Comenzó a manejar con todo el cansancio acumulado en capas, como una matrioshka. Cansancio de una semana de viaje por la zona, dentro del cual tenía el cansancio de pocas horas de sueño, dentro de la cual estaba la modorra que siempre lo atrapa después de almorzar, en donde guardaba el agotamiento de 15 años de viajante, en cuyo interior estaban los otros cansancios, más esenciales, más relacionados con su vida, esos que trataba de no penetrar demasiado para poder seguir adelante.
Quería llegar a media tarde a Resistencia en la Provincia del Chaco para hacer tiempo de visitar un par de clientes más o al menos cumplir con el ritual que le exigía la empresa de pasar a saludarlos. Había estado toda la mañana en Formosa donde se trajo muchas promesas y pocos negocios. Se le había hecho tarde y el mediodía abrasador de Formosa lo agarró antes de lo que había planeado. Casi saliendo de la ciudad comió un tostado con una gaseosa que su estómago se encargó de rememorar durante la hora y media al volante hasta Resistencia.
Tomó la salida sur de la ciudad, la que lleva a la ruta 11. Pasó frente al Aeropuerto El Picú y en poco más de media hora ya estaba adentrándose en ese tramo del recorrido donde solo hay campo y matorrales a ambos lados. Llevaba mucho tiempo recorriendo ese territorio tratando de convencer a quien quisiera escucharlo de las bondades de la empresa en la que trabajaba.
Casi una hora después de haber dejado Formosa sus parpadeos ya eran cada vez más asimétricos. Empezaba a durar más el lapso con los ojos cerrados, hasta invertirse totalmente la proporción natural que precisan los ojos de una persona despierta. El sueño al volante lo empezaba a dominar.
No era buen conductor (de hecho nunca disfrutó manejar) pero su trabajo lo había llevado a tener que alquilar un auto todos los meses para hacer la vuelta por las ciudades que tenía asignadas a su gestión.
Parar era imposible. No recordaba una estación de servicio cerca y la banquina en ese tramo es casi inexistente. Decidió seguir un poco más porque en el tiempo que llevaba manejando casi no se había cruzado con ningún vehículo. Solo la luna es más desolada que ese tramo de la Ruta 11 a las dos de la tarde.
Subió el volumen de la radio al máximo, buscando alguien que hablara de cualquier cosa, noticias, deportes, lo que sea que lo mantuviera despierto. Consideró prudente bajar la velocidad a ochenta kilómetros. No había otros autos a los que pudiera fastidiar con esa velocidad.
Diez minutos después se durmió. Cerró los ojos y ablandó el cuerpo, manteniendo las manos aferradas al volante como quien se aferra a algo que todavía flota en el océano de sueño en el que se estaba hundiendo.
Pensó (o soñó) que algo se había modificado en la simetría del paisaje. El auto estaba circulando por el carril opuesto al que debía llevarlo a Chaco. Viajaba con rumbo sur por el carril que va al norte, casi todo un símbolo de muchas cosas en su vida.
Una fracción de lucidez le bastó para aterrorizarse. El grito le hizo doler la garganta. Volvió al carril correcto con tal brusquedad que casi termina en la hondonada contraria. Zigzagueó varias veces y recuperó el control del auto solo una docena de metros antes de cruzarse con el viejo camión Chevrolet que venía por la mano contraria, pero en el sentido correcto. El conductor del camión se mantuvo inmutable en su trayectoria. Para él un Toyota o una liebre eran solo circunstancias que podían cruzarse en el camino de su viejo camión.
Nunca tuvo tanto miedo. La mente lo forzaba a revivir ese instante en que se veía estrellándose contra el camión. Gritaba para borrar la imagen. Nuevamente volvía a ver el resultado del choque, su cuerpo despedazado por el impacto. Borraba la imagen con otro grito y algunos puñetazos en el volante.
Finalmente apareció a lo lejos la indicación de una estación de servicio a un par de kilómetros. Comenzó a reducir la velocidad para entrar a la playa con algo de control sobre el auto. Estaba tan nervioso que temía chocar contra un surtidor o contra los cristales de la cafetería.
Paró el motor. Tardó varios minutos en acumular la energía que le iba a demandar bajar del auto y caminar hasta el bar sin caerse . Estuvo casi una hora tomando café y mirando la televisión sin entender demasiado lo que veía. Solo anhelaba que las noticias no anunciaran ningún accidente en la Ruta 11, como tratando de confirmar que seguía vivo, que su vida no había terminado y ya no era más que un fantasma.
Siguió viajando mucho tiempo más por la zona pero solo en los ómnibus que esos parajes olvidados puede ofrecer. Decidió no volver jamás a hacer ese recorrido manejando; una decisión que le agregó más horas a sus viajes y más años a su vida.
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