Nunca me cerró del todo ese número. Lo escuchaba desde chico, en la escuela, en la televisión,
en los actos y, más tarde, en internet. Aparecía siempre igual. No era que tuviera información
para discutirlo ni nada parecido; apenas una incomodidad que volvía cada tanto, sin que yo
supiera bien por qué.
Una noche lo dije durante la cena. Mi vieja había hecho milanesas y mi viejo miraba el
noticiero con el volumen bajo.
—Para mí ese número está inflado.
Mi viejo levantó la vista.
—¿A qué te referís?
—A eso de que fueron treinta mil los desaparecidos.
—¿Y vos cómo sabes?
—No sé.
Mi vieja dejó el tenedor sobre el plato.
—Hay cosas que no son tan simples —dijo.
Nadie siguió la discusión. La tele continuó de fondo, mi vieja preguntó si iba a estar el
domingo y la conversación se perdió entre otras cosas.
Unos días después me tocó limpiar el cuarto del fondo. Entre cajas viejas, carpetas húmedas y
cachivaches encontré una caja con fotos. Me senté en el piso y empecé a mirarlas: cumpleaños,
vacaciones, reuniones familiares. Entre esos recuerdos apareció la foto de un bebé. Atrás tenía
una sola inscripción: “octubre de 1977”. La imagen estaba algo desenfocada: una manta clara,
una mano sosteniendo al bebé, nada más. La guardé por inercia en el bolsillo.
Esa noche la dejé sobre la mesa de la cocina. Mi vieja la vio.
—¿De dónde sacaste eso?
—Del cuarto.
La observó unos segundos, pasó el dedo por una esquina.
—Debe ser de algún conocido.
—¿Quién?
—Qué sé yo.
La volvió a dejar sobre la mesa, aunque no exactamente en el mismo lugar. Después abrió una
alacena, la cerró y se quedó quieta un instante, como si hubiera olvidado qué estaba buscando.
Y cambió de tema. No dijo nada extraño. Sin embargo, algo me quedó dando vueltas.
Durante los días siguientes empecé a prestar atención a detalles que antes me pasaban
desapercibidos: historias familiares contadas de distinta manera, fotos guardadas en cajones,
años de los que casi no se hablaba. Nada concreto.
Una madrugada terminé leyendo historias de hijos apropiados durante la dictadura. Cuando
cerré la computadora ya era tarde. La foto seguía sobre la mesa.
Una semana después encontré un sobre mientras buscaba una lapicera. Estaba mezclado entre
boletas y papeles viejos. Lo abrí: documentos, firmas, sellos. No entendí demasiado, hasta que
encontré una palabra: adopción. Escuché que alguien venía y guardé todo otra vez.
Esa noche no cené. Me encerré en mi pieza, puse la foto sobre la cama. Se me cruzó la idea de
preguntarlo todo y, al mismo tiempo, de no decir nada.
Al día siguiente falté al trabajo y salí a caminar. Terminé en una plaza. Había chicos jugando a
la pelota, una mujer llamaba a su hijo desde la vereda, un jubilado estaba sentado en un banco
mirando quién sabe qué. Saqué la foto del bolsillo; el borde ya estaba gastado de tanto tocarlo.
La observé un largo rato. Pensé que, si aquello era cierto, existía una parte de mi historia que
desconocía por completo. Tal vez alguien había buscado durante años a ese bebé. Tal vez no.
Tal vez yo estaba armando una historia imposible a partir de una foto vieja y unos papeles
olvidados.
Guardé la foto. Una pelota pasó rodando frente al banco y un chico salió corriendo detrás de
ella; lo escuché reír antes de volver con sus amigos. Más allá, una mujer acomodaba la mochila
de su hijo mientras le sacudía el barro de los pantalones.
Miré otra vez la foto antes de guardarla del todo. Pensé en mi vieja: en las veces que se había
quedado despierta cuando yo tenía fiebre, en cómo me acomodaba la ropa antes de salir para la
escuela, en los cumpleaños cuando aparecía con la torta tratando de que las velitas llegaran
encendidas hasta la mesa. Pensé también en mi viejo enseñándome a andar en bicicleta, en los
viajes, en las discusiones tontas, en todo lo que recordaba. Todo eso era real, o al menos lo
seguía siendo. Y quizás por eso la pregunta pesaba tanto. Quizás no había ninguna historia
oculta. Quizás sí. Lo único que tenía eran una fecha escrita con lapicera, unos papeles viejos y
una pregunta que ya no parecía dispuesta a dejarme en paz.
El sol empezaba a bajar detrás de los árboles cuando me levanté del banco. Guardé la foto en
el bolsillo y emprendí el camino de vuelta. Cuando llegué a casa, las luces de la cocina
estaban encendidas. A través de la ventana vi a mi vieja sola, sentada a la mesa, con la mirada
perdida en algún punto que yo no podía ver. Pensé en entrar y preguntarle todo. Pensé en dar
media vuelta. Me quedé unos segundos en la vereda. Apoyé la mano sobre el picaporte. Esta
vez no me quedé afuera. Entré.
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