¿Hola cómo estás amigo? ¡Muy bien!, ahora estoy bien pero estuve muy mal y nadie estaba allí.

Ahora estoy bien. Lo digo sin euforia y sin dramatismo. Estoy bien, que a cierta edad es una forma modesta y digna de felicidad. Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en que estuve muy mal. Tan mal que cada día parecía una cuesta empinada y cada noche una pregunta sin respuesta.

En esos momentos uno descubre algo que los años suelen ocultar: la diferencia entre la compañía y la presencia. Hay quienes están cerca y no acompañan; quienes hablan y no escuchan; quienes prometen y desaparecen. También están los que, sin saber qué decir, simplemente permanecen. Esos son los que importan.

Yo atravesé aquella temporada oscura casi en soledad. No hubo multitudes, ni héroes, ni discursos de aliento. Hubo silencio. Un silencio largo y obstinado que me obligó a conversar conmigo mismo. Y aunque no lo elegí, terminé aprendiendo algo valioso: la resistencia es una forma de conocimiento.

Cuando el dolor pasa, o al menos se vuelve soportable, queda la tentación de hacer cuentas. De recordar quién llamó y quién no. Quién estuvo y quién encontró una excusa. Es una tentación comprensible, pero incompleta. Porque el verdadero balance no consiste en medir las ausencias ajenas, sino en reconocer la propia capacidad para seguir adelante.

No olvido que nadie estaba allí. Sería falso decirlo. Pero tampoco olvido que, aun así, llegué hasta aquí. Y acaso esa sea la enseñanza más extraña de todas: a veces sobrevivimos no gracias a las manos que nos sostienen, sino gracias a una fuerza silenciosa que descubrimos cuando ya no queda nadie a quien llamar.

Ahora estoy bien. Y cada vez que pronuncio esas palabras, sé exactamente cuánto costaron.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS