En un rincón olvidado —o acaso imaginado—, un hombre formuló una pregunta que ya había sido pensada y pronunciada: —¿Cómo llega el Diablo cuando lo invocan?
Nadie respondió de inmediato. El silencio tenía allí una densidad mineral, semejante al polvo depositado en los anaqueles antiguos. Afuera, la lluvia golpeaba el techo con la insistencia de penetrarlo.
Un sacerdote habló primero. Dijo que Satanás descendería envuelto en llamas, coronado de cuernos y de odio, como una bestia. Un filósofo sonrió con indulgencia y afirmó que el Diablo era apenas una metáfora útil para explicar la fragilidad moral del hombre. Un militar retirado, que había visto demasiadas fronteras rotas y demasiados jóvenes morir por banderas que cambiaban de color según el vencedor, murmuró:
—Si existe, ya no necesita aparecer. Nosotros hacemos su trabajo.
La conversación habría terminado allí, de no ser por un anciano que permanecía en el rincón más oscuro de la sala. Llevaba unas gafas redondas, el rostro consumido por la vigilia y una palidez semejante a la de quienes han leído demasiado. Nadie recordaba haberlo visto entrar.
El hombre levantó apenas la cabeza y dijo:
—En cada guerra que el ser humano genera, allí está el Diablo.
No hubo dramatismo en su voz. Lo terrible fue precisamente la serenidad con que lo afirmó.
Después guardó silencio. Pero no como ustedes creen —agregó.
Según aquel anciano, Lucifer ya no tenía la figura terrible que describieron los pintores renacentistas. El tiempo lo ha vuelto blando.
Y una noche —prosiguió el hombre—, el Diablo alzó la vista hacia Dios.
No había rebeldía ni odio, ni soberbia. Solo agotamiento.
—Me creaste para cargar las culpas de toda esa crápula humana —dijo Lucifer—. ¿Se dará cuenta algún día la humanidad de que soy el comodín de sus malas acciones? El anciano hizo una pausa. Afuera, la tormenta parecía disminuir.
—Estoy cansado de soportar tanto peso. Me declaro inocente.
Algunos rieron incómodos. Otros bajaron la mirada.
Porque la idea era intolerable: imaginar que el Diablo no fuese el origen del mal, sino apenas el espejo donde el hombre contempla aquello que no soporta admitir.
El anciano añadió entonces que Dios escuchó esas palabras en silencio. Y que después de un tiempo imposible de medir —porque en la eternidad no se mide, dijo:
—Lo sé. Ten paciencia.
Nadie habló durante varios minutos.
La lluvia cesó.
Cuando levantaron la vista, el anciano había desaparecido.
Sobre la mesa dejó un libro abierto. En una página sin numerar podía leerse una frase escrita con tinta temblorosa:
“Tal vez el Diablo sea el único inocente de la Creación”.
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