Como era costumbre en su diario cirujeo por Rosario, el viejo ciclista terminaba su recorrido pedaleando hacia el este por calle Mendoza. Cuando llegaba a Ovidio Lagos, pocos metros antes de alcanzar la bocacalle, el semáforo siempre cambiaba para esperarlo en rojo. No importaba lo rápido o lento que se acercara, lo recto o zigzagueante de la marcha, siempre tenía que detener la pesada bicicleta, cargada de cosas que había ido cirujeando en su recorrida. Todos los que alguna vez hayan andado en bicicleta entenderán a qué me refiero. Al parar y volver a arrancar la inercia siempre nos está esperando. Más todavía cuando se trata de una bicicleta vieja y destartalada que pesa casi tanto como el ciclista.
Al principio el viejo creyó que era pura casualidad, pero la reiteración de una simple coincidencia puede transformarla en una rutina de esas que cada vez se vuelven más insoportables.
Con el tiempo comprobó que todas las noches era igual. En una oportunidad intentó hacerse el distraído y se fue acercando con lentitud, como dándole a entender al semáforo que podía hacer lo que quisiera, que a él no le importaba. Pero esa luz roja, inexorable, lo penalizaba con su diario castigo: parar y volver a arrancar, gastando la poca energía que le quedaba después de haber pasado el día entero yirando por la ciudad.
También probó acelerando todo lo que pudiera antes de llegar al cruce, pero esta era una estrategia peligrosa. Una vez el cambio de luz lo atrapó en medio de Ovidio Lagos y tuvo que apurarse para evitar que lo pisaran. No hay auto que venga por esa avenida que, teniendo luz verde para pasar, se cuestione siquiera la necesidad de poner el freno. Porque en otras calles puede ocurrir que algún peatón o ciclista despistado quede en medio del cruce y todo el cardumen de autos se tome esos segundos de reflexión que le permiten al distraído llegar a la vereda opuesta, pero no en Mendoza y Lagos, no en esa esquina. La luz verde de ese semáforo es más que una simple señal de paso, es casi un derecho divino para castigar mortalmente a quien se distraiga, a quien no haya respetado la Trinidad Cromática. Dieu et mon droit.
Una noche, que iba más cargado de lo habitual, no pudo evitar la bronca y lo puteó.
Desde esa noche empezó a maldecir cada vez que pasaba frente al semáforo. Un «laputaquetepario» dicho por lo bajo, casi diluido entre el ruido de los autos. Ahora, al duelo habitual entre la máquina y el hombre, se le sumaba la puteada cotidiana cada vez más cargada de odio.
—¡Semáforo de mierda! ¡Dejame pasar la rep…!
El grito ya era costumbre. El ciclista se quedaba mirando con rabia la luz roja que una vez más lo había detenido, tratando de descargar toda su bronca sobre ese mecanismo de mierda, que en ese instante representaba cada obstáculo que la vida le había atravesado.
Hubo otra noche en que la cosa fue a mayores. Era tarde, poco antes de la medianoche, ya casi no quedaban transeúntes. El ciclista se aproximaba con su marcha habitual por Mendoza preparándose para la batalla contra el artefacto, que sabía perdida de antemano. Pero esta vez, para sorpresa del semáforo (si es que un semáforo puede sorprenderse de algo), el ciclista se detuvo antes, dejó apoyada su pesada bicicleta sobre un poste y esperó pacientemente para cruzar a pie. Cuando estuvo en la vereda opuesta, se acercó al semáforo, se abrió el pantalón lo suficiente como para proceder con comodidad y lo meó. Fue una meada larga, relajada, juntada con paciencia a lo largo del día, preparada para ese momento en el que iba a descargar todo el rencor acumulado. Al terminar lo inundó una sensación de triunfo a la que alguien como él no estaba acostumbrado.
Cruzó de nuevo la calle para volver a su bicicleta, esperó el siguiente cambio de luces y retomó la marcha pedaleando y cantando. Considerando a la felicidad como un concepto tan relativo, no nos equivocaríamos pensando que, a su manera, se sentía feliz.
La noche siguiente al acercarse a la esquina de su victoria vio que el semáforo había cambiado a verde veinte metros antes de que él llegara a la bocacalle. Tal vez si hubiera prestado más atención hubiera notado que el amarillo no participó en esta oportunidad del ritual tricolor, y que el semáforo pasó del rojo que siempre le destinaba al ciclista, al verde esperanza que lo habilitaba a cruzar.
Tomó este hecho insignificante como una señal (tal vez divina) de que al fin algunas cosas empezaban a salir como él deseaba; una intrascendente batalla ganada que lo llenó de esperanza, así de miserable era su vida.
Tan absorto estaba en su ensoñación de triunfo que no alcanzó a notar la luz roja que lo atrapó en medio del cruce. Tampoco lo notó la motocicleta que venía por Lagos, que al ver el cambio de luces, aceleró todavía más la marcha para aprovechar esos segundos que nos regala cada tanto la onda verde de las avenidas.
Fue solo un instante, breve y espantoso. La moto, luego de partir a la bicicleta en dos, perdió el control y terminó estrellándose contra un volquete lleno de escombros, unos metros antes del pasaje Coussirat. El ciclista, después de un largo y desarrapado vuelo final, quedó tirado sobre la vereda opuesta como una marioneta ya sin hilos, inmóvil al pie del semáforo, con los ojos muy abiertos mirando las tres luces que parpadeaban al unísono.
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