Todos los días a la misma hora tomaba el subterráneo en la estación Castro Barros de la Línea A. Tenía bien calculados los minutos de viaje, primero hasta Plaza de Mayo y después una breve caminata hasta Alem y Tucumán donde estaba la oficina en la que dejaba a diario nueve horas de vida.
La vuelta a casa era simétrica. Primero caminata hasta Plaza de Mayo y luego Línea A hasta Castro Barros. Era habitual que llegara a su casa después de las ocho de la noche. Empanadas o pizza del bodegón de la esquina y una cerveza (o mejor dos) era su cena de soltero con la que terminaba el día.
En esos viajes diarios en la Línea A pasaba por la Estación Alberti Norte, con lo cual se anticipaba el momento en que el vagón pasaba por el andén abandonado de la estación. Elegía distraer su mirada con alguna pasajera o sumergirla en el placer más seguro que le daba la lectura de algún libro. El tema era evitar mirar demasiado para la oscuridad del andén. Porque igual que cuando era un niño, no quería mirar por las ventanillas cuando pasaba por allí.
El viaje le era conocido desde hacía muchos años y le seguía dando la misma incomodidad ese instante en que el subterráneo pasaba frente a Alberti Norte. Era una estación de un solo andén que fue abandonada en 1953 por alguna razón técnica u operativa que ya no importaba. Todavía recordaba esos viajes de niño con su mamá para visitar a los parientes «con plata» que vivían en Palermo. El viaje comenzaba en Moron, tomaban el ferrocarril hasta Plaza Miserere y de ahi, Línea A hasta Perú y Línea D hasta Plaza Italia o Palermo (nunca supo el motivo de su madre para elegir la estación donde bajaban). Luego una caminata de un par de cuadras y llegaban al edificio donde vivían sus tías «ricachonas».
Y aunque el tiempo había pasado, aunque la niñez ya estaba lejos, la incomodidad de Alberti Norte persistía. Ahora que era un hombre adulto que trabajaba en el microcentro de Buenos Aires seguía con ese temor de mirar hacia el andén.
Hubo un día en que no pudo evitarlo. El subterráneo bajó mucho la velocidad, como si buscara detenerse. Los pocos pasajeros que lo acompañaban en ese horario eran indiferentes a lo que estaba pasando y cada uno seguía en su mundo. Las luces parpadearon, aunque esto fuera una característica habitual de los viejos vagones de madera de la Línea A. Ningún pasajero se soprendiá con estos breves apagones.
En uno de esos instantes miró por la ventanilla. La estación estaba iluminada solamente por las luces intermitentes del vagón que se deslizaba muy lentamente con un suave chirrido. El andén estaba lleno de trastos, restos de obras y trabajos hechos en algún lugar de la red que terminaban en Alberti Norte por falta de un lugar mejor. El cartel esmaltado con el nombre de la estación también seguía dando información que ya nadie precisaba. La estación todavía conservaba el azulejado
blanco original de la centenaria Línea A. La mugre se adivinaba por todos lados. Fue antes de llegar a la mitad del andén que los vio parados. Eran dos hombres con ropa bastante sucia, seguamente por la mugre de su trabajo. Uno llevaba una gorra oscura, el otro un sombrero negro, ambos tenían puesto un pañuelo mugriento alrededor del cuello, de color indefinido después de años de sudor. Una camisa blanca con manchas de suciedad, arremangada hasta los codos, completaba el atuendo de los obreros. Sus caras también tenían los manchones de quien se estuvo
restregando el sudor con las manos sucias. Los dos tenían bigotes poblados pasados de moda. Todo tenía un estilo de fotografía en sepia, algo de otra época lejana. El de sombrero sostenía una pala por el mango. El otro tenía un pico apoyado sobre el hombro, mientras se rascaba la cabeza con la misma mano con la que había apartado la gorra.
Se miraron con desconcierto mutuo. Él los miraba con miedo e incredulidad. Ellos lo miraron con la ansiedad de quien espera ser reemplazado.
Por un momento tuvo la certeza que si el tren se detenía, no tendría más alternativa que bajar porque ese vagón solo era para que lo aborden fantasmas. O peor aún, para que bajen pasajeros muertos, pasajeros que ya no podían continuar el viaje con los vivos. Esa idea lo heló, sintió frio en la piel de la nuca, sintio las manos heladas. Estaba tan tenso que si fuera una cuerda ya se hubiera cortado.
De repente el subterráneo aceleró y comenzó a ganar velocidad para alcanzar Plaza Miserere, la estación siguiente. El tren llegó al andén y se inundó del bullicio de los que transbordan hacia el Ferrocarril Sarmiento con rumbo al Lejano Oeste.
Pasaron los años, él cambió de trabajo, de barrio, de transporte. Y aunque ahora solo viajaba en colectivo nunca olvidó a los obreros ni dejó de preguntarse si finalmente habría llegado su reemplazo.
OPINIONES Y COMENTARIOS