Se han ido posando
las certezas
sobre los párpados claros
y los cabellos negros,
sombras apenas
bajo la luz
que sostienes.
Ya no gravitas
alrededor,
sino que giras
sobre ti misma,
cada vez más serena,
como arcilla
en un torno,
en las manos
del alfarero.
Como estrella de tu Norte
que iluminase un sendero,
miramos hacia ti
y, sin saberte aún sagrada,
llevas en las manos
una llama que nace
del mismo centro
de tu latido, lento firme
e inevitable
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