La cripta de los de la Vega olía a polvo antiguo, a flores podridas y, ahora, a un perfume importado que costaba una pequeña fortuna.
Doña Beatriz abrió los ojos. La oscuridad era un muro sólido, un bloque de granito negro que se posaba directamente sobre sus pupilas. Intentó llevarse una mano a la frente, pero sus dedos chocaron de inmediato con una madera tapizada en seda lisa.
Un ataúd.
Una risa seca, aristocrática, escapó de su garganta, arañándole las cuerdas vocales. «Qué ridiculez», pensó, acomodando su cuello rígido. Seguramente el doctor se había equivocado con su ataque de catalepsia. Pobres idiotas. Cuando saliera de allí, se encargaría de arruinar la reputación de ese médico de mala muerte y de desheredar a sus sobrinos, quienes sin duda ya estarían repartiéndose sus tierras y sus joyas con manos temblorosas y codiciosas.
Beatriz no sentía miedo. El miedo era una emoción vulgar, reservada para la servidumbre. Ella era una de la Vega; su voluntad siempre había doblegado a los vivos, y la muerte no sería una excepción.
—¡Abran! —ordenó. Su voz, que solía hacer temblar a los criados en los pasillos de su mansión, rebotó contra las paredes acolchadas de la caja, volviendo a ella como un murmullo patético—. ¡Sáquenme de aquí inmediatamente!
Nadie respondió. Solo el silencio denso del mausoleo familiar.
Pasaron los minutos, o tal vez las horas. El aire comenzó a sentirse pesado, tibio, cargado con el dióxido de carbono que sus propios pulmones aristocráticos exhalaban. El orgullo de Beatriz empezó a agrietarse, dejando filtrar las primeras gotas de una fría lucidez.
Buscó a su alrededor. Sus dedos, adornados con pesados anillos de diamantes, arañaron la seda del ataúd. Raspó la madera. Era roble macizo, del más costoso, el mismo que ella había exigido años atrás para asegurar que su descanso fuera digno de su estirpe. Qué ironía tan espantosa. Su propio egoísmo la había encerrado en una fortaleza impenetrable.
—¿Hay alguien ahí? —esta vez no fue una orden. Fue una pregunta.
Entonces, el terror, ese monstruo silencioso que no necesita monstruos con garras, comenzó a jugar con ella.
En el aislamiento absoluto, los sentidos se vuelven enemigos. Beatriz empezó a escuchar los latidos de su propio corazón, pero no sonaban como un órgano vital; sonaban como pasos pesados caminando sobre la tapa de su ataúd. Pum. Pum. Pum. Luego, el goteo de la humedad de la cripta exterior parecía golpear directamente dentro de su cráneo.
«Estás bajo tres metros de tierra, Beatriz», susurró una voz en su
mente. Una voz que sonaba idéntica a la de su madre, a quien dejó morir sola en el ala norte de la mansión. «Nadie te escucha. Nadie quiere escucharte».
—¡Cállate! —gritó, golpeando con los puños hacia arriba.
El impacto astilló sus uñas perfectas. El dolor fue agudo, real. Sintió el líquido espeso y caliente de la sangre correr por sus dedos, mezclándose con el polvo del encierjo. La arrogancia dictó su último ataque de furia: comenzó a patalear, a arañar la madera como un animal rabioso, despojándose de toda la elegancia que había cultivado en vida. Lloró, maldijo, suplicó a Dios, y luego al diablo.
Pero el techo de roble ni siquiera vibró.
El aire se estaba agotando. Cada bocanada era un esfuerzo agónico que le quemaba el pecho. Y fue en esa asfixia inminente donde la verdadera oscuridad de la cripta cobró forma.
En la negrura absoluta, Beatriz empezó a ver.
Vio los rostros de los sirvientes a los que había humillado, las siluetas de los mendigos que había mandado a azotar desde su carruaje. No eran fantasmas reales; eran los espectros de su propia crueldad, proyectados por un cerebro sin oxígeno. Los veía sonreírle desde los rincones del ataúd. Sentía sus manos invisibles, frías como el hielo de los inviernos góticos, acariciarle el rostro, desabrocharle el vestido de encaje negro, burlándose de su indefensión.
—Soy… Doña Beatriz… de la Vega… —jadeó, intentando aferrarse al linaje que ya no significaba nada.
De repente, un crujido sutil sonó cerca de sus pies.
No era su imaginación. Algo se movía dentro de la madera. El olor a roble y perfume fue bruscamente reemplazado por un hedor a tierra húmeda y descomposición. Algo pequeño y rápido pasó sobre su tobillo. Luego otro. Y otro.
Las termitas y los escarabajos de la cripta habían encontrado una grieta en la base del ataúd.
Beatriz quiso gritar, pero el aire ya no alcanzó para producir sonido. Sentía las diminutas patas subiendo por sus piernas, metiéndose bajo su falda de seda. Intentó sacudirse, pero el espacio era tan estrecho que solo logró aprisionarse más contra sus propios verdugos ciegos. Un escarabajo caminó por su cuello; otro exploró la comisura de sus labios secos.
En sus últimos segundos de conciencia, la arrogancia de Doña Beatriz se disolvió por completo, dejando solo el cascarón de una mujer aterrorizada. Entendió, con espantosa claridad, que no importaba cuántas tierras poseyera o cuán azul fuera su sangre: ahora solo era carne. Carne encerrada en una caja de lujo, destinada a ser devorada en la más profunda, eterna y gótica oscuridad.
La última exhalación de Beatriz fue un suspiro inaudible, una rendición ante el silencio de la tumba, mientras los insectos reclamaban su nuevo imperio.
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