Cae la noche, las chotacabras se regocijan entres los abedules y alguna lechuza se lanza a explorar en medio de la obscuridad. El café se enfría, las galletas saben rancias y el aroma de aquel perfume casi se desvanece totalmente. Entonces la lectura ya no sostiene mi necesidad de permanecer atento. Abandonó los libros, salgo en medio de la noche esperando encontrar lo que hace tiempo encontré y dejé partir pensando que sería capaz de encontrar en otro lugar.
Insectos nocturnos recitan oraciones en un extraño lenguaje que solo la luna y las estrellas entienden, esas que les guiñan los ojos, mientras ellos con su miserable presencia cantan desde el alma y abrazan las notas como si de salvación se tratara, como si la vida misma estuviera en empeño. Las ratas se pasean entre los matorrales, arman un comercio casi perfecto entre el maizal del granjero y el huerto, allí comen, discuten, pelean y hasta se matan. Finalmente, el animal más extraño de todos pulula a tropezones por el camino. Intenta caminar, otras veces arrastrarse, pero siempre con la misma ansiedad; llegar hasta el final. Levantar los brazos, sostener la luna, acariciar las estrellas y después entregarse a la devoción de cualquier Dios que escuché su oración. Ha rezado sin cansancio, algunas veces al Dios de la cruz, otras veces al Dios de los orientales y muy pocas al Dios de los sirios, pero reza y reza incansable esperando que alguno de ellos le pueda ayudar. Brindar esa ayuda tan necesaria, de vital importancia para él porque ya no es su vida la que depende de ello sino algo más grande. Pero ningún Dios ha respondido hasta ahora, así que intenta una vez más volcar sus ruegos a lo primario a la esencia misma de la vida; la naturaleza. Por tal razón de ves en cuando abandona la comodidad de su hogar para explorar los senderos nocturnos del bosque, recita cánticos a los árboles, a las rocas, al riachuelo y hasta intenta hablar con las lechuzas y después de todo el resultado es el mismo; no hay respuesta.
Criatura extraña, criatura soberbia o criatura tonta. Depositar sus esperanzas en el invisible, apostar la vida al susurro del viento, porque esa es la oración, un susurro lanzando al viento que bien o mal puede ser recogido en los oídos de algún ser superior. Sin embargo, siempre llega el día, porque de tanto clamar alguien tiene que escuchar sea para bien o para mal.
Entonces el viento golpeó con fiereza las ramas de los abedules, las lechuzas levantaron el vuelo asustadas. Los insectos se encondieron entre las rocas y las estrellas se hicieron ciegas. La noche se hizo más oscura y el frío vendaval heló, leves pisadas se escucharon a lo lejos y el tarareo de alguna melodía que se intensificaba a medida que se acercaba. Sus ojos brillaron, sintió la piel erizarse, una especie de temor invadió el corazón, le costaba respirar, le costaba mantenerse en pie y casi por impulso se puso de rodillas. Cada vez más cerca, cerca y finalmente llegó; le miró arrodillado y le dijo:
«Me llamaste y respondí, pero tú no tienes nada para mí, sin embargo sé que hay alguien que si podría morir por ti, eso me interesa, tú no, si puedes intercambiar podemos negociar.»
Esa noche Naresh tuvo respuesta a su clamor y desde esa misma noche su escritura mejoró, pero su hija despareció.
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