A veces los buenos matan. Después de pronunciar estas palabras se acomodó en el sillón del fondo del salón, abrió la ventana, encendió un cigarro, le dio una calada y con los ojos centellantes del cielo azul y las montañas suspiro y dijo:
No es la bondad y tampoco creo que sea un asunto de maldad, el problema radica en que los seres humanos somos vanidosos. ¿Ha sido vanidoso alguna vez? Yo creo que si.
No me refiero tan solo al acto de plantarse frente al espejo y arreglarse o quejarse de hasta la más mínima imperfección o el hecho enfermizo de vestirse y desvestirse tantas veces solo por el gozo del que dirán. Y mucho menos me refiero a esa vanidad intelectual, esa que radica en aprender por aprender sin hacer, así como los loros aprenden a repetir las palabras. La vanidad a la que me refiero es esa vanidad espiritual y no, no por Dios con él o sin él. Esa vanidad de querer o fingir hacer el bien o el mal tan solo por sentir ese pequeño placer al que llamamos; consciencia, ser conscientes del dolor del otro, ser empáticos dicen los expertos. Siempre he dicho que yo tengo una maldad por hacer el bien, porque es así. Mi maldad radica en exprimir la verdad aunque duela, querer enterarme de ella aunque me lleve a los bordes de la locura. Recuerdas esa vez en la que quería lanzarme de lo alto de la azotea al no tolerar la verdad que me contaron. He llegado a los extremos y para mi el bien es ese, hacer el bien a veces implica hacer el mal desde la perspectiva del otro. Esto también, ya que mi bien, no es tu bien… Yo puedo estarme haciendo bien con tu compañía, con mi charla, con mi apreciación de las cosas y tú podrías estar pasando por un gran mal, porque no toleras mi forma de ser y mi forma de hacer el bien. Pero yo siempre me jacto de ser bueno y al hacerlo soy un vanidoso. Si dono comida y luego le digo al vecino, a mi perro y a tu madre que doné comida a los pobres del pueblo, seguro me verán como un ser caritativo, pero eso también es vanidad. Que nadie se entere de lo que hago, eso sería mejor y si al no enterarse algunos opinan que yo soy una lacra porque no me han visto donar, estaré a prueba.
Pero volviendo al tema, como te decía, no es bondad, ni es maldad, es solo ser. Calificar el acto depende de ti y ya no de mi, depende de los otros. Porque si yo mismo intento calificar mis actos, eso es vanidad, porque el ser humano no esta hecho para hablar mal de si mismo, para juzgarse correctamente. Estamos hechos para apreciarnos, incluso cuando hablamos mal de nosotros mismos.
Dejó el cigarro a un costado de la mesa. Se detuvo a observar con sigilo el estante de libros, tomó uno, lo miró de reojo, lo volvió a dejar en la estantería y salió.
…
No lo conozco, no sé de donde llegó, solo sé que mientras yo estaba desayunando en mi salón un extraño abrió la puerta, se paseó por mi casa, fumó un cigarrillo, miró un libro y se fue. No lo conozco, no sé de donde salió y no se a donde fue. Juro que jamás lo había visto.
…
Ese día la policía no le creyó, ese día, ni ningún otro día. Porque ya sabían que tenía aquella enfermedad mental. Le recomendaron a la madre encerrarle en el psiquiátrico, pero ella se negó. Después de todo ella no hacía daño a nadie, solo vivía y de vez en cuando decía ver a extraños paseando por la casa. Su vida era un mal para algunos, pero para mi es un bien, sigue siendo fuente de luz, de vida y de creación. Unos piensan que está loca y yo pienso que la amo y por eso la visito muy de vez en cuando, porque mi amor es bondad.
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