En bolsas de papel

Me entregaron dos bolsas de papel de color café. Me dijeron que debía entregarlas a dos familias, los apellidos estaban ahí mismo escritos. Yo no quería hacerlo, pero me obligaron, me apuntaron con un fusil y me dijeron que no era negociable, yo debía entregarle esas bolsas a los Martínez y a los Ramírez, que vivían en la cabecera urbana del pueblo. Sabía que tenía que ver con los dos jóvenes desaparecidos, pero no sabía que contenía. Al principio pensé que eran algunos objetos personales, como cadenas, aretas o anillos; después me asusté creyendo que podrían ser partes mutiladas de sus cuerpos. Pesaban mucho, pero no sonaban objetos al interior, por lo que la segunda opción era más viable. Los objetos no suelen pesar tanto como el cuerpo. Pero sí, había algo mucho más pesado.

Tenía miedo de abrirlas, pero necesitaba saber qué era. Titubeé mucho antes de abrir una, despacio, tratando de que no se viera completo el contenido. Y no se iba a ver. Al principio escuché susurros, como cuando las ánimas del purgatorio le hablan a uno al oído para despertarlo y que no lo coja la tarde, aumentando más mi curiosidad, así que la abrí del todo, mirando el interior. Estaba vacía, pero lo que salió de allí era más escabroso de lo que imaginé: era la voz de Juan Manuel, gritando de dolor y suplicando por su vida. Aunque ahogada, reconocí la voz, porque los jueves a las seis de la tarde, él declamaba poesía en la emisora del pueblo.

Rogaba que por favor lo dejaran hablar con su mamá por última vez, que se quería despedir. Salió enojado de la casa con ella, lo supe porque él lo dijo, mientras sollozaba. Pedía que por favor no lo mataran. Cuando las torturas se hicieron más evidentes con los gritos, ya pedía que lo mataran, que él no sabía nada de lo que le estaban preguntando. Su llanto era intenso y desgarrador, le podía helar los huesos a cualquiera que lo escuchara, como me pasó a mí.

No sé cuánto tiempo pasó, pero se sintió eterno.

Quedé paralizada a mitad de camino. Me faltó el aire por un momento, sudaba frío, tenía las manos heladas, la boca se me secó y las lágrimas empezaron a caer. Tuve que sentarme porque la vista se me nubló. Experimenté una sensación de dolor que me atravesó el cuerpo. Lo que acababa de escuchar se quedó grabado en mi memoria: “Mamá, perdón por salir enojado. Mami, la amo mucho. Amá, me van a matar, amá, yo no me quiero morir. Déjeme hablar con mi mamá, por favor”. Clamaba como un niño pequeño por su mamá, como si al nombrarla, pudiera protegerse de lo que inevitablemente le iba a pasar. Ahí, Juan Manuel no se escuchaba de veinticinco años, que era la edad que tenía al momento de su desaparición.

No escuché la bolsa que contenía los últimos minutos de vida de Luis David. No me atreví a tanto. Suficiente fue para mí haber sido la mensajera de los gritos y súplicas que estaban empacadas en unas bolsas de papel café, para entregárselas a los familiares de los desaparecidos. Por eso pesaban tanto.

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