A dónde vamos?

A dónde vamos?

Margaritas

01/06/2026

Durante muchos años creí que sabía exactamente qué quería para mi vida. Desde chica me dijeron que tenía que estudiar, casarme, tener hijos, comprarme un auto y una casa. Que con todo eso iba a sentirme segura, completa.

Fui creciendo y siguiendo ese camino. Tomando como propias muchas ideas que venían de mis padres y de todo lo que, supuestamente, estaba “bien”. Mi primera carrera fue Relaciones Laborales. Creí que me gustaba, que iba a disfrutar trabajar de eso. Pero con el tiempo empecé a sentirme incómoda. Me aburría, me costaba, algo no terminaba de cerrar.

Y aunque pensaba “no puedo dejar”, lo hice. Tenía 19 años.

Después pasé por varias carreras más. Siempre empezaba entusiasmada y siempre terminaba dejando. Nada lograba hacerme sentir realmente a gusto con lo que estaba haciendo. Hasta que, por fin, encontré una carrera que parecía tenerlo todo.

Mientras estudiaba, empecé a trabajar en el mundo corporativo. Crecí, cambié de trabajos, aprendí muchísimo. Pero llegó el momento de rendir la última materia y fallé. Me fue mal. Y nunca antes había desaprobado un examen.

Ahí aparecieron la frustración, el enojo, la angustia y la autoexigencia. “Un tropezón no es caída”, como diría mi mamá. Pero algo en mí se apagó. Nunca volví a rendir. Nunca hice la tesis.

Como en el trabajo me iba bien, pensé: “¿Por qué no estudiar Administración?”. Me anoté, pagué una universidad, avancé… y otra vez dejé.

¿Saben qué me pasaba? Había algo emocional que no estaba. No había pasión real por lo que estudiaba ni por lo que hacía. Y entonces volvía la misma pregunta: ¿cómo puede ser que todo lo que me gusta lo termino dejando?

Con el tiempo entendí que quizás no era pasión. Tal vez era entusiasmo momentáneo. Una chispa que aparecía y se apagaba rápido, como una vela.

Ahí empezó otro camino. Uno mucho más incómodo, pero también más honesto: el de la introspección. Empecé a cuestionar todo. A preguntarme si realmente quería esa vida que imaginaba o si simplemente estaba intentando cumplir con lo que se esperaba de mí.

Y apareció una pregunta que todavía hoy me acompaña:

¿Soy quien quiero ser o soy quien debo ser?

Nunca es tarde para cuestionarse las cosas, cambiar, patear el tablero. Para mí, hacerlo fue muy difícil. De hecho, nunca quise romper con lo establecido. Pero tampoco podía quedarme quieta viendo cómo se apagaban mis ganas de encontrar motivación, deseo y algo que realmente me inspirara.

Hoy sigo buscando mi vocación y mi profesión, pero ya no desde la desesperación. Lo hago más tranquila, entendiendo que nada de lo vivido fue en vano.

Aprendí muchísimo en cada etapa. Cada carrera, incluso las que dejé, me dejó algo. Y hoy agradezco haberme dado la posibilidad de moverme, de cambiar y de no quedarme donde ya no me sentía viva.

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