Los miedos vuelven siempre disfrazados, como esos pasajeros que uno reconoce apenas entran al vagón. Ya me pasó una vez: el cuerpo hablando en voz baja, el silencio de los médicos, la noche agrandándose en cada pensamiento. Lo afronté solo, con ese miedo animal que no tiene literatura ni consuelo. Era el tumor.

Y ahora no; ahora me niego a entregar otra vez mis días a la sospecha, a la espera, a ese monstruo diminuto que se instala primero en la cabeza y después en la sangre. Hay un momento en que uno se cansa de tolerar fantasmas, aunque vuelvan con nombres científicos y pasos de enfermero por el pasillo.

Lo peor no fue el tumor. Lo peor fueron los ochenta y un días.
Ochenta y un días entrando solo a ese territorio donde el miedo tiene olor a hospital y la esperanza se vuelve una costumbre cansada. Nadie acompañó el trayecto. Ni una mano en el hombro, ni un llamado absurdo para hablar del clima, ni esa mentira piadosa que a veces salva una tarde. Nada.

Y uno descubre entonces que la soledad no hace ruido; trabaja despacio, como la humedad en las paredes. Va dejando marcas. Porque el dolor del cuerpo termina negociando con los médicos, con las pastillas, con el tiempo. Pero el abandono no. El abandono queda ahí, sentado al borde de la cama, mirándolo a uno como si fuera un desconocido.

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