Era una tarde de sábado algo fresca para esa época del año. La niña y su padre esperaban la llegada del tren sentados en el andén norte de la vieja estación abierta de Villa Luro. La estación de chapa, sin ningún resguardo del viento, no era el lugar ideal para una espera demasiado larga en una tarde como esa.

Con suavidad el padre tomó a la pequeña de la mano y ambos se pusieron de pie. Un tren ya iba entrando al andén y mientras aguardaban que el vagón detenga su marcha, el padre le explicaba:

_ Muy bien… ahora vamos a esperar paraditos acá que el tren se pare, sin acercarnos mucho porque es peligroso quedarse muy cerca. Después que abra las puertas hay que dejar bajar primero a la gente para que podamos….

_ Si pa, ya lo sé. Igual este tren no para.

_ ¿Cómo hija…?

_ Que este tren no va a parar, pa….

El padre no dio demasiada importancia al comentario de la niña y volvió su atención a la formación que seguía frenando pero aún sin detenerse. El tren mantenía una velocidad lenta y constante. Sin llegar nunca a detenerse comenzó a acelerar, de a poco al principio, más rápido al final, hasta que el último vagón pasó como una ráfaga.

El padre no comprendió por qué el tren no se detuvo. No habían anunciado por altavoces que ese tren fuera un servicio rápido de los que ya no tenían paradas hasta llegar a Once. Pero menos comprendió cómo lo supo su hija.

_ ¿Cómo sabías mi amor que el tren no paraba?

_ No se… son cosas que yo veo de antes, pa.

La niña corrió de nuevo al banco a esperar el próximo tren. Su padre se quedó mirándola con sorpresa y cierta inquietud. Tal vez lo habían anunciado en la poco confiable cartelera luminosa, pero eso serviría de explicación solo si su hija supiera leer.

Siguieron gastando la espera jugando al Veo Veo hasta que llegó el próximo tren. Esta vez sí se detuvo y subieron al coche más cercano. Venía con pocos asientos libres así que eligieron sentarse en el más cercano disponible. Frente a un matrimonio mayor encontraron una butaca doble que estaba en buenas condiciones, aunque lo habitual era que esos asientos de cuerina verde del Ferrocarril Sarmiento estuvieran bastante maltratados.
La niña quedó del lado de la ventanilla a la que apenas se asomaba con dificultad. La pareja sentada en frente iba tomada del brazo. Ambos eran bastante robustos, él de traje y corbata, perdido en sus pensamientos mirando hacia afuera y ella muy maquillada, con un tapado que llevaba abierto. Cada uno de ellos iba en su mundo pero la presencia de la niña los animó a empezar una conversación. La señora disparó.
_ ¡Ay pero que nena tan bonita! ¡Mirá Roberto! ¡Qué lindos ojos tiene esta princesa!
El padre tomó a su hija de la mano con suavidad para ayudarla a atravesar la vergüenza que le daba la situación. Mientras la miraba le dijo:
_ Decile, “Muchas Gracias Señora”
_ “Muchas…. Gracias… Señora” repitió la niña.
La mujer prosiguió.
_ Decime Princesa, ¿sabías que tenés unos ojitos muy bonitos? Son del color de mi piedrita de la suerte, mirá…
Y mientras decía ésto, tomó la delicada cadena que llevaba al cuello y comenzó a extraerla de su escote para que pudiera verse el dije. Era una medalla grande, probablemente de oro como también parecía ser la cadena. Una aguamarina enorme en el centro de la medalla hipnotizaba al que la viera. La niña llevó sus manitas a su cara y se tapó los ojos con miedo.
_ ¿Qué pasa hija? preguntó el padre tratando de calmarla.
La señora quedó sosteniendo la aguamarina en la palma de la mano, con más asombro que preocupación por la reacción de la niña. 
_ ¡No quiero! ¡No quiero! repetía la niña mientras seguía tapándose la cara con las
manos.
_ ¿Qué cosa mi amor?
La niña comenzó a sollozar mientras respondió susurrando al oído de su padre:
_ No quiero que me saquen los ojitos cuando le saquen la piedra a la señora, pa!
_ No, hija! ¿Pero qué decís?
El padre continuó calmandola. La alzó a upa para consolarla mientras el tren comenzaba a detenerse en Floresta. Casi no había pasajeros esperando para abordar con lo cual fue una parada muy breve. En el mismo instante en que sonó el silbato alertando que el vagón estaba por cerrar sus puertas, un pasajero sentado pasillo de por medio en diagonal al padre se abalanzó sobre la señora. De un tirón le arrancó la cadena del cuello y en dos trancadas saltó del vagón un segundo antes de que las puertas se cerraran. El tren arrancó. Los que iban del lado de la ventanilla alcanzaron a ver al ladrón jugando con la joya mientras el tren se alejaba.
En el vagón se encendió una pequeña conmoción entre los pasajeros. La señora sin aguamarina daba gritos cortos interrumpidos por arranques de llanto. Su marido se repartía entre tratar de calmarla, insultar al ladrón, o decidir si era posible todavía hacer algo para recuperar la joya. La niña se aferraba con miedo a su papá, la carita hundida en el pecho de su padre. Al lado de donde había estado sentado el ladrón, una señora joven, embarazada se agarraba la panza con angustia.
_ ¡Dios mío! ¡Me pudo haber hecho algo a mi…! A mi bebé!!!
El padre con su hija todavía a upa trató de consolar a la señora embarazada improvisando frases hechas. El marido de la señora asaltada abrazaba a su esposa mientras ella continuaba llorando y maldiciendo. Otros pasajeros se acercaron y entre todos comentaban el hecho como tratando de promediar una explicación. Nadie podía creer la audacia del ladrón.
_ Ya no se puede viajar tranquila, decía otra señora que se acercó al grupo.
_ Esto pasa porque no hay suficientes Guardias en el Ferrocarril, deducía un señor pelado de campera marrón.
Mientras seguía el debate, el padre le preguntó a su hija casi en un murmullo:
_ Mi amor… ¿Cómo sabías que iban a robar a la señora?
Con su voz más pequeñita, para que solo pudiera oírla su padre, la niña respondió: 
_ Porque son cosas que yo veo de antes pa.
El padre la sentó a su lado de nuevo y le dijo:
_ Mirá, vamos a hacer ésto. Antes de ir al cine nos vamos a tomar una chocolatada así de grande, querés? Tenemos tiempo de sobra, mi amor. Chocolatada con un alfajor para vos y otro para mi  Princesa…
Todos se fueron calmando de a poco a medida que el tren continuaba su viaje. Solo la señora embarazada continuaba angustiada. La niña se paró, se acercó a ella y le preguntó por qué estaba triste.
_ Gracias Princesa! Estoy bien. Ya estoy más tranquila. Ese señor malo me asustó. Pero ya estoy bien y mi bebé también. 

La niña le respondió con una sonrisa y volvió a sentarse al lado de su padre. El tren ya se aproximaba a la estación Once y muchos pasajeros se levantaban y comenzaban a caminar hacia la punta de la formación para quedar más cerca de la salida. Para cuando el tren se detuvo sólo el padre y su hija permanecìan sentados en ese vagón. El padre se paró y la alzó en brazos mientras le decía:
_ Que lindo lo que le dijiste a la señora hija, sos una Princesa muy buena.
_ Gracias Papi. No quería que esté asustada.
_ Lo que pasa es que ella tiene un bebé en la panza y lo cuida mucho mucho. Por eso se asustó.
_ Igual al bebé ya no le va a pasar nada papi, porque ya está en el cielo.
_ ¿Cómo hija?
El padre la bajó al piso del andén y se agacho hasta quedar a la altura de sus ojos.
_ ¿Qué decís hija? ¿Qué estás diciendo?
_ Eso papi, que el bebé está con Dios.
El padre la tomó por los hombros y le dijo
_ Pero ¿Por qué decís eso mi amor?
_ No sé… son cosas que yo veo de antes, pa. ¿Te acordás que te dije?
La niña le dio un beso en la mejilla. lo tomó de la mano y comenzó a caminar por el andén hacia la salida de la estación. El padre solo atinaba a dejarse llevar por la hija. Casi a la mitad del andén, la niña le dijo:
_Veo! Veo!

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