Ese día ella regresó a su casa más tarde de lo habitual. Una reunión que se extendió por más tiempo en la oficina, un café con una amiga en El Martínez de Av. Corrientes y una demora imprevista en el subterráneo. Todos esos sucesos inventados le daban el tiempo justo que precisaba para explicar su llegada tarde a casa donde la esperaba su esposo y sus hijos.

Dos hijos ya adultos, un matrimonio plácidamente desapasionado y Chimi, el caniche de la familia, era todo lo que la aguardaba al regresar diariamente de su trabajo. Pero ese día era distinto, porque nuevamente había salido temprano de la oficina y se había encontrado con la persona que a sus 50 y tantos años, le había devuelto la confianza en sí misma como mujer, haciéndola sentir deseada de nuevo como cuando era joven, cuando estaba segura de las inquietudes que despertaba.

Ellos habían sido novios hace muchos años cuando todavía el futuro era algo muy lejano para ambos. Luego cada uno tomó su camino y muchos años después retomaron el contacto gracias a una vieja libretita que él conservaba de la época en que no había otra manera de registrar un teléfono. Ahora esas tardes de pasión ya se daban con cierta frecuencia pero sin convertirlas en una necesidad mutua. Ninguno de los dos precisaba semejante torpeza. Una pasión sin complicaciones, un oasis en la vida de ambos que les permitía seguir adelante.

Como siempre al regresar de esas tardes de reencuentro, Chimi comenzaba el metódico olfateo de sus prendas, sus zapatos, sus manos. Porque se puede engañar a casi cualquier cosa menos al olfato de un perro. Ella lo acariciaba mientras el perrito insistía en su rastrillaje tratando de identificar ese olor que su dueña traía de vez en cuando. Un olor que le resultaba ajeno a la familia.

Se sentaron a cenar, Chimi montó guardia echado al lado de su dueña. Cada tanto ella le dedicaba una mirada de complicidad que hasta un perro podía entender. “No vas a hablar, ¿verdad?” decía a su mascota con la mirada. Luego de la cena y de los saludos habituales cada uno se retiraba a dormir. A su esposo ya no le interesaba otra cosa que alguna buena serie en streaming y a ella ya le había dejado de importar su indiferencia. Un equilibrio perfecto capaz de sostener la cáscara de un matrimonio hasta el fin de los tiempos. 

A la mañana siguiente, la rutina comenzó a la hora habitual. Al terminar el desayuno los hijos partieron a sus actividades, luego ella se despidió de él y salió para su oficina en el Centro. Como era habitual, él se quedó un rato disfrutando la soledad de esas primeras horas del día.

Terminó su desayuno sin ninguna prisa mientras se enteraba de las mismas noticias de siempre en el televisor de la cocina. Cada tanto le acercaba a Chimi un trocito de pan con manteca que el perrito olisqueaba antes de engullir. En un momento dado, se quedaron mirando a los ojos, el perro y su dueño. En silencio. Casi sin moverse. Una mirada muy seria que si proviniera de un humano no habría dudas de que se trataba del inicio de una conversación complicada. Para salir de la incomodidad que le empezaba a dar el momento, él le preguntó:

_”¿Qué pasa Chimi, eh? ¿Qué pasa? ¿Me querés contar algo?”

_”Si”, le dijo el perro. “Tenemos que hablar, Osvaldo”

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