeron los primeros cuatro encuentros del Campeonato Nacional de Clubes de Tejo.
José Gabriel sostenía una carpeta mientras detrás de él podían verse las canchas, todavía llenas de espectadores.
—Ha sido una mañana extraordinaria, María Cristina. Mucha emoción, algunas sorpresas y varias jugadas que seguramente estarán entre las mejores del campeonato.
—Y todavía estamos apenas comenzando.
—Así es. Vamos con los resultados.
Una gráfica apareció en pantalla.
Cóndores del Norte 48 — Centauros de la Sabana 39
—Los Cóndores del Norte se convierten en el primer equipo victorioso de la Liga Nacional de Turmequé. Un partido muy cerrado durante los dos primeros períodos, pero que terminó inclinándose gracias a una extraordinaria actuación de Mauricio Cárdenas.
La pantalla mostró la repetición de una jugada.
—Aquí vemos la moñona que consiguió durante el tercer cambio de dirección. Nueve puntos completos que rompieron un empate que parecía imposible de resolver.
—Y atención a Andrés Villamil, también de los Cóndores, porque consiguió dos embocinadas consecutivas durante el período final.
—Exactamente. Los Centauros lucharon hasta el último momento, pero nunca lograron recuperar la diferencia.
Nueva gráfica.
Real Bocín 54 — Unión Turmequera 44
—Otro gran encuentro dentro de la Liga Nacional.
—Quizá el más vistoso de la mañana.
—Coincido. Hubo explosiones por todas partes.
Las imágenes mostraron varias mechas estallando.
—Juan Esteban Rojas, del Real Bocín, terminó siendo la gran figura. Acumuló cuatro mechas y una embocinada decisiva en el último período.
—Y no podemos dejar por fuera a Rodrigo Peñaranda.
—Por supuesto que no.
La repetición mostró un lanzamiento particularmente preciso.
—La embocinada de Peñaranda obligó a extender el tercer período durante casi siete minutos adicionales, porque la diferencia mínima requerida simplemente no aparecía.
—Fue el primer tiempo de ventaja del campeonato.
—Y seguramente no será el último.
Nueva gráfica.
Greda de Oro 51 — Tejeros del Pacífico 36
—Ahora pasamos a los equipos de la Federación Nacional de Tejo.
—Y qué demostración de autoridad la de Greda de Oro.
—Desde el principio.
Las imágenes mostraron una secuencia de lanzamientos.
—Santiago Mena consiguió una moñona apenas iniciado el segundo período.
—La primera moñona oficial del campeonato.
—Exactamente. Y a partir de allí el encuentro cambió completamente.
—También fue muy importante el trabajo de Óscar Vallejo.
—Sí. Mucha consistencia. Muchísimas manos bien trabajadas. Tal vez no tan espectaculares para el público, pero fundamentales para mantener la ventaja.
Nueva gráfica.
Club Embocinada 47 — Huracanes del Occidente 41
—Y cerramos con el partido más largo de la jornada.
—Sin ninguna duda.
—Los equipos terminaron empatados al finalizar el cuarto cambio de dirección.
La cámara mostró imágenes de aficionados levantándose de sus asientos y acercándose a las vallas.
—Hubo que jugar una prolongación de ventaja.
—Y qué prolongación.
—Casi doce minutos adicionales.
—La jugada decisiva fue esta.
En pantalla apareció un lanzamiento lento.
El tejo avanzó sobre la greda.
Golpeó una mecha.
La explosión provocó una nube de humo.
—Fernando Arbeláez.
—Tres puntos que terminaron cambiando todo el encuentro.
—Y poco después llegó la mano definitiva de Carlos Cifuentes para sellar la clasificación.
José Gabriel sonrió a la cámara.
—Hasta ahora hemos visto cuatro excelentes partidos. Pero muchos aficionados siguen esperando uno en particular.
—Claro que sí.
—Todavía no hemos visto debutar a Los Gladiadores.
—Y ya hay cientos de personas esperando cerca de la cancha principal.
—El equipo de Hernando González hará su presentación durante la tarde y, por supuesto, estaremos allí para llevarles todos los detalles.
—Además, José Gabriel…
—¿Sí?
—Hay una noticia preocupante.
—¿Qué ocurrió?
—Seguimos sin reportes oficiales sobre el paradero de Mecha.
José Gabriel fingió preocupación.
—Eso sí que es grave.
—La producción me informa que han llegado mensajes preguntando más por la gata que por los resultados.
—Lo cual, siendo honestos, no me sorprende.
Ambos rieron.
—Seguiremos investigando.
—Y seguiremos informando.
—No se vayan. Regresamos después de la pausa con más información del Campeonato Nacional de Clubes de Tejo desde Las Catleyas.
III
Todos buscaban a Mecha. No aparecía. No aparecía en las canchas. No aparecía en los jardines.
No aparecía en los corredores del hotel. No aparecía siquiera cuando la llamaban por su nombre y agitaban delante de todos, una lata de atún en agua.
Al principio nadie se preocupó demasiado. La gata era conocida por desaparecer durante algunas horas y aparecer después en el lugar menos esperado.
Pero las horas pasaron y Mecha no regresó.
Los empleados comenzaron a organizar búsquedas informales. Los visitantes preguntaban por ella. Los jugadores se detenían para observar debajo de las mesas y entre los arbustos. Alguien sugirió instalar trampas. No trampas peligrosas, por supuesto, sino cajas sostenidas por palos improvisados junto a pequeños recipientes de comida.
Los empleados pusieron mala cara: sabían perfectamente que Mecha era demasiado inteligente para caer en algo semejante. De todos modos lo hicieron.
Porque Mecha era tan importante como el campeonato mismo. Los canales de televisión querían verla. Los patrocinadores preguntaban por ella. Los jugadores deseaban su bendición. Incluso algunos aficionados habían viajado esperando conocer a la famosa gata de Las Catleyas.
Su importancia había alcanzado tal nivel que, durante la elaboración de la imagen oficial del campeonato, algunos organizadores propusieron incluirla en el logotipo.
La administración del complejo se opuso. La decisión fue unánime. Mecha era parte de la familia. No una mascota promocional. No una marca. No una herramienta publicitaria.
Y, precisamente por eso, su ausencia resultaba tan inquietante.
Pero la gata seguía sin aparecer.
Llegó la noche. Los hijos de los administradores de la cocina y el mantenimiento estaban desolados. Buscaron durante horas. Recorrieron senderos. Inspeccionaron jardines. Miraron detrás de edificios.
Sus padres terminaron obligándolos a regresar a la habitación del hotel cuando el sol ya había desaparecido.
Incluso se exploraron lugares donde nadie recordaba haber visto jamás a Mecha: debajo de las canchas de tejo; entre depósitos y bodegas; y hasta en las copas de los numerosos árboles del complejo.
No encontraron nada.
La desaparición terminó proyectando una sombra extraña sobre el resto de la jornada. Los encuentros de la tarde continuaron. Los espectadores siguieron asistiendo. Los comentaristas siguieron narrando.
Pero algo parecía faltar.
Ni siquiera el esperado debut de Los Gladiadores consiguió disipar por completo aquella sensación. El equipo respondió a las expectativas. Ganó. Y ganó con autoridad.
Sin embargo, la atención del público comenzó a desplazarse lentamente hacia otro protagonista: Pato, el enorme gato negro de Hernando González. A diferencia de Mecha, Pato parecía incapaz de desconfiar de nadie: aceptaba caricias de niños; aceptaba caricias de adultos; aceptaba fotografías; aceptaba elogios. En ocasiones se tumbaba sobre el césped con las patas apuntando al cielo y el cuello completamente estirado, como si el mundo entero existiera únicamente para rascarle el vientre. Las personas hacían fila para acercarse. Los jugadores pedían fotografías con él. Los periodistas también. Al caer la noche, Pato se había convertido en una pequeña celebridad.
Finalmente, Hernando lo llevó de regreso al hotel. Y el complejo quedó sumido en la incertidumbre.
La mañana siguiente no trajo noticias de Mecha. A esas alturas, las teorías comenzaron a multiplicarse. Algunos creían que el exceso de visitantes la había asustado. Otros sospechaban que simplemente había encontrado un escondite excepcionalmente bueno.
Pero también aparecieron hipótesis más preocupantes. Quizá alguien la había robado. Quizá algún espectador la había llevado consigo a la ciudad. Quizá ya se encontraba muy lejos de Las Catleyas.
Los noticieros contribuyeron poco a tranquilizar los ánimos. Durante buena parte de la mañana dedicaron más tiempo a mostrar fotografías y videos antiguos de Mecha que a comentar los resultados deportivos. Las imágenes se repetían una y otra vez. Mecha caminando entre las canchas. Mecha recibiendo caricias. Mecha observando un partido desde una mesa. Mecha durmiendo sobre una silla. Los videos habían sido aportados por los empleados, los directivos y numerosos visitantes habituales.
Entre tanto, los partidos continuaban desarrollándose. Los jugadores seguían acumulando victorias y derrotas. Las clasificaciones comenzaban a tomar forma.
Incluso se produjo una controversia considerable cuando uno de los competidores fue descalificado por consumir cerveza durante un encuentro. La situación generó debates entre aficionados y comentaristas. Resultó todavía más escandalosa porque el jugador ni siquiera estaba participando en ese momento.
Sin embargo, la noticia apenas consiguió desplazar durante unos minutos la conversación principal. Todos seguían hablando de Mecha. Y entonces todo empeoró.
Poco antes del mediodía, Hernando González se presentó ante la organización con una denuncia: Pato había desaparecido.
La noticia recorrió el complejo en cuestión de minutos. Los empleados dejaron sus tareas. Los periodistas abandonaron entrevistas. Los espectadores comenzaron a intercambiar rumores: si dos gatos podían desaparecer durante el mismo campeonato, tal vez aquello no era una coincidencia. La posibilidad de que hubiera ladrones de gatos entre los asistentes empezó a circular con rapidez. La vigilancia fue reforzada de inmediato. Se cerraron algunos accesos. Se revisaron vehículos.
Y por primera vez desde el inicio del campeonato, hubo personas que parecieron más preocupadas por los gatos que por el tejo.
CONTINUARÁ
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