No sabía que existía la incertidumbre hasta aquel día en que la conocí. Hasta entonces, creía que la vida avanzaba por caminos previsibles, que toda pregunta encontraba una respuesta y que toda espera tenía un límite razonable. Vivía bajo la ilusión de que el mañana era una prolongación ordenada del presente.

Pero la incertidumbre llegó sin anunciarse. No tenía rostro ni voz; era apenas una sensación persistente, una sombra que se instaló entre los hechos y sus explicaciones. De pronto, las certezas comenzaron a resquebrajarse. Los planes dejaron de ser promesas y se convirtieron en posibilidades. El futuro, que antes parecía una ruta trazada, pasó a ser un territorio desconocido.

Descubrí entonces que la incertidumbre no es solamente ignorancia. Es una forma de convivencia con lo imprevisible. Nos obliga a aceptar que no todo depende de nuestra voluntad, que existen acontecimientos que escapan a nuestros cálculos y personas cuyos actos jamás podremos comprender del todo.

Con el tiempo aprendí que la incertidumbre también tiene una enseñanza. Nos recuerda la fragilidad de nuestras seguridades y la necesidad de la esperanza. Porque cuando nada es seguro, la esperanza deja de ser un lujo y se convierte en una forma de resistencia.

No sabía que existía la incertidumbre hasta aquel día en que la conocí. Desde entonces me acompaña. A veces como amenaza, otras como maestra. Y aunque nunca llegué a apreciarla, comprendí que forma parte inseparable de la aventura de estar vivo.

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