Aquí dos de mis cuentos escritos hace 20 años.
1.- EL ESTIGMA DEL DRAGÓN
El general Abisinius Gimmel deambulaba a media noche en el campamento entre las ruinas de la Ciudad Antigua, donde se acantonaba su ejército desde la tarde anterior. En pocas horas lideraría la batalla decisiva contra el reducto final de los Conversos, pero su disciplina mental se había agrietado ante las pinturas del sótano donde pretendía dormir.
Por eso escrutaba los cuadros del que fuera un Museo de mediados del siglo XXI, donde los artistas vaticinaron un futuro idealizado sobre las repercusiones sociales de los Implantes Orgánicos de Nanoneurones.
El general Abisinius Gimmel definió una mueca de ironía ante la candidez de esas expectativas de cuatro siglos atrás, tan fallidas como las visiones milenarias sobre la terrorífica destrucción del mundo a manos de jinetes monstruosos y bestias de mil ojos.
Algo llamó la atención del militar en un reducto donde escaparon varios escarabajos cuando levantó un lienzo al cual sopló. Era una representación del temido enfrentamiento del hombre con las máquinas, a las que se pensaba como cyborgs de empaques metálicos fatalmente antropomorfos.
Abisinius Gimmel dejó la pieza en su sitio y se incorporó. Se llevó las manos a la espalda y tensó el cuerpo de gladiador al retraer la cabeza, respirando con fuerza para no emitir juicios contra la incapacidad de previsión humana:
Él bien sabía que en el decurso de los siglos los Implantes de Nanoneurones transformaron a millones en Conversos o especie de “seres poseídos por espíritus malignos”, como se expresaban los monjes medievales sin intuir que durante “El Final de las Cosas” tales “espíritus malévolos” más bien serían la concreción de la atrofia nanoneuronal.
Y lo más absurdo era que los “Íntegros” o sujetos con sólo un Nano-Eslabón rudimentario eran comandados por el Organismo Mental Nanotrón o “Gran Ordenador Holorum Ghabriel”.
Abisinius Gimmel recordó las guerras regionales que colapsaron la estabilidad económica y social del planeta, haciendo que muchos exigieran la recuperación del Gobierno Mental y “el cese de funciones de Holorum Ghabriel”, a quien se acusaba de no prefigurar el ascenso de los Conversos.
Pero Holorum Ghabriel mantuvo su preeminencia, pues se debía a los humanos su sistema de Autoprotección, el cual lo incapacitaba para prohibir la acción de los Nanoneurones, que en sentido estricto eran los que apuntalaban su propio poder.
Absinius Gimmel masajeó su frente mientras el Nano-Eslabón en su lóbulo frontal enviaba al resto de su cerebro el impulso eléctrico suscitado por Holorum Ghabriel a miles de kilómetros; señal que se decodificó como la voz del Gran Ordenador, quien “escuchara” las divagaciones de su general y le aconsejaba reposar, pues a la mañana siguiente encabezaría la batalla que Holorum Ghabriel esperaba “la última de esta Crisis de Barbarie”.
El general asintió, dispuesto a tenderse sobre la bolsa magnética que ya aguardaba en un rincón; pero de súbito dirigió los ojos hacia la pintura de un Arcángel Miguel de alas descomunales que enarbolaba una espada divina al atenazar del pescuezo a un demonio con forma de dragón, quien ahora tal vez ya se manifestaba en los minúsculos entramados Nanoneuronales de los Conversos que esperaban por el embate final alineados bajo una neblina espesa como aliento de Marduk.
2.- HORUS
En ocasiones ocurría que Henry Anaxágoras olvidaba por unos minutos su escalafón en la transnacional “Quhomo” y se permitía algunos “lujos” que para el común de la gente eran el pan de cada día: caminaba entre las multitudes hasta el trabajo, o deambulaba por el parque horadando las capas sobrepuestas de lluvia ante un cielo virulento.
Eso era lo que pasaba aquel inicio del invierno, cuando tuvo la ocurrencia de hacer un muñeco de nieve de tamaño natural al salir de la cabaña donde solía retirarse para reflexionar.
A diferencia de los otros miembros de su clase social, Henry Anaxágoras había nacido con una sabiduría natural independiente de la influencia omnímoda de los cerebros qubitrónicos “Consejeros”, injertados en las cabezas de los primogénitos y fabricados por su empresa “Quhomo”.
Por eso el muchacho de facciones y cabello dignos de Alejandro Magno se daba el lujo de no solicitar el punto de vista de su propio Consejero, designado “Horus” en referencia al omnisciente dios halcón egipcio que ornara la nuca de Mikerinos.
La forma física de los Consejeros era rudimentaria, pues apenas consistía en una placa de “emplasto orgánico” del tamaño de un rectángulo de cáscara de naranja que se adhería al cerebro bajo el hueso frontal.
Sin embargo su estructura interna suscitaba el vértigo: una serie de ramificaciones conectadas al flujo neuronal; una bagaje de media biblioteca del Congreso donde se procesaba un poderoso intelecto artificial consciente de sí mismo; y sobre todo la capacidad de compenetrarse con la persona en la que se adherían, y de quien escuchaban los pensamientos, sueños y razonamientos sobre las decisiones tomadas cada minuto del día.
Henry Anaxágoras sabía todo eso, y también entendía que las clases dirigentes insertaban a los Consejeros en sus primogénitos a las primeras semanas de vida, mientras al resto de sus familiares sólo les otorgarían unos androides rudimentarios apenas dotados con una fracción ínfima de poder cognoscitivo.
Henry Anaxágoras atenazaría las riendas de “Quhomo” después de años en que se había rebelado contra Horus, quien obedecía los lineamientos de su propia configuración y sólo podía expresar sus juicios ante el requerimiento del propio “Huésped”.
Ni siquiera el padre retirado de Henry Anaxágoras sabía aquel secreto de su hijo, y por eso no cuestionó las decisiones del muchacho que popularizó los llamados “Quhomúnculos” entre las personas comunes, quienes al paso de los meses ya resguardaban en sus bolsillos a robots diminutos con figuras de escarabajos y saltamontes, y capaces de emitir opiniones prudentes sobre temas de cualquier tenor.
Henry Anaxágoras concluyó su muñeco al depositar una bola de nieve que fungiría de cabeza. Al final le incrustó dos nueces por ojos, un rábano de nariz, y un pedazo de salami como boca.
El muchacho se estiró para recibir la plenitud del sol de mediodía y realizó un comentario gracioso sólo para sí mismo, ignorando una vez más a Horus, quien por asombrosa voluntad propia desde hacía mucho ya influenciaba a Henry Anaxágoras interactuando con su inconsciente durante lo más inhóspito de los sueños.
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