Cartagena de Indias

Cartagena de Indias

Alfredo Sanz

24/05/2026

Amanece lentamente. Como si fuera una losa que me aplasta, trato de sacarme las sábanas de encima. Todavía está oscuro pero ya empieza a clarear muy lentamente. 

Siento un calor agobiante y húmedo al que no estoy acostumbrado. No es el calor pegajoso de la ciudad donde vivo, es algo más intenso. Me recuerda el clima de unas olvidadas vacaciones por el Caribe.

Trato de incorporarme pero me cuesta más de lo habitual. Me siento al borde de la cama pero algo tarda en acomodarse en mi cabeza. ¿Dónde está mi pie izquierdo?

No entiendo que pasa. Me empieza a desesperar esa sensación de no tener en claro si sigo dormido dentro de una pesadilla o ya me desperté. Trato de encontrar el interruptor del velador, pero en la mesa de noche solo hay un pequeño candelabro con una vela apagada. La luz del día que comienza sigue avanzando y ya me permite ver algo más de la habitación. ¿Dónde están mis muebles, mi computadora, mi celular, mi pierna?

Me recuesto nuevamente y vuelvo a cerrar los ojos con fuerza con la esperanza que al abrirlos, todo vuelva a la normalidad. Pero no. La habitación que me resulta ajena ya está menos difusa y veo que todos los muebles parecen traídos de un museo. 

Puedo mover poco mi brazo derecho y no me animo a tocarme para ver si está mi pierna izquierda. Me siento por segunda vez en la cama y ya se percibe por la ventana muy a lo lejos una inmensa bahía con algunos barcos. Pero no son barcos comunes como los que uno vería en un puerto, no son cruceros de alguna naviera, no son mercantes. Son naves antiguas, a vela, que se parecen a esos barquitos que dibujábamos de chico para el 12 de octubre. No logro entender la imagen de la ventana y al incorporarme para tratar de ver con más detalle lo que parece una flota, encuentro a la derecha de mi cama, tirada en el piso. una prótesis bastante primitiva que debe ser lo que  completa mi pierna faltante. Quiero despertarme ya mismo, en este mismo instante. Ya. Quiero salir de esta pesadilla pero lo único que me sale es llorar a los gritos como un nene en un berrinche.

De repente golpean con fuerza la puerta de la habitación. Creo que mis alaridos han logrado alertar a alguien para que venga a sacarme de esta tragedia en la que estoy atrapado. Pero no se trata de alguien que viene en mi ayuda. Es un hombre corpulento vestido de soldado como para un carnaval, con sombrero y espada al cinto, que entra sin esperar siquiera mi respuesta.

_ Permiso Don Blas! el virrey Don Sebastián de Eslava exige su presencia inmediata para preparar el Consejo de Guerra!

_ ¿…..qué?

Nos quedamos un instante mirándonos el uno al otro sin entender qué pasaba exactamente. El soldado, justificando mi desconcierto en la forma brusca de despertarme. Yo, imaginando que todo esto era resultado de algo que no debí haber probado la noche anterior, aunque tampoco recordaba bien dónde había pasado mi última noche. El soldado prosiguió:

_ Es urgente Don Blas! Ya están los ingleses apostados y por la maniobras esperamos que el desembarco sea inminente. Permítame que le ayude a usted con su pierna.

No pude siquiera resistirme cuando el soldado ya se había dispuesto a colocarme la pata de palo, tarea que por la destreza con que lo hizo debería ser seguramente una rutina diaria entre nosotros. Me ayudó a vestirme tan rápido que no pude prestar mucha atención a las prendas que me estaba colocando. ¿Yo tenía puesto anoche este disfraz de hace siglos?

Para mi sorpresa, pararme con una pierna hecha de madera no me resultó difícil. El soldado me acercó un sombrero pesado, de ala ancha. Si esto no fuera trágico, estaba listo como para una fiesta de disfraces.

Casi saliendo de la habitación pude observar mi cara en un espejo cercano a la puerta. ¿Quién era? Mi horror se profundizó al entender por qué me había costado tanto en los últimos minutos enfocar la vista: me faltaba el ojo izquierdo. Me quedé paralizado frente a esa imagen desconocida del tuerto rengo. Pero no por demasiado tiempo porque el soldado ya me tomaba por un brazo para que lo acompañe. Seguramente no quería dar explicaciones de por qué se demoró tanto en llevarme a donde sea que me llevara.

Tratando de mantener el paso como podía y mientras lo seguía por un pasillo con diminutas ventanas, le pregunté:

_ ¿Qué día es hoy, soldado?

_ Lunes mi comandante, dijo sin detenerse

_ ¿Lunes cuánto?

_ Lunes 13 Mi Comandante!

_ ¿De julio?

El soldado se dio vuelta y me miró como para medir si estaba bien o seguía aturdido.

_ ¡Lunes 13 de Marzo, Comandante! Hoy es lunes 13 de marzo, dijo seriamente remarcando cada sílaba y elevando más la voz que en las respuestas anteriores.

_ ¿De qué año? pregunté. Y antes de haber terminado la pregunta me dí cuenta que es del tipo de preguntas que siempre lo dejan a uno en una situación incómoda. 

El soldado se detuvo, se dió vuelta para mirarme directo a la cara y me dijo:

_ Don Blas, no se que le ocurre. Hoy es lunes 13 de marzo de 1741, tenemos a la flota inglesa frente a la bahía de Cartagena y si no hacemos algo rápido, no va a quedar ni una sola piedra española de acá al Río de la Plata. Ahora por favor le pido que trate de componerse porque el Virrey no está precisamente encantado con la idea de reconocer que usted tenía razón y que el ataque inglés no va a ser en La Habana como él insistía sino aquí mismo en nuestras narices. Vamos por favor.

Sin tener la menor idea de lo que me estaba diciendo, lo seguí para poder encontrar alguna explicación en esta realidad en la que me había despertado. Delante nuestro se presentaba una escalera de madera muy amplia que la falta de mi pierna me obligó a subir peldaño por peldaño. Llegando a la planta superior, casi al finalizar la escalinata, quise girar como si tuviera experiencia con mi nueva condición. Cuando intenté pararme sobre mi pierna buena, comencé a caer sin que el soldado pudiera siquiera darse cuenta que el rengo que lo seguía comenzaba a derrapar, a desandar el camino recorrido al triple de la velocidad de subida, como una pobre bolsa que rodaba escaleras abajo, desprendiendo en su caída sombrero y pata de palo, cual nave que en un intento desesperado por evitar el hundimiento, se desprende del lastre que llevaba.

Me tragó nuevamente la oscuridad. No podría asegurar la hora en que me desperté en la cama del Sanatorio, muy dolorido, rodeado de instrumentos y con el televisor encendido, sin volumen. Desde la ventana de la habitación podía ver el techo del Carrefour de Pellegrini. No quería ni siquiera pensar en moverme. Mejor aguardar que venga alguna enfermera. Tal vez el choque no haya sido tan grave.

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