Testigos Mudos en la Inmensidad

Testigos Mudos en la Inmensidad

Ernest Tellols

02/06/2026

Hoy ha sido el primer día del horario de verano. Como cada año —y ya van muchos—, me cuesta acostumbrarme. Parece que el sueño y las comidas no cuadran. Se supone que uno debería aguantar más, pero aunque te levantas más temprano, no es así. Pasas todo el día somnoliento, justo hasta que llega la hora de acostarse; es precisamente ahí cuando te espabilas y desaparece esa pesadez que te ha acompañado durante la jornada.

Pero bueno, efectos físicos aparte, el cambio de hora marca un ciclo. Es un punto de inflexión que te recuerda que ha pasado un año más. Un año más de singladura en soledad por un universo desconocido.

No hablo de la sonda espacial Voyager; hablo de uno mismo. Al igual que la sonda de la NASA, hace mucho que salí del sistema solar que conocía para adentrarme en un vacío donde reina la oscuridad, el silencio y la soledad. No obstante, y a pesar de su antigüedad —como la mía—, ella sigue contando a su manera lo que ve, aunque no todo lo pueda comprender.

Esta sonda tiene una hermana gemela, la Voyager 2, lanzada (pese a su nombre) un mes antes. Ambas viajan por los confines del universo y, aunque fueron creadas a imagen y semejanza, no caminan juntas; de ahí sus nombres, porque siguen trayectorias diferentes. Ni siquiera se comunican entre ellas. Tras casi cincuenta años, siguen mandando datos y se espera que resistan hasta la década de 2030. Luego continuarán su camino como testigos mudos de una civilización que, quizá, ya esté demasiado lejos para ser alcanzada.

A los humanos nos pasa igual: Algunos viajamos solos hasta que nos perdemos en el universo sin remisión. Hoy alguien me preguntó si había ido a ver una obra de teatro. «¿Para qué?», le contesté. Al menos la Voyager transmite datos a la Tierra; a algunos de nosotros ya no nos queda a quién pasarle información. Así que, como las Voyager, ya somos naves silenciosas que vagamos por el cosmos sin que nadie se dé cuenta. Puede que, alguna vez, una estrella lejana produzca un destello en nuestro fuselaje, pero conforme nos alejemos, nos iremos apagando hasta perdernos en la oscuridad de lo infinito.

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