Siempre me costó entender como es que hay personas a quienes les cuesta tanto dormir. En mi caso, acostarse y dormir son eventos tan próximos que rara vez logro darme cuenta de la diferencia. Ese breve instante en el que dejo este plano de la realidad y entro en el mundo del sueño, donde todo es posible. Me ha pasado de dormirme tan rápido, que si alguien me observara podría pensar que estoy fingiendo. Pero realmente mi mente ya dejó esta realidad y entró en la casa de mi abuela Roberta, en la calle Luis Viale, con un patio enorme en el centro de la vivienda y las habitaciones a un costado, una casa chorizo típica donde al final está el baño, con una galería abierta que conecta todas las habitaciones, el comedor, la cocina donde está Roberta, sentada a la mesa con mantel de plástico, con un cuchillo en una mano y una gallina bien sujeta con la otra. Me mira y dice «Avisá que en una hora comemos» mientras le clava el cuchillo en el garguero a la gallina que desaparece, se desinfla y quedan solo las plumas. Salgo de la cocina porque entra mi tía Estela y mi mamá está peleada hace años con Estela. Si mi mamá me ve cerca de ella se va a enojar. Entonces voy al patio donde está mi bisabuela Elvira sentada, tomando mate en una jarrita enlozada, hablandole a alguien que solo ella ve. Yo le hablo pero no me responde, me ignora, pero igual le aviso que se corra porque va a entrar un auto y por la puerta principal entra el Buick modelo 46 de mi papá, un auto inmenso, o eso me parecía a mi a los 6 años. Mi papá maneja, me dice «Subí». Me meto por la puerta de atrás y al cerrarla el portazo me despierta y noto que la habitación no está del todo oscura, se filtra mucha luz de la calle por las rendijas de la persiana. Me levanto con el fastidio de tener que interumpir el sueño, acomodo la persiana, la cierro bien, me vuelvo a acostar y no puedo terminar de taparme porque el colectivo en donde estoy viajando se mueve mucho, se sacude, la gente grita dentro del omnibus doble camello, todos están fumando y me miran raro. Entonces me levanto de mi asiento y voy a hablar con el chofer que es mi amigo Oscar. Está de traje, saco y corbata azul oscuro y mira muy fijo para adelante. Le digo «Oscar, me quiero bajar» pero primero no me escucha y después de insistir me mira y me dice que él no puede hacer nada porque ya se murió hace ocho años. Ahí me doy cuenta que el colectivo en realidad está vacio y es un pasillo largo lleno de puertas que se abren y dejan entrar luz, así que me levanto de nuevo y trato de cerrar también la puerta del dormitorio que vaya a saber por qué no se cerró bien y deja pasar una luz del living que se cuela por la puerta entornada. La cierro bien, me acuesto de nuevo y quedo sobre el colchón sin taparme porque está arriba del mar, flotando, y las olas lo balancean. Todo está húmedo y frio, es todo incómodo, el pijama se me moja, siento todo mojado y pegajoso, me quiero despertar pero somos varios los que tratamos de salir del barco. El oleaje es muy fuerte, todos corren y algunos se caen, me empujan, siento un peso enorme encima mio, me están aplastando, así que tengo que sacarme de encima a la perra que se acostó en algún momento sobre mis piernas. La echo de la habitación, vuelvo a cerrar, verifico la persiana, las sábanas, la almohada y me acuesto. Cierro los ojos y suena el teléfono, me quedo despierto un instante apostando a que no va a insistir pero no desiste. Corta y vuelve a sonar, me levanto, tomo el auricular y escucho «¿Por qué seguís dormido? Algún día te vas a dar cuenta pero va a ser tarde» Me quedo mirando el aparato, lo dejo descolgado, vuelvo a la cama. Nueva verificación: la perra fuera de la habitación, la persiana cerrada, la puerta del dormitorio cerrada, el placard abierto. ¿Por qué quedó abierto? Trato de cerrarlo pero la puerta no desliza y adentro se ve el jardin de la casa en la calle Colón, con el laurel enorme al frente. El jardin es inmenso, más grande de lo que recordaba. No tenía tantas plantas cuando era chico. Ahora está lleno de arbustos y plantas enormes donde hay personas escondidas hablando, las conozco, sé quienes son pero no las identifico del todo. Una de ellas se acerca y me avisa que están por dar las doce y hay que ir a la fábrica. Ya tengo puesto el mameluco y los zapatos, ya puedo entrar en Telmec a trabajar, hay máquinas por todos lados, mucho ruido a motores, es todo muy estridente, es el vecino que, como de costumbre, empieza a la madrugada con el taladro en el departamento de al lado.
Me siento en la cama, cansado, derrotado, ni dormido ni despierto. Voy a la cocina y pongo el agua para el mate. Me cebo el primero y es lo primero que disfruto en horas.
Creo que le voy a jugar al cuarenta y ocho.
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