Que feos e interminables son los feriados cuando uno es pobre.

Como si el feriado hubiera sido inventado por hombres ricos para descansar de una fatiga elegante.
El pobre, en cambio, se queda frente a las horas vacías, viendo cómo la ciudad baja las persianas y hasta los cafés parecen darle la espalda. No hay viajes, no hay quintas, no hay almuerzos interminables bajo una glicina; apenas el ruido lejano de familias ajenas y el peso insoportable del tiempo.

Entonces uno descubre que la miseria no siempre consiste en no tener dinero, sino en no saber qué hacer con un día entero. Y el feriado, que para otros es promesa, para algunos termina siendo una sala de espera demasiado larga.

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