La sangre corre, fluye, se reparte y comparte. Es finita y poco fiel, a veces mía y a veces suya. Diría que es única y, si la compartimos, es por una clara vinculación. Es caliente y a veces fría, lo importante es que sigue en movimiento. No se detiene, no debería y no lo hará, ¿no? No es fiel mentirle a mi sangre, no es legítimo y no es leal. Se puede encontrar en muchos cuerpos, algunos honestos y otros con una más espesa y fría. La mía es extremadamente roja, caliente, líquida y corre, corre, corre, corre sin frenos. Si es necesario, saltará de mis venas si la tuya no es suficiente. Gritará para protegerte. Es así que me pregunto por qué, cuando mi sangre es tan exagerada y voraz, recibe un choque de su sangre azul, fría y lenta. ¿La mía habrá hecho algo mal? No lo catalogaría de esa manera. Diría que trotó exageradamente por gente que creyó fiel y que, con una daga fría, se acercaron, tajaron mi brazo y enfriaron la mía. Fue contaminada, pero no eliminada.
La sangre se cura, pero la herida del metal queda y queda para siempre. Mi sangre latirá de manera nerviosa a verlos acercarse, se protegerá y temerá sentir ese frío metálico nuevamente. Mi sangre ahora permanecerá protegida.
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