Algún dios menor. Un tipo distraído, pero misericordioso. Dice: ‘Ten una cosa, hazte feliz’. ¿Qué será? No el dinero: demasiadas preocupaciones, llaves tintineando, miedo al ladrón. Ni la juventud: orgullosa, fanfarrona, se va antes de que te des cuenta. ¿Gloria? Una fría corona de hojas de col cuando ya estás en la tierra y a nadie le importa.
Dame un rincón tranquilo. Sin esperar nada. Un patio sombreado al anochecer. Tres o cuatro libros, manoseados, con las páginas amarillentas. Hablar en voz baja, sin gritar. La lluvia sobre Rosario, un suspiro lejano. Y creer —aunque sea una ilusión— que todavía piensan en ti. Los que amaste.
Una tregua. Esa es la cuestión. El tiempo deja de perseguirte. El pobre corazón, cansado de perder, simplemente se detiene. Silencio. El mundo tal como es.
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