Ángela de Arcanos: Emperatriz y Sacerdotisa

Ángela de Arcanos: Emperatriz y Sacerdotisa

Madre, mirando nuestras fotos, esta mañana, recordándote después de cuatro años que partiste de esta vida, caigo en la evidencia descomunal, que la muerte rejuvenece a los muertos y la vida envejece a los vivos. Parecería una verdad simplona y tan incuestionable y por lo tanto, una tontería expresarlo, pero no. No es tan evidente. Su evidencia trae consigo una carga de reconocimiento y aceptación del devenir de la vida, pero también del ocaso inexorable del destino, del momento final. Del adiós. Siempre he pensado que la muerte es el olvido. Y que la imagen del polvo que se desvanece con el más leve viento, de la arena que escurre rauda entre nuestros dedos, es lo más parecido a lo que los vivos sienten de los muertos. Más allá del amor, el tiempo echa su rocío doloroso de olvido, paulatino, inmisericorde, indetenible.

Pero cuanto más pasa el tiempo, ahora entiendo, que más joven estás, en el momento último del mejor recuerdo que escogí para recordarte, como esta foto que hoy comparto nuevamente; y yo, también, más lejos del momento último del cual, seguramente, escogiste para recordarme, allá donde debes estar. Porque con el pasar del tiempo, me hago viejo, lleno de dolores y enfermedades que me han tocado sobrellevar, me hago un poco más sabio también -lo reconozco, comparándose con lo menos sabio que era yo cuando te fuiste- y mi rostro pierde la felicidad de la juventud lozana que tarde o temprano, se tenía que ir, pero está bien, eso no me aflige en verdad.

Pero así son las cosas. Y no son malas. Cada año que me queda de ese veinticinco por ciento calculado que tengo de vida, sobre lo que ya viví, me acerco más y más a un estado de paz y aceptación de las cosas, sin ser un derrotista indeseable ni un optimista inmaduro; simplemente un hombre realista que no pierde el espíritu de luchar. Que no pierde el sentido de vivir. Que sueña y que confía aún en la vida, sin importar el dolor, la desesperación, el resecamiento del espíritu del mundo o los cambios que siempre abruman a los viejos.

Recuerdo claramente cuando me llegó esta foto tuya en un sobre con una carta llena de amor y ternura, desde Lima a Nagoya, en 1992 (hace 34 años) sentada en la Macintosh de mi amigo y editor Armando Campos, en la que yo muchas veces escribía en la redacción de El Popular, mis inmaduros relatos para el suplemento Cartel, algo que hacía por fuera de mi trabajo de redactor de La República. Allí estabas sentada, copiando en la computadora de Armando, los relatos que mandaba desde Japón en un disquete. Había renunciado en 1991 y me había largado a Japón, cometiendo un error gravísimo en mi incipiente vida sentimental pero un tremendo acierto para mi reciente vida de adulto a los veintitrés años. Y te tomaron esa foto, para evidenciar la entrega, pero sobre todo, para evidenciar tu amor por mi. Tu amor sin límite, porque tú eras capaz -y cómo dudarlo que lo fuiste- de hacer cualquier cosa por mi. Y porque, revisando la vieja caja de mis recuerdos, he podido releer decenas de cartas de amor enviadas por ti a las ciudades donde viví en ese país. Cartas llenas de vida, de alegría, de fortaleza, aún cuando la pasabas muy mal tras el crash económico del país. Pero no voy a contar esa historia en este relato. Ese es otro cuento.

Ahora que no puedo retroceder el tiempo ni la vida, para sacarte de la muerte que te recogió el 30 de mayo de 2022, no puedo dejar de pensar en cuánto más hubiera podido o tenido que hacer por ti. O juntos. Pero esto no es el discurso simplón de pedir perdón desde la vida hacia la muerte. por lo que no hicimos. No. es el recuerdo más hermoso e imperecedero, que significó ser tu hijo. Ahora que poco me falta para llegar a los sesenta años, te cuento que he aprendido cosas importantes. Te cuento Angela, que tu nieto Lucas, al que tanto cuidaste en tu casa, está convirtiéndose en un hombre de bien. Que muy pronto, como yo, pero con mejor destino, tomará vuelo con sus propias alas, lejos muy lejos, para comenzar su vida.

Cuanto más pasa el tiempo, más me acercaré a tus 82 años cuando partiste. Yo tenía 54, hoy tengo 58. Y así, se acortará la distancia, poco a poco. Allí yo me hago viejo y tu joven. Allí, aparece la singularidad del tiempo y del amor y de las delgadas líneas que separan su entendimiento. Porque tu te has quedado en la retina mía, de Kiko y Stuart, seguramente, en la edad que cada uno de nosotros más añora. Y yo añoro esta imagen tuya en esa foto: guapa, madura pero joven, inteligente, sensible, delicada pero leona en la vida; digna muy digna, nadie podía desmerecer ni minimizar tu presencia y tu palabras, con tu metro cincuenta y dos, eras una mujer gigante que llenaba los espacios siempre.

Pero la imagen más hermosa, en mi mente, tiene que ver con tus pequeñas manos de gorrión, blancas y suaves, adornadas con algunas pocas, pequeñas y delicadas joyas, barajando tu mazo de veintidós arcanos mayores del tarot de Marsella, con las que siempre comenzabas tu jugada horoscópica “especial” para mí y con las que se organizaban las casas mayores. Por años, incluso antes de irme a Japón, cuando comenzabas a hacerte un espacio y un nombre -aunque ya después, lo hiciste por todo lo alto, cuando yo no estaba en Perú- barajaste una y otra vez esas cartas hermosas, llenas de simbologías extrañas que me hipnotizaba al verlas correr en tus manos; las tirabas con delicadeza pero sin dudas sobre la mesa y, entonces, se abría par mi la magia de este oráculo que nació en la Italia del siglo XV pero que prosperó y afianzó en Marsella y París, desde el siglo XVII. Una magia centenaria que estaba en tus venas, que aprendiste a leer hace ochenta años, desde 1945 con tu abuela paterna, una bruja blanca, como tú.

Así, en esta foto que acompaña mi relato de hoy sobre ti, hago resaltar las presencia magnífica de la Sacerdotisa, representando la intuición, el subconsciente, misterio y la sabiduría interior; así como de La Emperatriz, con su valor de abundancia, naturaleza, fertilidad y el amor maternal. Y hoy entiendo que tú eras ambas, porque en tus pequeñas manos, la pobreza pasó por nosotros pero tuviste la fuerza de evitar que nos atrapara en destinos sin sentido; porque tu intuición fue mi camino hasta el día que por última vez, a finales del 2021, pudiste leerme las cartas, con manos temblorosas pero con tu mirada firme, hasta que tuviste el accidente cerebral que poco a poco, te sumió en la soledad del olvido y de la confusión de la vida, hasta que te fuiste.

Un día, hace muchos años, cuando estabas ya vieja pero fuerte como una leona y ecuánime como La Emperatriz, te prometí que nunca habría de leerme las cartas del tarot de Marsella, con nadie más, que no seas tú o Stuart. La última vez que me leí las cartas con Stuart, fue en 2016 por teléfono, él en Barcelona y yo en Lima. Y fue una mala idea, pero eso es otra historia. HIstoria triste y dolorosa para mí. Pero fue a finales del año 2021 que me leí contigo la última jugada mágica que siempre tenías para mí. Y voy a decir, ahora y no lo repetiré otra vez, que en 40 años de ser tu lector especial, nunca, nunca, te equivocaste. Yo sí, cuando no te hacía caso, pero “es tu libre albedrío” me decías, me explicabas que el oráculo abría puertas inentendibles del futuro y del pasado, que la fe en Dios no se reñía con la fé en los oráculos, en tanto no se aplicaban para hacer o desear el daño a nadie y me hacías una señal de la cruz en la frente. Y que esa señal era fe y era amor, y yo creía y creo en ella.

Hoy en este humilde altar que he armado para ti, para nosotros, mis muertos y mis vivos más queridos, guardo en un recipiente muy humilde tus cenizas. Guardo tus arcanos mayores y tu mazo de apoyo del tarot. Y he cumplido la promesa de siempre: nadie toca tus cartas, solo yo. Después de cuarenta años de ser tu “clientecito predilecto” -como me decías con tu hermosa sonrisa socarrona, porque nunca te pagué una jugada-, solo a mi me dejabas tocar tus cartas, leerlas, observarlas, olerlas, y aprendí a entender, intuitivamente y por tus palabras, la magia, la mecánica y el poder del oráculo, con respeto y hasta la devoción que me enseñaste a tener; así como el péndulo, que combinaba a la perfección con los arcanos mayores, y me hiciste probar varias veces, la magia de la radiestesia que este otro oráculo desprendía en confluencia con las cartas mágicas.

Hoy, juego algunas veces en mis noches de soledad y silencio, cuando Lucas duerme, con estos viejos arcanos mayores que tienen aun tu olor, tu energía; así como el péndulo dorado y desgastado; y vienen a mi mente décadas de lecturas de amor en los momentos más álgidos de mi vida. Y caigo en la cuenta, que cada lectura del oráculo, terminaba siendo, una conversación abierta,sincera, mucho más mágica, de madre e hijo. Y caigo también en la cuenta, las miles y miles de personas, clientes, creyentes en ti, que desde un viejo celular analógico de carro, luego un “ladrillo”, un teléfono fijo; o las páginas del diario Expreso que por años publicó la página Los Arcanos; Antena Uno, CPN, Canal N recién inaugurado; y todas las centenares de veces que en uno y otro medio escrito, radio o TV, o incluso medios extranjeros, te entrevistaron y respondías llamadas de gente con desesperanza y dolor, y tu respondías con certeza, respeto pero sobre todo, con amor y ternura. Y luego internet, Web, y comenzaste a ayudar a peruanos y otros latinoamericanos en USA, Europa, Asia, Oceanía.

¡Cuánto me acercó el Tarot a ti, a lo largo de décadas de nuestra relación de sangre, de madre e hijo!; ¡Cuánto logramos descifrar nuestra vida en común, nuestros secretos más íntimos! Nunca, a lo largo de la vida, pude confiarle absolutamente mis tristezas, temores, y dolores a otra persona, que no hayas sido tú. Nos sentábamos solitos, al borde de tu cama, y una lectura del Tarot de una hora, se convertía en una conversación de cinco horas. Hasta que la tarde moría por tu ventana y llegaba la hora que debías tomar tu lonchecito.

Cuánto te extraño Angelita de mi corazón, más allá de la madre, más allá de mi creadora, te extraño, porque fuiste el único ser humano en esta vida, que pudo y supo tocar, completamente mi corazón y que siempre, pero siempre, me perdonó, sin importar mi imperfección, mi soberbia, mi terquedad, mi falta de amor propio.

Te amo Ángela. Sigue mirándome por favor, porque todavía te siento.

El altar para Angela en mi casa: sus cenizas, su péndulo, sus arcanos, sus hijos, su nieto, su vida. 

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