La duda es una de las formas más antiguas de la inteligencia. No nace de la ignorancia sino, muchas veces, de la conciencia de que el mundo es demasiado vasto para ser comprendido con absoluta certeza. Quien duda reconoce los límites de su conocimiento; quien jamás duda suele confundir sus creencias con la verdad.

Vivimos rodeados de respuestas rápidas. Las redes, los discursos políticos, las religiones y hasta la ciencia popularizada parecen ofrecer certezas inmediatas. Sin embargo, detrás de cada afirmación importante suele esconderse una pregunta que aún no ha sido respondida del todo. La duda es, entonces, una forma de honestidad intelectual.

Pero la duda también tiene su costado doloroso. Puede paralizar decisiones, desgastar afectos y convertir cada camino en una encrucijada. El hombre que duda demasiado corre el riesgo de quedarse inmóvil mientras la vida continúa sin esperarlo. Por eso la sabiduría no consiste en eliminar la duda, sino en convivir con ella.

Los grandes descubrimientos nacieron de una pregunta incómoda. Los filósofos dudaron de los dioses, los científicos de las teorías aceptadas y los escritores de las verdades heredadas. La duda abrió puertas que la certeza mantenía cerradas.

Quizá la condición humana sea precisamente esa: caminar entre sombras, avanzando sin garantías absolutas. La duda no es el enemigo de la verdad; es su compañera más fiel. Porque solo quien se atreve a preguntar puede aspirar a comprender, aunque sea por un instante, el misterio de las cosas

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