Reciprocididad en soledad.

Reciprocididad en soledad.

Margaritas

02/06/2026

¿Cuántas veces nos desvivimos por los demás? ¿Cuánto de nosotros damos?

¿Cuántas veces contamos las veces que ayudamos a alguien más? Y cuando digo alguien más, me refiero a amigos, familia, a todas esas personas que son tan cercanas a nosotros.

¿Cuántas veces nos entregamos sin medida, sin esperar nada a cambio?

No hay nada más doloroso que haber ayudado a alguien y descubrir que, cuando sos vos quien necesita ayuda, esa persona no responde de la manera en que esperabas.

Muchas veces no medimos el valor de estar para otros. Y muchos dirán que hay que poner límites, pero ¿por qué hacerlo si ayudar es algo que nos nace?

Siempre fui yo la que estaba, la que bancaba, la que ayudaba a todo el mundo. Sin embargo, ahora que soy yo quien está pidiendo ayuda, nadie aparece. Y tampoco se la estoy pidiendo a cualquiera: se la estoy pidiendo a mi familia.

Me dan la espalda. Pero cuando algo les pasa, siempre terminan recurriendo a mí. Soy yo quien los ayuda. La que da todo. La que, muchas veces, se queda sin nada por dar.

Escribo esto con un nudo enorme en la garganta. En el pecho siento un dolor profundo. Me siento desechable. Como si solo sirviera cuando los demás me necesitan.

Me duele tomar conciencia de que tengo que poner límites. Me duele aceptar que, al final del día, estoy sola y que, si algo me pasa, solo cuento conmigo misma.

Pedí algo y me respondieron con indiferencia. Me dieron la espalda.

Y es ahí donde me invade la soledad. La siento como una sombra inmensa que me abraza. Es mi única compañía. La que entiende mis silencios, mis angustias, mis heridas y cada lágrima derramada.

La soledad, esa sombra que siempre me acompaña, es la que está ahí sosteniéndome. La que no me deja caer.

Es la que me aísla para pensar. La que me ayuda a entenderme a mí misma y al mundo que me rodea. La que me dice: “Sí, es por acá”. O la que me advierte: “No, acá no es. Alejate, porque te va a lastimar”.

Es la que me muestra todas esas cosas que no logro escuchar entre tanto ruido externo. La que me invita a reflexionar sobre la vida.

Y hoy, esa misma soledad, me está diciendo algo más.

Me está enseñando a poner límites.

Me está enseñando a decir que no.

Me está enseñando a no tener miedo de hacerlo.

A saltar.

A animarme a hacer todo eso que tanto quiero.

La soledad me está enseñando a ser mi propio hogar. A darme todo ese amor que necesito y que solo puede nacer de mí misma.

Tengo que aprender a nutrirme. A dejar de esperar que otros llenen espacios que me corresponde llenar a mí.

Tengo que dejar de poner expectativas en los demás y empezar a depositarlas en mí.

Porque quizás la verdadera compañía no sea la que encontramos afuera, sino la que construimos dentro de nosotros mismos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS